¿Cómo funciona y quién inventó el telar?

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Todos hemos visto un telar, desde los más modernos que tal vez alguien de nuestra familia aún utilice, hasta los antiguos que se conservan en museos y otros espacios dedicados a este arte y, sin embargo, la mayoría de la gente no sabe cómo es y cómo fue inventado. Vamos a repasar esas cuestiones en profundidad.

Si hablamos de los orígenes de los telares, podemos afirmar que los primeros indicios acerca de su existencia tal y como la conocemos hoy en día, datan del Antiguo Egipto, civilización que utilizaba fibra de papiro, extendiendo lentamente esa técnica a muchos territorios cercanos.

Poco a poco más sofisticados, los telares fueron ganando lugar en las distintas sociedades, y se sabe que también en el continente americano se los adoptó muchos siglos atrás, aprovechando la lana de vicuña o de llama, o el algodón más hacia el norte, para abrigo de jóvenes y adultos.

Justamente una de las virtudes fundamentales de los telares es esa, que se adaptan gracias a su increíble versatilidad, a cualquier tipo de tejidos. En lo que hoy es Brasil y otros territorios asociados a la Amazonia, se servía la gente de las fibras de las palmeras y otros árboles.

Por ese entonces, los telares eran aparatos predominantemente manuales, y fueron los árabes los que introdujeron los pedales, ya en el siglo X, permitiendo que la extremidad inferior desplazara la urdimbre, separando los hilos que iban por debajo y por encima, facilitando así el tejer.

Durante la época medieval, en tiempos en los que los avances no se producían con la velocidad a la que nos hemos acostumbrado hoy, los telares apenas modificaron su apariencia y funcionamiento, mientras se volvían indispensables para combatir el frío y distinguir clases sociales.

Fue en 1589 cuando William Lee, un clérigo escocés, desarrolló lo que podríamos considerar “el padre del telar moderno”, aunque apenas contaba con un prototipo, y ese modelo no se volvió popular sino hasta la llegada de la Revolución Industrial y sus motores a vapor.

Desde mediados del siglo XVIII se evidenció un progreso ya sin freno, en el que se inventaron accesorios como la lanzadera volante, las tarjetas perforadas con sus patrones de prendas para repetirlas las veces que fuera necesario, etc. Y todo ello, con cada vez más y mejores tejidos.

Hasta nuestros días, el telar se ha ido automatizando, ganando en potencia y capacidad de adaptación a los requerimientos, y también se han visto ayudados por la aparición en escena de nuevas materias primas, que le convierten en una máquina clave en la industria textil.