En el corazón de la República Dominicana, una batalla silenciosa pero feroz se libra en muchos hogares. Familias como la de Nayla Suárez, cuya hija Esmely Sofía fue diagnosticada con meduloblastoma a sus tiernos tres años, conocen de cerca la crudeza del cáncer infantil. La historia de Esmely, marcada por el peregrinar de médicos y el desconcierto ante una “simple gripe” que escondía una enfermedad devastadora, no es un caso aislado, sino un espejo de la realidad que viven muchos de nuestros niños y niñas. Este diagnóstico, una vaina dura para cualquier padre, pone de manifiesto la urgencia de fortalecer nuestro sistema de salud, y afortunadamente, el Ministerio de Salud Pública le está metiendo mano de verdad a este serio problema.
El meduloblastoma, un tipo de tumor cerebral agresivo y común en la infancia, es solo una de las muchas caras de lo que conocemos como cáncer infantil. Este término engloba diversas afecciones que, según estadísticas del Seguro Familiar de Salud, afectaron a 616 niños y niñas en 2025 (284 masculinos y 332 femeninos). Aunque estas cifras representan una disminución comparada con los 1,385 casos reportados en 2024 (646 masculinos y 739 femeninos), lo cual es algo jevi, cada número es un mundo, una vida en juego y una familia en vilo. La meta es clara: hay que seguir bajando esos números y, más importante aún, aumentar la tasa de supervivencia.
El ministro de Salud, Víctor Atallah, no le dio mucha chercha al asunto al expresar que el cáncer ya es un diagnóstico fuerte, pero cuando se le añade el apellido “infantil”, la cosa se pone fea de verdad, difícil de tragar. Y no es para menos, pues hace apenas una década, la tasa de supervivencia para el cáncer infantil en nuestro patio era de apenas un 20 a 30%. Hoy, esa cifra ha mejorado, situándose entre un 55 y 62%, lo que, sin ser un coro de victoria total, es un avance significativo. Pero, ¡ojo!, en países desarrollados, esa tasa puede alcanzar hasta un 80%, lo que nos deja claro que aún nos falta un viaje para llegar a ese nivel. El ministro lo dejó bien claro: “El problema no es la enfermedad, es el sistema”. ¡Y tiene to’a la razón!
Para cambiar el juego, el Gobierno Central, de la mano de organismos internacionales y sociedades médicas, se ha tirado un plan bacano: el Plan Estratégico Nacional de Cáncer Infantil 2023-2030. Este plan no es un relajo; su compromiso es serio: asegurar un diagnóstico a tiempo, un tratamiento óptimo y continuo, un acompañamiento digno para el paciente y sus familiares, y lograr que cada vez se toquen más campanas, un símbolo universal de que un niño ha superado el cáncer y ha vencido a la enfermedad. ¡Eso sí que es echar pa’lante!
Ahora, como todo en la vida, para que estos planes se hagan realidad, se necesitan cuartos, y de los buenos. Aparte de los fondos, la Superintendencia de Salud y Riesgos Laborales (Sisalril) ha puesto sobre la mesa unos datos que nos abren los ojos. En 2025, las aseguradoras soltaron 161 millones de pesos en cobertura para menores con cáncer. ¡Imagínate! De 291 prestaciones identificadas, 245 ya están en el catálogo y reciben cobertura, tanto en el régimen contributivo como en el subsidiado. Pero quedan 45 que no tienen cobertura, lo que significa que muchas familias se ven en un aprieto, ya que estos servicios, fármacos y apoyos diagnósticos no están incluidos.
Asegún la directora de aseguramiento en Salud de Sisalril, los principales obstáculos son el costo de los medicamentos y el conjunto de servicios. Para resolver este lío, Sisalril ha propuesto la creación de un Fondo de Medicamentos de Alto Costo, administrado por la Tesorería de la Seguridad Social (TSS). Esta iniciativa permitiría planificar mejor los recursos y, algo súper importante, elevar el tope actual de 2,090,000 pesos en cobertura por afiliado. ¡Eso sí que está de lo más bien y daría un respiro a un viaje de familias!
Además, en una noticia que nos llena de esperanza, se anunció que de 14 moléculas que se están analizando para incluir en el catálogo de cobertura, cinco son específicas para tratar el cáncer infantil. Esto representa un paso gigante hacia tratamientos más modernos y efectivos para nuestros pequeños guerreros. La incorporación de estas nuevas moléculas significa un acceso a la vanguardia de la medicina, lo que podría cambiar radicalmente el pronóstico para muchos de estos niños. Este es un punto clave para cerrar esa brecha de supervivencia que tenemos con los países más avanzados. Porque, al final del día, todos queremos que nuestros chamacos tengan las mismas oportunidades de vida que cualquier otro niño en el mundo.
La lucha contra el cáncer infantil es una tarea de todos. Desde la detección temprana, que es crucial y donde el “tigueraje” de los padres al percibir que algo no anda bien es vital (como le pasó a Nayla), hasta el apoyo a las políticas públicas que buscan mejorar el acceso a tratamientos. Es un esfuerzo colectivo que requiere inversión, compromiso y, sobre todo, mucha empatía. Ver a estos niños y a sus familias batallando con tanta fuerza es una inspiración para que como sociedad sigamos empujando para que cada vez más campanas suenen y más niños puedan gritarle al mundo que le ganaron a la enfermedad. El Plan Estratégico y estas nuevas moléculas no son solo políticas; son oportunidades de vida, de ver a nuestros pequeños crecer y cumplir sus sueños, que es lo más chulo que hay.
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