¡Klk, gente! Aquí estamos, como cada año, dándole inicio a una vaina que es bien sagrada para nosotros, los dominicanos, y para la Iglesia Católica en el mundo entero: la Cuaresma. Este Miércoles de Ceniza no es un día cualquiera, ¡qué va! Es el banderazo de salida para un viaje espiritual de 40 días que nos prepara para la Semana Santa, ese tiempo de recogimiento y reflexión que, si bien algunos lo cogen para la playa, muchos otros lo viven a plenitud con la fe de por medio.
Asegún la tradición, en las iglesias de todo el patio, desde la capital hasta el último batey, se ve un tigueraje de gente haciendo fila para recibir la imposición de la ceniza en la frente. Esa ceniza, que se consigue de la quema de las palmas del Domingo de Ramos del año pasado, es un símbolo potente, mi gente. Es un recordatorio de que somos polvo y al polvo volveremos, un “date cuenta” de la fragilidad que llevamos por dentro y la necesidad de una buena conversión. No es solo un rito; es una invitación a hacer un alto en el camino y a repensar la vida.
La Cuaresma, mis hermanos, no es una época para ponerse triste, sino para re-conectarse con lo divino. Es una invitación chula para la renovación espiritual, un camino que nos lleva directo a la Pascua de Jesucristo, el Vainazo de la muerte y resurrección. Los evangelios nos cuentan que Jesús, después de su bautismo, se fue al desierto por cuarenta días, sin comer, a reflexionar, a enfrentar tentaciones y a fortalecerse espiritualmente. Y ¡ojo!, que no fue el único; el pueblo de Israel también anduvo cuarenta años por el desierto, buscando la Tierra Prometida. Esos cuarenta días no son una casualidad; tienen su peso histórico y simbólico en la fe.
Desde los tiempos de la Iglesia primitiva, esta vaina de la Cuaresma ya se venía celebrando. Al principio, era un tiempo de preparación intensa para los “catecúmenos”, o sea, la gente que se iba a bautizar en la Vigilia Pascual. Era un entrenamiento espiritual de verdad, para que llegaran al bautismo con el corazón más que preparado. Pero, de una vez, las comunidades cristianas de aquel entonces se sumaron al coro, haciendo un camino de conversión similar, no solo para los nuevos, sino para recordar su propio bautismo y renovar sus votos.
Ya para el siglo IV, la cosa se puso más seria y se constituyó en un tiempo de penitencia y renovación para toda la Iglesia, con la práctica formal del ayuno y la abstinencia. Y es que no es poca cosa; la Cuaresma culmina con el Triduo Pascual, que incluye el Jueves Santo, el Viernes Santo y, claro está, el Domingo de Resurrección, que es el momento más jevi y central de todo el calendario cristiano. Es como el gran final, la corona de todo el esfuerzo.
Y hablando de esfuerzos, el Papa Francisco, en su mensaje para esta Cuaresma, nos ha tirado una propuesta bien bacana, mi gente. No es solo abstenerse de comer carne, que es lo que muchos hacen. Él ha propuesto un “ayuno del lenguaje”. ¡Qué fuerte! Nos dice que dejemos la vaina de las palabras de odio, de los chismes, de herir al prójimo con lo que decimos, ya sea en la casa, en el trabajo, en los debates políticos o en las redes sociales, que eso sí que es un desorden. Es una invitación a desarmar el lenguaje, a no juzgar de una vez, a no hablar mal de los que no están presentes para defenderse, y a dejar las calumnias. ¡Un viaje de verdad que tenemos que echarle cabeza a eso!
El Papa nos pide que aprendamos a medir las palabras, a cultivar la amabilidad, ese buen trato que a veces se nos olvida en la chercha del día a día. Que sea en la familia, entre los panas, en la oficina, en las plataformas digitales (¡que ahí sí que se la comieron!), o en las comunidades de la iglesia, que busquemos siempre la paz con lo que sale de nuestra boca. Es un llamado a vivir una Cuaresma que nos haga más atentos a Dios y, sobre todo, a los que más necesitan. Pidámosle la fuerza para un ayuno que nos alcance hasta la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y se cree más espacio para que se escuche la voz de los demás.
En el fondo, lo que el Papa espera es que nuestras comunidades cristianas se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida de una vez, que la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para edificar la tan anhelada civilización del amor. Así que ya saben, esta Cuaresma es una oportunidad de oro para meternos en ese ritmo, reflexionar, ayunar no solo con la comida, sino también con el lenguaje, y salir de este período con el espíritu más fuerte y renovado. ¡Vamos a ponernos las pilas con esta vaina!
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