¡Klk, mi gente! En un país donde a veces la violencia nos tiene con el moño virao, el Obispo de la Diócesis Stella Maris, Monseñor Manuel Antonio Ruiz, se ha tirado la de pedirnos, de corazón y de una vez, que busquemos una transformación interior profunda. Su llamado al cambio, hecho con una voz clara y fuerte durante el Miércoles de Ceniza en la Plaza Megacentro de Santo Domingo Este, no es una vaina de otro mundo, sino una invitación a construir una sociedad más pacífica, dejando el tigueraje y el relajo de lado, y apostando por la convivencia y la paz, en esta Cuaresma y siempre.
El Miércoles de Ceniza, un día tan significativo para los católicos del patio, marcó el inicio de la Cuaresma, ese tiempo de cuarenta días antes de la Pascua que nos llama a la reflexión. La imposición de la ceniza, ese polvito que nos recuerda nuestra fragilidad humana y la fugacidad de la vida, no es solo un rito externo; es un compromiso. Es como si la Iglesia nos dijera: “Mira, mi hijo, este es el momento de poner los pies en la tierra, de parar la guagua un ratico y pensar qué es lo que estamos haciendo con nuestra vida y con la gente que nos rodea”. La verdad es que es un tiempo jevi para resetearse.
En nuestra Quisqueya, donde a veces nos vemos envueltos en un viaje de situaciones difíciles, desde pleitos de vecinos hasta crímenes que nos dejan boquiabiertos, el mensaje del Obispo Ruiz cae como anillo al dedo. No es un secreto que la violencia, en sus múltiples facetas, es un desafío constante. Nos hace falta un poco más de esa paz que el obispo menciona. La Iglesia, con su historia y su peso en la sociedad dominicana, siempre ha tenido esa voz moral, esa antena que conecta con el sentir del pueblo, y sus llamados no son para tomarlos a la ligera. Este coro de Monseñor Ruiz es un buen “wake-up call” para todo el mundo.
Monseñor Ruiz fue muy claro: esta Cuaresma debe ser un proceso de sanación de verdad, no una simple chercha o un rito que se cumple por cumplir. “Vivan esta verdadera conversión”, insistió, explicando que no se trata de cambiar de religión, sino de cambiar el corazón, de transformar esa vida interior que a veces descuidamos. Lo describió como una “cuarentena espiritual”, un período de silencio, disciplina y reflexión necesarios para renovar el espíritu, como si estuviéramos guardando reposo para fortalecer el alma. Eso es una vaina que hace falta, ¿verdad?
El obispo también puso el dedo en la llaga con la vaina de las prácticas cuaresmales. Asegún él, el ayuno, la oración y la limosna deben vivirse con sinceridad y discreción, sin convertir los sacrificios personales en actos de exhibición en las redes sociales. ¡Ahí está el detalle! A veces nos gusta mucho el “postureo”, el subir una foto haciendo ayuno o ayudando a alguien para que el mundo vea lo “buenos” que somos. Pero el obispo dice que no, que el testimonio auténtico de fe se refleja en la vida cotidiana, en cómo tratamos al de al lado, no en los “likes” que recibimos. Eso está de lo más bien dicho, porque lo de la discreción a veces se nos olvida.
Durante la celebración, Monseñor Ruiz estuvo bien acompañado por figuras importantes del clero diocesano, como el vicario general Alejandro Valera, el vicario del clero Ricardo de la Rosa y el párroco Jocelyn Antoine, entre otros. Esto demuestra la unidad de la Iglesia en este importante llamado. Es un mensaje que viene con el apoyo de todo un equipo, lo que le da más fuerza y legitimidad ante los fieles y la sociedad en general. La Cuaresma es un tiempo en que toda la Iglesia se une para caminar junta.
La República Dominicana es un país de gente buena, de gente bacana, pero también es un país con sus desafíos. La violencia, en particular, nos roba la paz y el sosiego. Desde la delincuencia común hasta los conflictos familiares, son muchas las situaciones que nos obligan a pedir un alto. El llamado de Monseñor Ruiz, pues, no es solo para los que van a misa, sino para todos los dominicanos, sin distinción. Es un llamado a la conciencia, a recordar que la verdadera transformación de la sociedad empieza en cada uno de nosotros, en la forma en que lidiamos con el tráfico en la guagua, en cómo resolvemos los problemas en la casa, en cómo tratamos al que piensa diferente.
La Cuaresma es el tiempo ideal para hacer esa parada. Es la oportunidad de revisar nuestros valores, de fortalecer nuestra fe y de renovar nuestro compromiso con el bien común. El mensaje del obispo es una guía para ese camino: oración profunda, ayuno sincero y limosna generosa, pero todo desde la humildad y la discreción. Así que, mi gente, cojamos este mensaje y reflexionemos. Es el momento de dejar la vaina de la violencia atrás y construir un país donde la paz no sea solo un sueño, sino una realidad palpable en cada esquina de nuestra amada República Dominicana.
Este es el momento de demostrar que, más allá de la chercha y el relajo, somos un pueblo que sabe unirse por un bien mayor. Es tiempo de sembrar semillas de paz y respeto en cada comunidad, para que la cosecha sea un país más tranquilo y seguro para todos, desde el más chiquito hasta el más viejo. El “Obispo Ruiz” nos ha dado la pauta, ahora nos toca a nosotros ponerla en práctica. ¡A trabajar por la paz, dominicanos!
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