Cuando la ‘Vaina’ de la Vellonera casi ‘tumba’ a Joseíto Mateo

La historia de Joseíto Mateo, nuestro eterno ‘Rey del Merengue’, es un ejemplo vivito de resiliencia y talento puro, una ‘vaina’ de superación que lo llevó a la cima. Desde sus inicios humildes hasta convertirse en leyenda, su vida estuvo repleta de anécdotas memorables. Pero hubo un momento crucial, un verdadero ‘guamazo’, que casi apaga su luz: la inesperada aparición de la vellonera.

Joseíto nació un 6 de abril de 1920 en Juana Brava, San Isidro. Creció conociendo el valor del trabajo duro; desde chiquito se fajó como picapedrero bajo un sol ‘pica-pica’ y en otros oficios. Su madre, una mujer ‘de pura cepa’, le enseñó el ‘tigueraje’ de la vida, manteniéndolos a flote lavando ropa ajena, un ejemplo que forjó su carácter.

Su don para el canto se manifestó temprano. Participó en el Cuarteto Alma Criolla, donde con su voz ‘chula’ imitaba al Cuarteto Machín. Entre 1935 y 1937, Joseíto se presentaba junto a un joven llamado Panchito en la emisora HI8Q, sembrando las primeras semillas de una carrera brillante.

En 1938, Joseíto se aventuró a cantar en El Tocón, un cabaret en San Cristóbal. Un año después, buscando mejor ‘busque’ y popularidad, se trasladó con su sexteto a Barahona, la entonces próspera ‘Perla del Sur’. Barahona prometía un futuro ‘jevi’. Sin embargo, su plan se torció cuando, a finales de los años treinta, llegó al país la ‘vellonera’, conocida como el ‘tumba músico’.

Esta máquina con luces de colores, que reproducía discos, representó un golpe duro para los músicos en vivo. De repente, Joseíto y sus compañeros se quedaron sin trabajo. Los dueños de los negocios, al ver el ahorro en salarios y el aumento de clientes atraídos por la novedad, estaban ‘de lo más bien’. Según su biógrafo José Jáquez, las mujeres del cabaret hicieron una colecta para pagarle los cuatro pesos del pasaje de regreso en una goleta llamada ‘La Julia’, pues la carretera era una ‘vaina’ que hacía el viaje interminable.

Al regresar a la capital, el joven cantante tuvo que asumir otro rol, alejado de los escenarios. Se puso a trabajar como pulidor de muebles en ‘La Caobera’, empresa de Trujillo, sacando aserrín de las sierras eléctricas. Era un ‘bregar’ fuerte, que demandaba esfuerzo físico, pero Joseíto demostró su ‘guapeza’ y capacidad de reinventarse.

Finalmente, su talento no podía ser contenido. Con su carisma y persistencia ‘bacana’, Joseíto Mateo se abrió camino en la radio nacional, con el espaldarazo de figuras como Paco Escribano y Petán Trujillo, en la icónica ‘La Voz del Yuna’ (luego ‘La Voz Dominicana’). Desde allí, su estrella brilló sin límites, consolidándose como ‘El Rey del Merengue’. Su legado es un pilar fundamental de la identidad dominicana, un ‘coro’ de alegría y sabor que sigue sonando en cada rincón de nuestra tierra.

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