La noticia nos cayó como un cubazo de agua fría: falleció Eduardo Palmer. Este pionero del cine, una verdadera figura clave en el panorama audiovisual, no solo dominicano sino de toda Latinoamérica, dejó un legado que no se puede ignorar. Su partida es una vaina que nos hace reflexionar sobre la importancia de esos ojos que con su cámara supieron capturar la esencia de momentos históricos. Eduardo Palmer fue más que un cineasta; fue un cronista visual, un ‘tigueraje’ de la lente que desde temprano demostró una visión adelantada a su tiempo y una ambición que lo llevó a trascender fronteras.
Desde la efervescencia de Cuba en 1959, Palmer ya estaba haciendo de las suyas. Con seis cámaras y ¡a color!, filmó la entrada triunfal de Fidel Castro en La Habana. Eso era una proeza para la época, demostrando un nivel de producción con su empresa Cuba Color que dejó con la boca abierta a más de uno. Fue en ese período cubano donde hasta el mismísimo Spencer Tracy dobló escenas de ‘El viejo y el mar’ bajo su supervisión. Palmer no solo documentó; él fue parte de la creación, mostrando una versatilidad tremenda al pasar de una estrella de Hollywood a la vorágine de una revolución, marcando un antes y un después en su trayectoria.
La vida, a veces, te pone en el centro de contradicciones que ni te esperas, y Palmer lo vivió en carne propia. Esa ‘Gesta inmortal’ que filmó con tanto entusiasmo, con el tiempo, le generaría cierta incomodidad. ¡Qué vaina! Porque las imágenes que uno captura en un momento pueden cambiar su significado con el paso del tiempo. Este hombre de ojos claros e inquisitivos no solo fue testigo de la historia; la grabó con una persistencia casi insensata. Documentó seis guerras latinoamericanas, incluyendo nuestra Guerra de Abril de 1965, con la misma cámara que había registrado el júbilo en La Habana. Él vio la metralla y la promesa, el júbilo y su fractura, todo de una vez.
Tras salir de Cuba en 1960, la República Dominicana se convirtió en su segunda casa y plataforma para su imparable carrera. En 1963 fundó el Noticiero Nacional, y de ahí, señores, la cosa no paró. Coprodujo ‘Vudú sangriento’ en 1973 y, lo más chulo, produjo dos joyas que hoy son monumentos del cine cubano en el exilio: ‘Los Gusanos’ (1978) de Camilo Vila y ‘Guaguasí’ (1983) de Jorge Ulla. Ambas fueron filmadas en suelo dominicano, como si nuestra isla tuviera el poder de reconstituir un pedazo de patria para quienes la habían perdido. Un viaje de largometrajes, quinientos programas de televisión y más de cien documentales son testimonio de su prolífica labor.
Hasta sus últimos días, desde Miami en donde residía desde 1996, Eduardo Palmer siguió en el ‘swing’, produciendo programas para PBS que llegaban a toda América. En 2015, publicó su autobiografía, un compendio de vida que a uno lo deja pensando en la cantidad de historias que habitaban en su cabeza. Su decisión de donar treinta y cinco títulos sobre Cuba a una emisora federal, fue una señal clara de su compromiso con la preservación, como si supiera que, aunque sus ojos no serían eternos, sus historias sí lo serían. Palmer documentó el siglo XX latinoamericano con una dedicación que hoy día, con tanta tecnología y tanto contenido efímero, resulta casi incomprensible.
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