Entre cielo y tierra

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El calentao allende los mares.Y bueno que estaba “el calentao” del 25. Esta vez no fue en mi Cotuí que lo disfruté, tampoco en ninguna ciudad de mi amada patria dominicana. Como cuando era niña, me pareció que todo estaba más rico que en la cena, que los sabores se acentuaron y como era de día, me di el permiso de comer más que la noche del 24. Con menos cargos de consciencia. Me sentí dichosa por la oportunidad de una vez más, conocer otras maneras de compartir en torno a la mesa navideña. Esta vez en el oeste de Africa, en Cabo Verde, entre amigos caboverdianos y otros amigos que como nosotros, ahora viven en Cabo Verde.

En este archipielago encontré unas navidades con muchos elementos diferentes. Igual, muchos parecidos a los de mis orìgenes. Los sabores y tradiciones similares a las de mi patria me aproximaron más a los recuerdos de las navidades con mi larga familia: el puerquito asado, el pavo. Igual me alegré al integrar sabores de historias diferentes a las nuestras:  Su típico arroz con pato o el bacalao con nata.

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Como en mi patria, mucha cantidad y variedad, al fin y al cabo tenemos mucho en común por nuestras raices africanas y las mezclas provocadas por la presencia europea en ambos territorios. Como en dominicana muchas luces y colores, aunque no con la anticipación de los dominicanos.
Estar abierta a lo nuevo sin apego ni prejuicio, es la oportunidad de conocer, enriquecerse y disfrutar donde quiera que nos toque vivir y estar. 

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Fueron unas navidades tranquilas. Sin el deroche ni la algarabía de otras culturas, en las que el consumismo provoca incómodos entaponamientos y estres. Me encantó vivir unas navidades descontraidas. No se acabará el mundo después de navidad. Solo tendremos un par de kilos más. Punto. [email protected]

Por: Mary Leisy Hernandez

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