Seguramente todos conocemos a alguien que ha iniciado un proceso de aclaración con su institución bancaria debido a una operación ejecutada “sin su autorización”. A pesar de lo cotidiano que podemos pensar que resultan estos estos casos, es muy importante que entendamos que puede tratarse de situaciones con diversas naturalezas, como puede ser robo de identidad, fraude, ingeniería social, etc.

La pandemia de COVID-19 marcó un cambio en nuestras vidas en todos los aspectos y las empresas no fueron la excepción. Acostumbrados a vivir en mundo a un ritmo de transformación digital más o menos estable durante los últimos años, la pandemia implicó apretar el acelerador a fondo y de acuerdo con especialistas en la materia, la transformación digital avanzó en un año lo que se estimaba para los próximos cinco años.

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Esta dramática aceleración en la digitalización de los servicios nos obligó a pensar en nuestra identidad digital no como un concepto abstracto sino como una más de las herramientas con las que tenemos que enfrentar esta nueva realidad. Lo anterior supone dos retos fundamentales, el primero de naturaleza tecnológica que poco a poco estamos resolviendo y el segundo de naturaleza humana que es en el que vale la pena profundizar.

En un mundo de redes sociales, comunidades virtuales y metaversos, no nos es ajena nuestra identidad digital como el punto de enlace con este mundo virtual, desde nuestro perfil de LinkedIn hasta nuestras propiedades en Decentraland, sabemos nuestra identidad digital es la llave para interactuar en estos nuevos mundos. Sin embargo, cuando hablamos de digitalizar procesos que históricamente se basan en la interacción física entre las personas, con contratos firmados a puño y letra en donde se requiere conocer el rostro de la persona con quien estamos tratando, todo se vuelve un caos.

Es un hecho que la era Digital está desplazando a la era Industrial, tomando su lugar que le corresponde en la historia de la humanidad. De ahí podemos obtener nuestra primera conclusión: Este cambio es irreversible. Por ello, como parte de nuestro proceso natural de adaptación al mundo que nos rodea, debemos rediseñar nuestras interacciones sociales, legales y económicas desde una perspectiva digital, aprovechando el potencial que la tecnología nos puede ofrecer y capitalizando todo lo aprendido de nuestra historia.

Aquí es donde entran al juego las plataformas de identidad digital, que son la combinación de tecnologías, procesos y metodologías diseñados para asignar una identidad digital a una persona o empresa que cumple con los criterios de confiabilidad, seguridad, privacidad y confidencialidad que se requiere para poder efectuar todo tipo de interacciones sociales, mercantiles y financieras en un entorno seguro, trazable y auditable.

Estas plataformas se apoyan de tecnologías de certificados digitales, blockchain, cifrado seguro, etc. Para ofrecer primero un medio de identificación confiable para personas, empresas y autoridades y en un siguiente nivel, los mecanismos de explotación o “minado” de esa información para diseñar estrategias operativas y comerciales orientadas a maximizar el valor y rentabilizar las inversiones en infraestructura y capital humano.

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