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¡Qué Jevito Coro! El Fenómeno Therian: ¿Identidad Animal o un Cuento Bacano de la Red?

En el patio de la psique humana, donde a veces las cosas se ponen un poco raras y jevis, ha surgido un coro que tiene a muchos preguntándose: ¿qué es lo que está pasando, mi gente? Hablamos del intrigante y a veces desconcertante mundo del **Fenómeno Therian**. Imagínese usted que, de repente, una persona, quizás un joven o una joven, le dice que se siente un lobo por dentro, o un gato, o un ciervo. ¿Qué, pero cómo así? Esa es la reacción que a menudo salta de una vez en nuestra cultura, acostumbrada a lo palpable y lo que se ve en la guagua.

Este fenómeno ha tomado las redes sociales como si fuera un dembow pegajoso, expandiéndose por foros, TikTok y YouTube, y creando una nueva forma de identidad que a muchos les parece un misterio y a otros les resulta de lo más interesante. No estamos hablando de gente que cree que se va a transformar físicamente en un animal, no. El therianismo es más bien una experiencia interna, una conexión profunda y subjetiva con una especie animal. Es como si el alma, el espíritu o la esencia de una persona resonara con la de un animal específico, aunque su cuerpo sea totalmente humano.

Asegún los que lo viven, esta identidad therian se manifiesta con cosas como los “mental shifts”, que son cambios momentáneos en cómo se perciben a sí mismos, o incluso con sensaciones corporales imaginadas, como sentir que tienen orejas o una cola. Suena a chulo, ¿verdad? Y ojo, hay que hacer una aclaración importante aquí para que no nos armemos un lío: ser therian no es lo mismo que ser “furry”. Los “furries” son más de la cultura pop, de la estética, de disfrazarse de personajes animales o de disfrutar de obras artísticas con ellos. El therianismo, por otro lado, se presenta como una identidad más íntima, a veces espiritual, a veces psicológica, y casi siempre bien difícil de explicar hasta para quien la siente. Es una búsqueda de la esencia, no solo de la apariencia.

Aunque la palabra “therian” es relativamente moderna y nació en los rincones del internet allá por los años noventa, la idea de la mezcla entre lo humano y lo animal es más vieja que Matusalén, ¡mucho más! Desde nuestros ancestros taínos que veían el espíritu animal en la naturaleza, hasta las civilizaciones antiguas que narraban cuentos de chamanes que adoptaban formas animales, tótems protectores, dioses híbridos o guerreros jaguares, lo animal siempre ha sido una metáfora potente. Nos ha servido para hablar de nuestra fuerza, de nuestros miedos, de nuestra conexión con el mundo salvaje que llevamos dentro.

La gran diferencia, mi gente, es que antes estas historias vivían en los mitos, en las leyendas que nos contaban las abuelas al pie del fogón. Ahora, este tigueraje vive en los foros de internet. La red no inventa esta experiencia de la nada, pero hace algo súper decisivo: permite que un viaje de personas, que antes se sentían solas con esta conexión, encuentren un nombre para lo que sienten, un grupo que las entienda y un lenguaje común. Y es que, e’ verdad que sí, cuando algo tiene una comunidad, deja de ser una rareza individual para convertirse en una identidad compartida, un coro donde se puede hacer chercha y sentirse parte de algo.

Aquí es donde entra en juego un concepto que puede sonar un poco a película de terror, pero que es importante distinguir: la licantropía clínica. La psiquiatría, desde hace siglos, ha documentado casos de personas que creen, literalmente, haberse transformado en animales. A esto le llaman licantropía clínica. Un psiquiatra llamado Jan Dirk Blom hizo un estudio en 2014, “When doctors cry wolf”, y su conclusión fue clara como el agua: la licantropía clínica es extremadamente rara y usualmente está ligada a trastornos psicóticos o episodios psiquiátricos serios.

Pero aquí está el punto clave, el giro de tuerca: ¡eso no es lo mismo que el fenómeno therian actual! La licantropía clínica implica un delirio real, una creencia de transformación física. El therianismo, en la mayoría de los casos, es una vivencia simbólica, una sensación interna de conexión. Confundir estos dos fenómenos sería como confundir una pesadilla con la realidad, o una simple tristeza con una depresión profunda. Es como decir que porque a uno le gusta un carro rojo, ya se cree que es el carro; ¡nada que ver!

Entonces, ¿qué está pasando en realidad, compai’? Para entenderlo, quizás tengamos que mirar menos a la psiquiatría y más a la psicología de la identidad, esa que nos explica cómo nos construimos a nosotros mismos. El psicólogo Dan P. McAdams, por ejemplo, ha explicado que los seres humanos no solo somos carne y hueso; somos relatos. Construimos nuestra identidad como una historia coherente sobre quiénes somos y cómo encajamos en el mundo. Y a veces, esa historia necesita símbolos, imágenes potentes que le den sentido.

