¡KlK, mi gente! Si hay algo que nos tiene a todos con la cabeza vuelta un yoyo últimamente, es la bendita Carestía. Ese tema del bolsillo apretado no es nuevo en nuestra media isla, pero el ritmo de subida de los precios en los últimos tiempos ha puesto a más de uno a hacer malabares para llegar a fin de mes. Desde el plátano que antes era barato y ahora parece de oro, hasta la guagua que ya no te deja en la puerta por menos de lo que uno esperaba, la vida se ha puesto una vaina más cara de lo normal. Es un desafío diario que enfrentan nuestras familias, nuestros obreros, y hasta el propio chinero que antes vendía una funda de lo que sea por un pico.
Este fenómeno de la Carestía, que no es un pleito de ahora, viene afectando la economía doméstica de cada hogar dominicano. Se siente en la factura de la luz, en el tanque de gas que sube de precio sin avisar, y en el pasaje del motoconcho que te pide un extra por la loma. A la hora de ir al mercado, la cosa se pone color de hormiga brava: la carne, los vegetales, hasta los víveres básicos están en un plan de subida que te hace pensar dos veces antes de llenar la funda. La gente del patio, el tigueraje dominicano que siempre se ha caracterizado por su inventiva y resiliencia, está mostrando de qué está hecho, buscando mil maneras para que el plato de comida no falte en la mesa.
Históricamente, la República Dominicana ha sido una economía en desarrollo con sus altibajos. Hemos visto épocas de vacas flacas y otras de cierto desahogo, pero la actual coyuntura global, con inflación importada y cadenas de suministro medio “dajadas”, le ha echado más leña al fuego. A esto se le suma el aumento de los combustibles, que impacta directamente en el transporte de mercancías y, por ende, en el precio final de todo lo que consumimos. Es un efecto dominó que se siente desde el campo hasta el supermercado de la capital.
Pero, ¿cómo le hace frente el dominicano a esta situación? El tigueraje, ese espíritu de ingenio, de “búscale la vuelta” y de no rajarse, se activa de una vez. Se ven más colmados vendiendo al detalle, dividiendo los productos para que rindan más. La gente se organiza en “san” o “sociedades” para poder adquirir electrodomésticos o hacer frente a gastos grandes. La creatividad fluye en cada esquina: el que sabe cocinar, vende comida; el que sabe reparar, ofrece sus servicios; el que tiene un carro, hace de concho en sus ratos libres. Es una exhibición pura de cómo el dominicano no se deja vencer fácilmente por la adversidad.
Las redes sociales se han convertido también en una plataforma para el rebusque. Vemos un viaje de gente vendiendo de todo un poco, desde ropa usada hasta dulces caseros, ofreciendo servicios de tutorías o haciendo deliverys. Es una forma de complementar el ingreso principal, que muchas veces no alcanza para cubrir todas las necesidades. La economía informal, que siempre ha sido un pilar importante en nuestro país, ahora más que nunca se muestra como un salvavidas para un gran segmento de la población.
El gobierno, por su parte, está en un corre-corre buscando soluciones. Se habla de subsidios a ciertos productos, de controles de precios en algunos rubros, de incentivar la producción local para reducir la dependencia de las importaciones. Pero la verdad es que la vaina es complicada y las medidas no siempre tienen el efecto inmediato que uno quisiera. A veces, la burocracia y la lentitud de los procesos hacen que la gente sienta que está “guayándose la rodilla” mientras espera por un alivio.
La solidaridad también juega un papel chulo en estos momentos. Los coros de amigos y vecinos se hacen más fuertes, compartiendo lo poco que se tiene o ayudándose mutuamente en alguna emergencia. El “echa pa’ acá” y el “dame una mano” se escuchan más a menudo. Es una manifestación de nuestra idiosincrasia, de ese sentido de comunidad que nos caracteriza y que nos hace sobrellevar cualquier temporal, por fuerte que sea.
La educación financiera se vuelve también un tema crucial. Aprender a administrar mejor el dinero, a priorizar gastos, a buscar ofertas y a ahorrar aunque sea un chele, son prácticas que muchos están adoptando. Es un proceso de aprendizaje colectivo, donde cada dominicano se convierte en un experto en estirar el presupuesto, demostrando una vez más ese “saber vivir” que tenemos, incluso cuando la cosa está de lo más dura.
En fin, la Carestía es un reto mayúsculo, un “klk” grande que nos ha tocado vivir. Pero si algo nos ha enseñado la historia y la experiencia diaria, es que al dominicano no hay situación que lo tumbe por completo. Con su tigueraje, su alegría, su solidaridad y su capacidad de rebusque, siempre encontramos la forma de salir pa’lante, de mantener la fe y de echarle ganas al día a día, esperando que el sol salga más brillante mañana.
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