¡Klk, mi gente! Aquí estamos, como siempre, dándole seguimiento a las vainas que de verdad le importan a nuestro pueblo. Y si hay un tema que siempre trae su chercha y su debate, ese es el del transporte. Ahora mismo, el foco está puesto en el recién implementado Corredor Independencia, un proyecto que, asegún las autoridades, viene a modernizar el sistema de transporte público en la capital, pero que tiene a una pila de choferes con el grito al cielo.
La verdad es que la situación con los choferes del Corredor Independencia no es relajo. Juan Hubieres, el presidente de Fenatrano, ha encendido las alarmas, pidiéndole al Gobierno que no deje en el aire a cientos de trabajadores que se la han pasado años, si no décadas, echando el pleito en esas rutas. Esos tigres se sienten desahuciados, viendo cómo su forma de buscarse los chelitos de cada día se les escapa de las manos. Y no es para menos, porque muchos le han metido el pecho a este oficio por un viaje de tiempo, sin contar que son inversionistas que con sudor y sacrificio han mantenido el pulso del transporte urbano.
Hubieres no se anda con chiquitas y pone los puntos sobre las íes: estos no son solo padres de familia que dependen de ese volante para llevar el pan a sus casas. Son, además, pequeños empresarios, o como decimos aquí, “tigueres resolutivos”, que han suplido una responsabilidad que, de verdad, le toca al Estado. Y no hablamos de gente que apenas está empezando; muchos de ellos tienen más de veinte años bregando en el sector, y ahora, con el trajín y los años, tienen que lidiar con enfermedades como la diabetes y la presión arterial, sin la seguridad de un sustento fijo.
El tema del transporte público en la República Dominicana es un cuento de nunca acabar, ¿verdad? Desde los emblemáticos carros de concho, que por décadas fueron la espina dorsal de la movilidad en nuestras ciudades, hasta la irrupción de las guaguas de rutas, el sector siempre ha sido un microcosmos de nuestra idiosincrasia. La informalidad, la pasión de los sindicatos, el “buscársela” día a día; todo eso ha forjado la identidad del chofer dominicano. La creación de corredores, como el de la Independencia, busca modernizar esa estructura, trayendo orden, eficiencia y, supuestamente, un mejor servicio para los usuarios. La idea, a priori, suena de lo más bien, pero ¿a qué costo para los que han estado en la trinchera por tanto tiempo?
Asegún las declaraciones de Hubieres, aquí hay un viaje de promesas incumplidas. Se habló de seguros médicos que iban a garantizar la tranquilidad de estos trabajadores, de pensiones dignas para cuando les tocara descansar los pies del acelerador, y hasta del retiro de las guaguas viejas de corredores importantes como la Charles de Gaulle, la Núñez de Cáceres y la Winston Churchill. Pero, al parecer, esas palabras se las ha llevado el viento. Y eso es lo que más duele, porque la gente cuenta con eso para planificar su futuro y el de los suyos.
Imagínense ustedes la situación: un chofer que ha pasado la vida detrás de un guía, con su guagua (muchas veces adquirida con un préstamo que todavía está pagando), ahora de repente se ve sin la oportunidad de trabajar. Muchos mantienen deudas con financieras y bancos, tienen que cumplir con los impuestos del Gobierno y, claro está, con las necesidades de sus familias. ¿Cómo se supone que van a hacer frente a todo eso si el sustento se les va de las manos? Hubieres no ha dudado en solicitar la intervención directa del mismísimo presidente Luis Abinader, porque esta vaina ya está cogiendo para loma.
La transformación del transporte no puede ser solo un proyecto de infraestructura o de logística; tiene que ser, de una vez y por todas, un proyecto de desarrollo social. Lo que pasa con estos choferes no es un caso aislado. Refleja una realidad compleja en un país que, como el nuestro, lucha por equilibrar la modernización con la protección de sus ciudadanos más vulnerables. Los sindicatos de transporte, históricamente fuertes y a veces polémicos, han jugado un papel crucial en la defensa de sus miembros, y el llamado de Fenatrano ahora es un eco de esa lucha constante por la dignidad laboral.
Además, el dirigente de Fenatrano ha puesto sobre la mesa un punto crucial: no hay reglas claras sobre cómo se van a distribuir los beneficios que se generen en estos corredores. ¿Quién se lleva qué parte del pastel? Este es un tema que, de asegún Hubieres, conocen muy bien instituciones como el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant), el Fideicomiso de Movilidad y Transporte (FIMOVIT) y hasta el Ministerio de Hacienda. La falta de transparencia en este aspecto solo añade más leña al fuego de la incertidumbre.
No es un secreto que Fenatrano ha presentado denuncias ante la Procuraduría por supuestos abusos contra trabajadores del transporte. Y es que cuando la gente siente que no hay un camino legal o justo para defenderse, la frustración puede llegar a niveles peligrosos. Hubieres ha sido claro: él respalda el modelo de rutas de autobuses que impulsa el Gobierno, porque es un paso hacia la modernidad que nuestro país necesita. Pero ese respaldo viene con una condición: que se garantice el respeto al trabajo y a la inversión de los choferes. Porque al final del día, un proyecto que busca el beneficio de todos debe, precisamente, ser bacano para todos: para los trabajadores, para los usuarios, para las autoridades y para el Estado.
La modernización no puede significar el despojo para un sector que ha sido pilar. Dejar a estos choferes “de patos” no es la vía. Es hora de sentarse, hacer un buen coro, discutir las cosas con cabeza fría y buscar soluciones que le echen la mano a quienes más lo necesitan. La República Dominicana tiene que demostrar que su progreso es inclusivo, que se piensa en la gente de a pie y que los cambios, aunque necesarios, no tienen por qué dejar a nadie atrás. Es un compromiso del Estado garantizar un trato justo y que el “tigueraje” en el buen sentido de la palabra, o sea, la viveza para resolver, se use para encontrar soluciones equitativas para estos hermanos del volante.
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