Dinomanía: un recorrido por la historia para explicar nuestra obsesión por los dinosaurios

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Con ‘Jurassic World: Dominion‘ recién estrenada y a punto de convertirse en una de las películas más taquilleras de este verano, no hay duda de que los dinosaurios continúan sobrevolando nuestras cabezas en un poderoso ejercicio de control sobre la imaginación de los humanos, pero también sobre la propia conciencia.

A estas alturas están en todas partes, y la pantalla es solo un reflejo de esa popularidad, aunque tal vez alguna vez fue el portal mismo que la hizo posible. Con toda una asombrosa variedad de sus restos como evidencia del Cretácico tardío, dispuesta en medio de las sombras de muchas salas de museos, con réplicas en miniatura en todos los escaparates de tiendas infantiles y con representaciones en forma de dibujos animados, series, cine de gran presupuesto y, cómo no, publicidad, los dinosaurios llevan siendo referentes culturales desde mucho antes de lo que creemos.

Foto: Fuente: iStock

Pero ¿por qué unos animales prehistóricos, que nadie ha visto jamás, resultan tan perpetuamente fascinantes? El paleontólogo Stephen Jay Gould decía que esta popularidad se debe a tres virtudes: ser grandes, feroces y estar extinguidos. Y aunque todo ello puede tener mucho que ver, no parece la única respuesta, o al menos es necesario desarrollar cada uno de los términos para encontrar alguna idea clara.

Emblemas de la modernidad

Para empezar, su descubrimiento, a principios del siglo XIX, estuvo íntimamente ligado a nuestra conciencia del tiempo geológico. Encontrar restos de criaturas que sobrepasaban lo entendido hasta entonces, saber que fueron el pasado mismo de nuestra existencia, daba brillo a la percepción que se había tenido sobre el mundo. Asimismo, su gran tamaño, propio de animales bestialmente potentes, recordaba a la gran red maquinaria que se estaba empezando a forjar. Desde ferrocarriles, acorazados hasta fábricas, aquella similitud marcada convirtió a los dinosaurios, paradójicamente, en emblemas de la modernidad.

‘Deinos sauros’, en griego “lagarto terrible”, fue acuñado por primera vez en 1842 por el fundador del Museo de Historia Natural de Londres, Richard Owen. Todo en ese momento era progreso tecnológico, aunque lo de la tecnología aún se les escapara. El primer Parque Jurásico del mundo se presentaría una década más tarde, en 1854, con la aterradora pieza central del diorama, un Megalosaurio. Con escamas como un cocodrilo, rechoncho y voluminoso como un rinoceronte, su sonrisa amenazante atestiguaba cuán bien, como el biólogo y paleontólogo William Buckland había observado décadas antes, sus dientes y mandíbulas estaban “adaptados para efectuar el trabajo de la muerte con mayor rapidez”.

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(iStock)

No obstante, esto ocurrió en Occidente, pero en otros lugares del mundo ya se habían topado con restos de ellos. En China, por ejemplo, fueron identificados como huesos de dragón, mientras que en América del Norte, como ha demostrado la historiadora Adrienne Mayor, los relatos de los indios de las llanuras sobre el llamado Pájaro del Trueno se inspiraron, al menos en parte, en el espectáculo de los fósiles de pterosaurios. “Parece que nunca hubo un tiempo ni una cultura en la que los huesos misteriosos no cautivaran a quienes los contemplaban”, apunta Tom Holland en ‘The Guardian’.

placeholderIlustración realizada en 1885 donde recrea la posición en la que murió un 'Iguanodon bernissartensis'. (Wikipedia)
Ilustración realizada en 1885 donde recrea la posición en la que murió un ‘Iguanodon bernissartensis’. (Wikipedia)

Un mundo lejano imaginado

De una forma u otra, en todas partes y en cualquier momento, estas criaturas permitieron imaginar un mundo mucho más allá de los límites habituales del tiempo, la cultura y la fisiología. Y lo siguen haciendo. Los hemos imaginado de formas diversas y contradictorias, reflejando, en parte, nuestras concepciones cambiantes de nosotros mismos.

Actualmente, a través de juegos infantiles, los dinosaurios proporcionaron una especie de código que permite hablar indirectamente sobre la posibilidad de nuestra propia extinción desde muy corta edad. Asumir esa posibilidad parece que nos aterra y nos encanta que nos aterre. Como señala Boria Sax en su libro ‘Dinomanía: Por qué amamos, tememos y nos encantan los dinosaurios’, se necesita mucho tiempo para que unos nuevos descubrimientos arqueológicos migren de revistas especializadas a exhibiciones de museos y libros de texto y luego a películas, juguetes y otros medios de la cultura pop. Hizo falta, concretamente, dos siglos.

placeholderDinosaurios dragones en la cultura popular coreana. (iStock)
Dinosaurios dragones en la cultura popular coreana. (iStock)

Richard Fallon, profesor de literatura inglesa en la Universidad de Birmingham, ha rastreado ese hilo narrativo en su monografía ‘Reimaginando a los dinosaurios en la literatura victoriana tardía y eduardiana: cómo el ‘lagarto terrible’ se convirtió en un icono cultural transatlántico’ con el fin de reconstruir o, al menos completar desde otras perspectivas la historia moderna de los dinosaurios.

