¡Ay, Dios mío, qué vaina! La noticia que nos ha puesto a to’ el mundo con la chercha baja es la partida de un verdadero monstruo de la actuación, Robert Duvall. Asegún el emotivo comunicado de su esposa, Luciana Duvall, este maestro del séptimo arte se nos fue en paz, desde su casita, rodeado de mucho amor y el consuelo de los suyos. Para el mundo entero, fue un actor que se fajó y ganó un Óscar, un director con una visión de película y un narrador de historias que te ponían los pelos de punta. Pero para Luciana, él lo era todo, su bacano de siempre. Una partida que nos deja un vacío grande en el corazón del cine, de verdad que sí.
Este veterano, Robert Duvall, que se ganó siete nominaciones al Óscar – ¡siete, klk! – y se llevó la estatuilla dorada por su interpretación de un vagabundo excantante de country en ‘Tender Mercies’ (Gracias y favores) en 1983, tuvo una carrera que fue de lo más completa. Desde las tablas del teatro, donde se curtió bien, pasando por la pantalla chica de la televisión, hasta llegar al cine, donde marcó un antes y un después con papeles que, créanme, son historia pura. No era un actor cualquiera, era de esos que se meten en el personaje y te lo hacen sentir hasta los huesos, un tiguere con un talento que parecía no tener fin.
Luciana destacó que la pasión de su esposo por su oficio solo era comparable a su profundo amor por los personajes que encarnaba, por una comida exquisita (¡y quién no le gusta eso!) y por esa habilidad de conquistar corazones a donde quiera que iba. En cada uno de sus muchos papeles, Bob lo dio todo, se entregó en cuerpo y alma a sus personajes, buscando siempre esa esencia humana auténtica que los hacía tan reales. No era un actor de superficie; él buscaba la raíz, el porqué de cada gesto, de cada mirada. Eso es lo que lo hacía tan chulo.
La trayectoria de Duvall es un claro ejemplo de lo que significa dedicarse de lleno al arte. Desde su debut en el cine con ‘Matar a un ruiseñor’ en 1962, donde compartió pantalla con el gran Gregory Peck, hasta sus últimas apariciones, mantuvo una constancia y una calidad que muy pocos pueden presumir. Imagínense, comenzó su carrera en una época dorada de Hollywood y siguió vigente, dándole vida a personajes complejos y memorables por más de seis décadas. Eso no es fácil, mi gente; se necesita una disciplina y un amor por el oficio que pocos poseen. Él era de los que no le temblaba el pulso para asumir cualquier reto actoral.
Pero si hay un papel que lo catapultó a la fama mundial, sin lugar a dudas, fue el de Tom Hagen, el consejero leal y astuto de la familia Corleone en la saga de ‘El Padrino’. Su interpretación le valió su primera nominación al Óscar, y su presencia, aunque sutil, era una pieza clave en la intrincada trama de poder y lealtad que definía a esa familia. Y ni hablar de ‘El Padrino II’; su actuación mantuvo ese nivel de excelencia que te dejaba pegao a la pantalla. Esos personajes no se olvidan, se quedan grabados en la memoria colectiva, como un referente de lo que es cine de calidad.
Luego, volvió a reunirse con Francis Ford Coppola para ‘Apocalypse Now’, donde interpretó al legendario teniente coronel Kilgore. ¿Quién no recuerda esa frase icónica que ya es parte de la cultura popular cinematográfica: “Me encanta el olor del napalm por la mañana”? ¡Uff, qué vaina! Esa escena, con los helicópteros y la música de Wagner de fondo, es una de las más potentes y recordadas de la historia del cine. Duvall no solo actuó en ella, la hizo suya, la inmortalizó con esa mezcla de locura y carisma que solo él podía lograr. Era un personaje que parecía sacado de una pesadilla, pero con un carisma que te atrapaba.
Además del Óscar, su estante de premios era un viaje: un BAFTA, cuatro Globos de Oro, dos Emmy y un premio SAG del Sindicato de Actores de Cine. Esos reconocimientos no eran de relajo; son la prueba fehaciente de un talento inmenso y una dedicación sin igual. En 2005, el mismísimo presidente George W. Bush le entregó la Medalla Nacional de las Artes en la Casa Blanca. Eso no es para cualquier tiguere; eso es un honor que pocos llegan a alcanzar, una señal clara de que su legado trascendía las pantallas.
Incluso en sus años más maduros, Duvall siguió activo, demostrando que la pasión por actuar no tiene fecha de caducidad. Entre sus últimas apariciones, nos dejó con filmes en Netflix como ‘Hustle’ (Garra) y ‘The Pale Blue Eye’ (Los crímenes de la academia), ambos estrenados en 2022. Verlo en pantalla, con esa madurez actoral que solo el tiempo y la experiencia pueden dar, era un verdadero placer. Siempre fue de los que decían ‘aquí estoy, pa’ lo que sea’, y daba el 100% en cada rol, sin importar el tamaño.
La verdad es que la partida de Robert Duvall nos deja con un sabor agridulce. Tristeza por su ausencia física, pero también una gratitud inmensa por el legado cinematográfico tan chulo que nos dejó. Cada personaje que interpretó fue una clase maestra de actuación, un regalo para los amantes del cine. Era un tipo de esos que no hacen mucha bulla, pero que cuando aparecía en pantalla, te dejaba muda, con una presencia que llenaba el espacio. Se nos fue un verdadero maestro, un jevi de la pantalla grande, pero sus películas, ¡esas sí que se quedan con nosotros para siempre! Su trabajo es un ejemplo de cómo el arte puede tocar el alma y trascender generaciones. ¡Que descanse en paz, maestro!
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