En el corazón de nuestra Quisqueya, la seguridad hospitalaria se ha vuelto un dolor de cabeza, una vaina que nos está sacando de quicio a todos. Lo que antes quizás se veía como hechos aislados, hoy se nos presenta como una emergencia silenciosa que está poniendo en jaque a médicos, enfermeras, personal administrativo y, claro, a los pacientes y sus familiares que buscan sosiego, no un pleito.
Los hospitales dominicanos, esos baluartes de la salud, cada vez más se parecen a escenarios de conflicto, y la cosa está color de hormiga. Recientemente, nos quedamos con la boca abierta con el video que se hizo viral en las redes, donde un agente de seguridad del Hospital Francisco Moscoso Puello fue agredido a principios de mes. ¿La razón? Un paciente de diálisis falleció, y el dolor y la frustración de dos familiares los llevó a montarse en el caballo y arremeter contra el personal, una situación de lo más desagradable. Pero ojo, que esto no es un caso único; el panorama está jarto de situaciones similares.
El 2 de febrero, en el Salvador B. Gautier, un tipo con malas intenciones se subió hasta el segundo piso, atracó a una médico residente y le dio para abajo en la cara antes de salir huyendo con sus pertenencias. Imagínense el susto y el sin sabor que dejó esa vaina. Y antes de eso, a finales de enero, el Colegio Médico Dominicano (CMD) tuvo que meter las manos al fuego por el pediatra Cristian Díaz, quien fue detenido en el Hospital Infantil Robert Reid Cabral por una acusación de agresión física. Es que no hay manera de que un profesional de la salud trabaje tranquilo si tiene que estar pensando que en cualquier momento le puede caer un problema de este calibre. Esto no es un coro de risas, es la cruda realidad de nuestro sistema de salud.
Asegún el doctor Luis Peña Núñez, presidente del CMD, la situación es insostenible: “Un médico no puede ir a trabajar pensando que será atracado, golpeado o acusado falsamente. No vamos a tolerar más agresiones”. Y tiene toda la razón. Nuestros galenos y todo el personal de apoyo merecen un ambiente de trabajo seguro y digno. No es solo un tema de infraestructura; es un asunto de respeto a los que se fajan día y noche para salvarnos la vida.
El doctor Máximo Martínez Báez, presidente de la Regional del Distrito Nacional del CMD, enfatizó algo crucial: necesitamos personal de seguridad debidamente entrenado y capacitado. Es que el tigueraje de poner a cualquier ciudadano sin la formación adecuada a vigilar, es una medida a medias que más bien nos expone a todos. Esa estrategia de “resolver” con gente que no sabe manejar situaciones de crisis, lo que hace es prenderle más fuego a la leña.
La cosa no es de ahora. Desde enero de 2023, el Servicio Nacional de Salud (SNS), bajo la dirección de Mario Lama en aquel momento, desarrolló un plan de mejora para fortalecer la seguridad. Esto incluía desde la designación de personal hasta la implementación de seguridad electrónica y la actualización de guías. Suena chulo en el papel, ¿verdad? Pero la práctica es otro cantar. Se integraron 1,419 nuevos supervisores y vigilantes durante 2024, la mayoría de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional. ¿Será que la presencia militar es la solución definitiva o necesitamos más bien profesionales especializados en mediación y contención en ambientes tan complejos como un hospital? La gente está en situación de estrés, con dolor, miedo, y muchas veces, eso genera una chispa que enciende la pólvora si no se maneja con diplomacia y formación.
Y no solo eso, en la Cámara de Diputados hay un proyecto de ley que busca ponerle un freno a este desorden, proponiendo penas de hasta siete años de prisión para quienes agredan a cualquier miembro del personal hospitalario. Una iniciativa que, si bien suena bacana para meter en cintura a los agresores, también nos hace pensar: ¿basta con una ley para cambiar la cultura? La agresividad en los hospitales es un síntoma de una sociedad que está en tensión, con un sistema de salud que, a veces, también se ve desbordado. La falta de comunicación efectiva, los tiempos de espera eternos, la carencia de recursos en algunos centros, todo eso contribuye a que la gente se desespere y coja cuerda de una vez.
Esta vaina no es solo una preocupación de los médicos. Es una preocupación nacional. Cuando la seguridad en los hospitales flaquea, el sistema de salud completo se resiente. Los profesionales se queman, se desmotivan, y muchos quizás hasta busquen otros rumbos. ¿Y quién sufre al final? La gente de a pie, nosotros mismos, que dependemos de esos servicios. La solución no es un simple parche; esto requiere un enfoque integral, una chercha seria, que incluya educación para la población, mejor comunicación hospital-paciente, apoyo psicológico, y, por supuesto, una seguridad efectiva y bien capacitada.
Es hora de que las autoridades se pongan las pilas de verdad y le echen la mano a nuestros hospitales, no solo con guachimanes, sino con estrategias pensadas para el bienestar de todos. Los hospitales deben ser santuarios de sanación, no campos de batalla. ¡El relajo tiene que acabarse ya!
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