¡Ay, mi gente! Nos ha caído una noticia de esas que te dejan el corazón apretujado, pero a la vez lleno de orgullo. Juan Lagares, ese jardinero central que nos hizo vibrar un viaje de veces con sus jugadas espectaculares, anunció su retiro oficial del béisbol profesional. Este legado de Juan Lagares, marcado por una entrega sin igual y una disciplina que era un ejemplo para el tigueraje joven, cierra un capítulo brillante, especialmente para sus Águilas Cibaeñas, con las que dejó una huella imborrable en la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana (LIDOM).
Cuando uno habla de Lagares, de una vez se le viene a la mente el “Guante de Oro”. Y es que el muchacho no jugaba en los jardines; él hacía magia. Su defensa élite era una vaina de otro mundo, un auténtico espectáculo que transformaba cada elevado en una oportunidad para un highlight. Durante años, fue la pieza más confiable del conjunto aguilucho, destacándose por ese alcance que parecía no tener límites, una seguridad con el guante que era como si tuviera pega en la mano, y un liderazgo silencioso que hablaba más fuerte que cualquier grito. Verlo en el jardín central era sinónimo de garantía defensiva, de juego inteligente, de un pelotero que sabía la clave y la ponía en práctica. Él era una referencia, un faro para varias generaciones de chamacos que soñaban con volar como él.
Pero el punto más álgido, el coro más bacano de su carrera, se dio en el 2021. Ese año fue, sin duda, su obra maestra. Lagares se echó las Águilas al hombro y las guio al campeonato de LIDOM, siendo el Jugador Más Valioso de esa Serie Final. Y como si eso fuera poco, el hombre no se conformó, y de una vez se montó en la guagua para la Serie del Caribe, donde se consagró como MVP, firmando una actuación histórica que puso al país de pie. ¡Qué nivel! Lograr esa doble distinción, MVP de la final de LIDOM y MVP de la Serie del Caribe en el mismo año, es una proeza que muy pocos peloteros en el mundo pueden contar, y menos un dominicano. Aquello fue un jevi total, una demostración de que cuando un tiguere se propone algo, lo consigue con sazón dominicano.
Más allá de sus hazañas en LIDOM, no podemos olvidar su paso por las Grandes Ligas. Con los Mets de Nueva York, dejó claro por qué era considerado uno de los mejores defensores de su tiempo. En 2014, se ganó el codiciado Guante de Oro en la Liga Nacional, un galardón que selló su reputación como un jardinero de otro nivel. Después, aunque tuvo pasantías por los Angelinos y los Marineros, la impronta de su guante permaneció intacta. Para un país como el nuestro, donde el béisbol es parte de nuestro ADN, ver a un dominicano destacar de esa manera en la Gran Carpa siempre es motivo de orgullo y de chercha sana en el colmado.
La organización de las Águilas Cibaeñas, con la que se identificó de tal manera que hasta parecía que tenía plumas, no tardó en resaltar su carrera como un ejemplo vivo de identidad, honor y una entrega incondicional. Ellos lo dijeron bien clarito: Juan Lagares no fue solo un jardinero extraordinario; fue, ante todo, un profesional íntegro que honró el béisbol dominicano con cada zancada, cada lance y cada atrapada. Un verdadero embajador de nuestra pelota.
La importancia de un jardinero central como Lagares en el béisbol no es poca vaina. En nuestro deporte, la defensa es tan crucial como la ofensiva. Un out salvado en el centro del campo puede cambiar el rumbo de un partido. Y Lagares lo hacía con una naturalidad que asustaba. Su habilidad para leer los batazos, su velocidad para cubrir terreno y la precisión de sus tiros eran características que lo convertían en un dolor de cabeza para los contrarios y una bendición para sus lanzadores. Imagínense el alivio de un pitcher sabiendo que tenía a un “Superman” detrás de él, listo para bajar cualquier bombazo.
Su presencia en el clubhouse también era algo que sumaba un viaje. Aunque no era de los que hablaba a gritos, su ejemplo en el terreno y su profesionalismo inspiraban a sus compañeros. Era de esos líderes que enseñan con el ejemplo, con el sudor y con el compromiso. En la LIDOM, donde la química de equipo y el tigueraje son claves, tener a un tiguere como Lagares era un activo invaluable. Siempre dispuesto a dar la cara, siempre en la batalla, sin importar el score ni la situación del juego. Un verdadero guerrero del diamante.
Con su retiro, el béisbol dominicano despide a uno de los jardineros defensivos más brillantes de su generación. Es una baja dura, pero su nombre ya está grabado en oro en la historia aguilucha, como sinónimo de esfuerzo, constancia, excelencia y, sobre todo, de ese “swing” que le metía a cada jugada. Su legado no es solo de trofeos, sino de la imagen de un muchacho que con su guante y su corazón le enseñó a todo un país lo que significa amar el juego y defenderlo con todo.
Así que, Juan, de corazón, gracias por cada fly espectacular, por cada joya defensiva, por cada momento que nos hiciste gritar de emoción. Te vas por la puerta grande, dejando una marca imborrable. ¡Qué vaina más chula tu carrera, hermano! El béisbol te echará de menos, pero tu leyenda ya está de lo más bien, asegurada en el panteón de nuestros grandes. ¡Bacano, Juan!
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