Entre lo inocente y lo perturbador

Así se ha situado sobre sus primeras representaciones a lo largo del siglo XIX en Reino Unido. A través de un examen de los libros de ciencia popular, artículos periodísticos y novelas de ciencia ficción de la época, Fallon muestra cómo muchos aspectos de estas criaturas se nos han quedado atrás por el privilegio que el análisis de la cultura popular de los dinosaurios ha dado a las décadas de finales del siglo XX.

Entonces, llegó la prensa amarilla del momento. Fallon explica que muchos periodistas de este período escribieron sobre aquellos animales, favoreciendo los relatos que consideraban emocionantes. Hablaban, así, sobre las llamadas Guerras de los Huesos de los paleontólogos rivales Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh y tendían a resaltar lo “grotesco” de los dinosaurios descubiertos en las tierras baldías de Estados Unidos, como el Triceratops con cuernos y el Stegosaurus.

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(Wikipedia)

Poco a poco, la fantasía fue eclipsando la realidad misma, quizás porque esta última ofrecía posibilidades devastadoras y permitirlas resultaba agonizante. Los dinosaurios como emblema del universo infantil, entre lo inocente y lo perturbador, fueron ganando una popularidad tan grande en tiempos que atravesaban guerras mundiales que aquello no se cuestionó ni un momento.

placeholderAcuarela basada en fósiles encontrados por Mary Anning. (Wikipedia)
Acuarela basada en fósiles encontrados por Mary Anning. (Wikipedia)

Un recorrido por su imagen en el cine

Para muchos, precisamente, esta cualidad de popularidad masiva fue lo que los dejó a un lado de la investigación: cosas de niños, nada importante. Sin embargo, lo estaban siendo como pocas cosas. Las “cosas de niños” atravesaban la vida adulta por más que no quisieran reconocerlo. Ahí mismo empezaba esta historia.

Ni siquiera el lenguaje de la ciencia puede escapar al ingenio, como sostiene Holland: “Incluso los naturalistas más brillantes pueden tener dificultades para mantener su imaginación bajo control al contemplar de cerca los restos de unos monstruos reptilianos que parecían haber vagado alguna vez por los condados de origen”.

De la misma forma, nadie escapa hoy a la saga de ‘Jurassic Park’. Su primera película fue también la primera en la que se usó CGI (Computer-generated imagery, en español Imágenes Generadas por Computadora) para retratar dinosaurios que podían moverse libremente, sin las sacudidas de encarnaciones anteriores en la pantalla. No obstante, la cultura cinematográfica (o la cultura a lo grande) de los dinosaurios no empezaba entonces: ‘Gertie the Dinosaur’ (1914), ‘The Lost World’ (1925), ‘King Kong’ (1933), ‘One Million BC’ (1940), ‘The Beast from 20.000 Fathoms’ (1953), ‘Godzilla’ (1954), ‘The Land Unknown’ (1957), ‘Viaje al centro de la Tierra’ (1959), ‘One Million Years BC’ (1966), ‘The Land That Time Forgot’ (1975), ‘The Land Before Time’ (1988) dejaron antes boquiabierto al público en masas.

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Escena de ‘The Land Before Time’ de 1988. (Cedido)

Y llegaron los noventa

Lo que sucedió en la década de los noventa era ya como la estela de un mito eterno. No había marcha atrás. Cuando Steven Spielberg presentó Jurassic Park en 1993, los niños y niñas del momento ya convivían con estas criaturas con la cercanía propia que ofrecía la imagen. Más allá de toda la literatura que hablaba de ellas desde hacía más de un siglo, más allá incluso de los juguetes, la serie ‘Dinosaurs’ aparecía en el televisor cada día desde 1991.

Una familia de clase media compuesta por dinosaurios antropomórficos, Los Sinclair, habían entrado en la cotidianidad de la vida familiar misma. Su escenario era la prehistoria, pero sus vidas eran muy parecidas a las de la sociedad de los años noventa de Estados Unidos y Europa. El paralelismo desconfigurando pasado y presente nos mantenía enganchados. Y entonces llegó ‘Mario Bros’, y allí estaba él: Yoshi, el mejor amigo de Super Mario. Yoshi debutó en Super Mario World en 1990 en Super ‘Nintendo Entertainment System’ como el compañero de Mario y Luigi. Era el personaje principal de la serie con su nombre por título, y fue un personaje secundario (pero muy querido) en los juegos derivados de Mario, como Mario Party y Mario Kart, así como en muchos juegos deportivos de Mario que llegaron después.

Y entonces llegó ‘Toy Story’, y allí estaba él: T-Rex, constatando que en la caja de juguetes de cualquier niño y niña de la época no podía faltar un dinosaurio que, en caso de aventuras peligrosas a espaldas de todo humano, pudiera echar una de sus fuertes patas para evitar cualquier desastre. Podían ser buenos y malos, podían ser todo lo que se nos ocurriese. Mientras tanto, en excavaciones y laboratorios, eran justo lo que quedaba de ellos, un misterio tan inmenso como el tiempo que nos separa.

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