¡Épale, mi gente! Aquí estamos otra vez con un tema que nos pica y nos revuelve el alma dominicana: la búsqueda de los restos de nuestro legendario **Cacique Enriquillo**. Y miren qué lío se ha armado: mientras un coro de antropólogos anda echando un pie por Azua, un grupo bien organizado de Monte Plata –con su Cámara de Comercio, el Clúster Turístico, la Asociación de Escritores y los gobiernos municipales a la cabeza– está dando un grito al cielo para que se fijen en Centro Boyá. Asegún ellos, ahí es que está la verdadera vaina, el último reducto de nuestros ancestros taínos y, por ende, el lugar más atinado para encontrar a nuestro jefe indígena y erigirle un mausoleo como se debe.
La propuesta no es de relajo ni de una chercha. Viene con argumentos de peso, porque Boyá no es un lugar cualquiera en nuestra historia. Es, de lo más bien, la primera reserva indígena de América, el sitio donde el fuego de la cultura aborigen se mantuvo ardiendo antes del exterminio casi total. Se dice que los restos del **Cacique Enriquillo** yacen ahí, y que buscarlo en otro lado es como tirar la moneda al aire y esperar que caiga de canto. El investigador Ydal de los Santos, presidente de la Cámara de Comercio y Producción de Monte Plata, ha metido las manos al fuego y ha desmentido con documentos que los indígenas de Boyá fueran esclavos traídos de las Bahamas. ¡Qué va! Los de Boyá, dice él, eran libres como el viento, reconocidos por la propia Corona Española como el último remanente de esa raza brava que nos dio origen.
Imagínense ustedes la situación: en 1610, Diego Gómez Sandoval, el gobernador que le siguió los pasos a Antonio Osorio, le envió una carta al mismísimo Rey Felipe III. ¿Y qué le decía esa carta? Pues que los indios de Boyá estaban de pie, reclamando sus derechos, porque los españoles se estaban metiendo en sus estancias y no los dejaban montear su ganado de cerda. ¡Un tigueraje, ¿verdad?! Esto nos demuestra que no era un grupito insignificante; Boyá contaba con ocho vecinos indios y sus familias, gozando de treinta leguas de terreno y, lo más chulo, ¡obedeciendo a su propia ley y eligiendo sus líderes! Esto lo podemos encontrar en los Archivos Generales de Indias, Santo Domingo, 54. Así de serio era el asunto.
Es importante recordar que la historia oficial, a veces, nos cuenta una parte nada más. Muchos otros indígenas que llegaron a la isla, como los brasileños capturados en el Río Marañón en 1615, venían en calidad de mercancías humanas, sin derecho a nada. Pero los de Boyá no. Ellos mantuvieron su estatus de indios libres, vecinos y propietarios. Boyá fue la única villa de indios que sobrevivió de las quince que fundaron los Padres Jerónimos entre 1518 y 1520. De hecho, Fray Andrés de Carvajal, en una carta de 1571, ya se refería a Boyá mencionando un pueblo de indios con veinticinco vecinos. ¿Ustedes ven la vaina? Es decir, era un centro vibrante de nuestra cultura ancestral.
Entonces, ¿por qué rendirle culto a Enriquillo, ese guerrillero de América, en un asentamiento colonial español cuando tenemos un lugar con tanta carga histórica y sentido como Boyá? Carece de sentido, mi gente, carece de sentido histórico y hasta moral. No podemos seguir cometiendo el mismo error una y otra vez. Hay que darle luz a la verdad, y la verdad, asegura Héctor Zambrano de la Asociación de Escritores, está en el Santuario del Agua Santa de Boyá, donde, según el testimonio de su padre Nelson Zambrano, existen tumbas selladas precisamente para evitar que el templo sea profanado o destruido.
El alcalde de Boyá, Gabriel Marte, para que no queden dudas, ha mostrado piezas y utensilios aborígenes que se han encontrado en las comunidades de Las Reyes, El Mamey y Cruce de Toñé, todas pertenecientes a esa comarca señalada como el último asentamiento indígena de nuestra media isla. Esto no es un cuento, es la pura verdad del patio. El alcalde insiste: el tema es de investigación, no de suposiciones a la ligera. “Instamos a las autoridades a hacer un ejercicio de geolocalización y buscar los restos de Enriquillo donde verdaderamente están, en el lugar que murió, en esta última reserva indígena reconocida y negociada por la corona española”, puntualizó Marte, y tiene toda la razón del mundo. ¡Es un viaje de historia lo que tenemos que desenterrar ahí!
Para nosotros, los dominicanos, Enriquillo no es solo una estatua o un nombre en un libro de historia. Es el símbolo de la resistencia, de la lucha por la libertad, de esa chispa indígena que aún corre por nuestras venas. Encontrar sus restos en un lugar con el peso histórico de Boyá sería un bacano, un verdadero acto de justicia histórica y un regalo para nuestra identidad. Es hora de dejar la chercha a un lado y ponerle seriedad a esta búsqueda, para que las futuras generaciones sepan dónde está la cuna de uno de nuestros más grandes héroes nacionales. ¡Dame luz, República Dominicana, y busquemos a Enriquillo en Boyá, que ahí es que está el quid del asunto!
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