¡Qué lío se ha armado con el arroz! Este cereal, que no puede faltar en la mesa dominicana, vuelve a ser el centro del debate comercial entre República Dominicana y Estados Unidos. La cosa se puso más candente después de que el Gobierno, mediante el Decreto 635-26, derogara el régimen arancelario específico para las importaciones de este vital grano. Esta decisión ha reavivado las preocupaciones de nuestros productores locales sobre la capacidad del ‘arroz dominicano’ para competir de tú a tú con el gringo bajo las condiciones del Tratado de Libre Comercio (DR-CAFTA), a solo un paso de cumplir 20 años de su entrada en vigor.
Los arroceros de aquí aseguran que durante estas dos décadas han hecho un ‘viaje de’ esfuerzos: aumentaron su producción, mejoraron la productividad, metieron más maquinaria y hasta desarrollaron variedades que a la gente le gustan más. Sin embargo, Juan Pablo Pérez, secretario de la Federación Nacional de Productores de Arroz (FENARROZ), dejó bien claro que esos avances no han sido suficientes para estar en igualdad de condiciones con los agricultores de Estados Unidos. «Mire, ciertamente nosotros tuvimos 20 años anunciando que el tratado de libre comercio se había firmado y nosotros sí hicimos grandes esfuerzos […] pero no es suficiente», expresó con franqueza.
Pérez explicó que el sector local se enfrenta a desventajas bien marcadas. Comparando con Estados Unidos, allá tienen universidades dedicadas específicamente a la investigación arrocera y seguros de distintos tipos que cubren hasta la productividad de las cosechas. Aquí, en cambio, los productores deben asumir cargas impositivas mucho mayores para adquirir equipos y llevar a cabo sus operaciones. Es como correr una carrera con un peso extra encima; la competencia no está de lo más bien equilibrada, asegún él.
Por su lado, Iván Tió, asesor de FENARROZ, recalcó que nuestro país tiene un potencial agropecuario jevi para alimentar a su gente y hasta exportar algunos productos. Pero para eso, los agricultores necesitan un apoyo económico más directo, que aquí brilla por su ausencia. Tió fue enfático al señalar una de las principales diferencias: «Si nos comparamos con los Estados Unidos, los productores tienen cinco tipos de subsidios. Cinco. Aquí los productores dominicanos no tenemos ni uno». ¡Una ‘vaina’ que te deja pensando!
Este ‘coro’ se da en un momento en que la República Dominicana ha registrado niveles récords en la producción de arroz. Según datos del Ministerio de Agricultura, en 2025 se cosecharon 14.78 millones de quintales, una cifra que impresiona. Marcos Rodríguez, presidente de FENARROZ, detalló que la producción normal ronda los 13 a 14 millones de quintales y que producir una tarea de arroz cuesta entre RD$10,000 y RD$11,000. Pero este volumen de producción, aunque sea bueno, no garantiza que el arroz dominicano pueda competir en precio con el importado, si los costos locales son mucho más altos.
Desde el sector arrocero, las demandas para mejorar la situación son claras: mayores facilidades para acceder a préstamos del Banco Agrícola, tasas de interés más bajas y un espaldarazo fuerte a las asociaciones y cooperativas. Además, Tió señaló la importancia de revisar las condiciones de acceso a los agroquímicos y otros insumos, ya que sus altos precios inflan los costos de producción y ponen a nuestros agricultores en una situación todavía más comprometida.
Las preocupaciones de FENARROZ no se quedan solo en la producción, también tocan el bolsillo del consumidor. Advierten que una mayor entrada de arroz importado no asegura que el precio final vaya a bajar. Pérez citó a Costa Rica, donde aseguró que se está pagando el arroz más caro de su historia, y a Haití, que, según él, dejó de producir el grano. Esto nos hace reflexionar: ¿Será que abrir la puerta a la importación sin más, podría terminar afectándonos a todos?
En resumen, la discusión sobre el arroz dominicano es compleja y abarca un sinnúmero de factores económicos, agrícolas y políticos. El verdadero reto está en determinar las condiciones necesarias para que la producción local sea sostenible y competitiva, y qué impacto real tendrían los cambios comerciales tanto para los valiosos agricultores que trabajan nuestra tierra, como para los consumidores que disfrutan de un buen plato de arroz cada día. No es un tema de ‘tigueraje’, es de pura supervivencia económica.
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