Panorama Nacional.- Mientras en los despachos gubernamentales se celebran cifras de crecimiento y progreso, en la comunidad de Naranjo Dulce el único crecimiento tangible es el de los cráteres de fango que devoran el esfuerzo de cientos de familias.
La carretera Naranjo Dulce-Río Boba se ha convertido en una herida abierta en el corazón de la provincia Duarte. Lo que debería ser la arteria principal hacia el mercado nacional es hoy un cementerio de cosechas; un lugar donde el sudor de los productores no se traduce en bienestar, sino que se pudre bajo el sol, atrapado en camiones que no logran vencer la ley de la indiferencia estatal.
El Arado por la Pala: Una Rebelión de Dignidad
Cansados de esperar un milagro administrativo que no llega, los agricultores de la zona han protagonizado un acto de desesperación y coraje: han abandonado sus plantaciones para empuñar palas y picos. Hoy, su labor no es sembrar cacao ni víveres, sino intentar remendar con sus propias manos y recursos la negligencia de un Gobierno que los ha dejado a su suerte.
«Se nos va la vida en cada hoyo», comentan los comunitarios mientras lanzan piedras al lodo y limpian canaletas. Para hombres como el reconocido productor César Taveras, no importa sacrificar recursos propios con tal de que la vía sea transitable, aun en medio de las más extremas dificultades. Taveras narra que ver los frutos de meses de trabajo descomponerse a la orilla del camino es un luto que trasciende lo económico: es la prueba física de una traición.
Promesas que se las llevó el fango
El drama es desgarrador. El FALPO, las juntas de vecinos y el Patronato de Desarrollo de Naranjo Dulce (PADECAN) han agotado la vía del diálogo. Las conversaciones sostenidas en el Palacio Nacional el año pasado que, aunque no se sellaron con una firma, estaban revestidas por la palabra del propio presidente parecen hoy una burla cruel escrita sobre papel mojado.
Rafael Durán, presidente de PADECAN, resume el sentir de una región que alimenta al pueblo pero que el Estado parece haber olvidado: «Es como ver a un hijo morir y no tener medicina. Las máquinas se detuvieron y el silencio volvió a ser nuestra única compañía».
La realidad en Naranjo Dulce es una denuncia silenciosa contra un sistema que ignora el valor estratégico de su zona agrícola. El incumplimiento del asfaltado y mantenimiento condena a cientos de familias al aislamiento y la quiebra financiera.
Un llamado urgente al Palacio Nacional
Lanzarse a reparar una carretera con recursos propios no es gestión comunitaria; es un grito de auxilio. Es la última resistencia de productores que se niegan a ver sus hogares vacíos. Cada piedra colocada por estos hombres es un recordatorio de que hay más dignidad en sus manos manchadas de tierra que en aquellos que, desde la comodidad del aire acondicionado, permiten que esta región se hunda en el desamparo.
El sol se oculta en la provincia Duarte y la pregunta sigue flotando sobre el pantano: ¿Cuántas cosechas más deben pudrirse para que el Gobierno entienda que sin caminos no hay patria? En Naranjo Dulce, el amanecer ya no trae la promesa de una cosecha próspera, sino el temor de una nueva derrota.




