¡Ay, qué vaina! El cine dominicano y caribeño está de luto. Nos enteramos del fallecimiento de Eduardo Palmer, una figura que no solo fue un pionero, sino un verdadero ‘maestro’ detrás de las cámaras. Su lente capturó un viaje de momentos cruciales de nuestra historia, dejando un legado invaluable para el séptimo arte en la región. Su partida nos deja un vacío, pero también una filmografía ‘bacana’ que seguirá inspirando a las nuevas generaciones.
Palmer, de ascendencia cubana, arrancó su carrera con una visión poco común. En enero de 1959, con seis cámaras a color —¡a color, mi gente, cuando eso era un lujo!—, grabó la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana. Su empresa, Cuba Color, fue el epicentro donde hasta Spencer Tracy dobló escenas de ‘El viejo y el mar’. Esto deja claro que Palmer estaba en la liga de los grandes, documentando eventos que cambiarían la historia, con una calidad técnica ‘de lo más bien’ para su tiempo.
La vida da ‘más vueltas que un trompo’, y Palmer dejó su tierra en 1960. ¿Dónde aterrizó un visionario así? ¡Aquí mismo, en la República Dominicana, su segunda casa! En 1963, fundó el Noticiero Nacional, marcando un antes y un después en cómo el país veía las noticias. Este ‘tigueraje’ de trabajo lo llevó a una filmografía imparable: coprodujo ‘Vudú sangriento’ (1973) y produjo dos obras maestras del cine cubano en el exilio, ‘Los Gusanos’ (1978) y ‘Guaguasí’ (1983), ambas filmadas en suelo dominicano. Demostrando el poder de nuestra isla para reconstituir historias ‘jevi’ y llenas de sentimiento.
Los ojos claros de Palmer vieron ‘de todo un poco’: documentó seis guerras latinoamericanas, incluyendo nuestra propia Guerra de Abril de 1965. Es ‘una vaina’ heavy pensar que la misma cámara que captó el júbilo de la revolución cubana, luego registró la metralla y la fractura de la promesa en nuestra tierra. Esa dualidad forjó una perspectiva única en su trabajo, una mirada crítica a los vaivenes políticos y sociales de la región.
Desde 1996, Eduardo Palmer vivía en Miami, pero no se quedó ‘en chercha’; siguió produciendo sin parar, con programas para PBS. En 2015, nos regaló su autobiografía. Consciente de preservar la historia, donó un ‘paquete’ de títulos sobre Cuba a una emisora federal, asegurándose de que ese material valioso quedara ‘de lo más bien’ resguardado para el futuro. Su persistencia en documentar el siglo XX latinoamericano es un recordatorio de que la mirada de un cineasta con propósito es fundamental.
Eduardo Palmer fue, sin duda, un ‘bacano’ del lente, un hombre que entendió que lo que ocurría merecía ser visto y recordado. Su legado es un tesoro para el cine, no solo por la cantidad de su obra —decenas de largometrajes, quinientos programas de televisión, más de cien documentales—, sino por la calidad y la relevancia histórica de cada pieza. Su contribución es una estrella en el firmamento de nuestro cine. Descanse en paz, ‘maestro’.
Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!