Para muchas personas, lo animal funciona como un espejo emocional. Pueden ver en el lobo la fuerza y la independencia, en el gato la astucia, en el venado la nobleza o en el águila la libertad. Decir “me siento lobo” puede ser una forma intensa de decir “no encajo del todo en el molde”, “me siento diferente”, o “hay algo salvaje y auténtico en mí que necesito expresar”. La pregunta, entonces, no es si alguien “es realmente” un animal, sino qué está expresando con esa imagen, qué necesidad profunda está intentando comunicar con esa identidad.

No es pura casualidad que muchos testimonios de therians surjan entre adolescentes y jóvenes. Esa es la etapa de la vida donde uno anda con un viaje de preguntas, buscando con intensidad quién es, dónde encaja y cómo se diferencia de los demás. Los adolescentes necesitan sentirse parte de un coro, pero también necesitan destacar, ser únicos. Y en internet, ¡qué chulo!, encuentran lo que antes era casi imposible: comunidades enteras dedicadas a formas alternativas de ser, donde pueden explorar estas identidades sin el miedo al juicio inmediato del “qué dirá la gente”.

En un mundo donde muchos jóvenes a veces se sienten solos, con ansiedad social o desconectados, la idea de una “manada” o un grupo que comparte esta identidad animal puede ser mucho más que una metáfora bonita. Es un refugio, un lugar de pertenencia. Internet tiene ese poder: convierte las experiencias más íntimas y personales en identidades compartidas, creando un espacio donde el sentirse “diferente” se vuelve una fortaleza en vez de una debilidad. Es la plataforma donde lo raro puede volverse bacano y aceptado.

Y claro, cuando un fenómeno así entra en casa, el debate deja de ser solo académico y se vuelve una realidad doméstica, ¡una realidad de las buenas! Porque una cosa es sentirse lobo por dentro… y otra es que los adultos empiecen a imaginar las consecuencias prácticas. Las redes sociales están llenas de comentarios de padres y madres dominicanos que no terminan de entender esta ola. La idea no es burlarse de nadie, sino mostrar el desconcierto que estas nuevas tendencias pueden causar en un hogar promedio de aquí, ¡con su toque de humor del patio!

“Si tú ere’ un lobo, mi hijo, ¿pa’ qué tú quiere’ el WiFi? Los lobos necesitan el monte, no el internet. Te quito la contraseña, ¡de una vez!”

“Ay, mi niña, si tú ere’ un gato, ¿pa’ qué tú quieres el móvil? Los gatos quieren punteros láser, ¡a buscar uno ahora!”

“Los zorros no se preocupan por el algoritmo de Instagram, así que apaga esa tablet y ve a buscar comida al patio, ¡como los zorros de verdad!”

“Mira, si tú ere’ un animal salvaje, te bajo el aire acondicionado, que eso es un lujo muy humano, compai’. ¡A pasar calor como en la selva!”

“¿Que te sientes un oso? ¡Pues la comida a domicilio se acabó! Ahí tienes la basura en el patio para que rebusques, como hacen los osos, ¿o no?”

“Si tu espíritu es de lobo, asumo que también renuncias a la clave de Netflix, ¿o los lobos ven series?”

El humor aquí no va contra nadie. Va contra nuestra necesidad humana de meter lo extraño y lo nuevo en el cajón de lo cotidiano. Es la forma en que el dominicano, con su chispa y su chercha, intenta comprender lo que se le escapa.

Así las cosas, ha quedado más que claro que el fenómeno therian genera reacciones extremas. Para algunos es una forma legítima de identidad simbólica y un camino espiritual. Para otros, es una moda pasajera y un tanto rara. Y para otros más, un síntoma cultural de una época donde el “yo” se fragmenta en mil versiones diferentes. Lo cierto es que no hay una única explicación, ni una verdad absoluta sobre esta manifestación.

El therianismo puede ser una mezcla de espiritualidad, una metáfora profunda, una expresión estética, una búsqueda de comunidad o una combinación de todo eso y más. Y quizás lo más interesante no sea decidir si es “real” o “ridículo”, sino entender qué nos dice este fenómeno sobre nosotros mismos como seres humanos. Porque al final, desde los tiempos inmemoriales hasta el día de hoy, el ser humano siempre ha buscado símbolos para explicarse, para dar sentido a su existencia y a sus sentimientos. Antes eran dioses, animales mitológicos o espíritus de la naturaleza. Ahora, a veces, son lobos, gatos o ciervos que habitan en nuestro interior.

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