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La Vaina de la Cesantía: Valentín Herrera y el Gran Coro de la Reforma Laboral Dominicana

Valentín Herrera, un nombre que suena con respeto en los pasillos del Ministerio de Trabajo, ha cerrado un capítulo de 37 años de servicio público. ¡Un viaje de tiempo metiéndole mano a la cosa laboral del país! Su salida no ha pasado desapercibida, sobre todo porque en su despedida, de forma bien directa y sin bulto, puso el dedo en la llaga sobre uno de los temas más candentes que tenemos en el patio: la reforma laboral. Y, según él, el coco de esa reforma, el verdadero talón de Aquiles, es la famosa cesantía.

Para quienes no lo conocen de tú a tú, Herrera fue una pieza clave en la construcción de la paz laboral en la República Dominicana. Desde el cumplimiento de las normativas hasta la modernización de los servicios, él y su equipo se fajaron por años para que el tigueraje laboral fluyera de lo más bien. Con una pila de experiencia encima, sus palabras ahora, a título personal, cobran un peso especial, como si se quitara el uniforme para hablar de lo que de verdad le preocupa a la gente que trabaja y a las empresas que bregan en esta media isla.

La cesantía, ¡ay, la cesantía! Esa es la vaina que tiene a todo el mundo de cabeza cuando se habla de cambiar el Código de Trabajo. Valentín Herrera no le dio la banda y fue claro: es el punto donde no hay manera de avanzar. Por un lado, están los empleadores, que asegún ellos, necesitan que se revise la fórmula, que se modernice, que se adapte a los tiempos. Por el otro, los trabajadores, que ni se diga, no quieren ni que se le arrime un dedo, la ven como su salvavidas, su seguridad. Y en el medio, el Gobierno, que ha dicho de una vez que ese tema no se toca. Este tranque es el que no ha dejado que el proyecto de reforma coja cuerpo en el Congreso.

Es que hay que entender la historia de la cesantía en nuestro país. Desde la Ley 16-92, el pago de la cesantía es un derecho adquirido que representa una protección vital para el trabajador dominicano. Imagínense que a usted lo cancelan sin justa causa después de un viaje de años trabajando en una empresa. La cesantía, que se calcula en base a su salario y el tiempo de servicio, es lo que le permite a ese trabajador bregar mientras busca otro empleo, pagar deudas, mantener a su familia. Para muchos, es el único colchón que tienen. Por eso, cualquier intento de modificarla se ve como un ataque directo a la estabilidad económica de miles de hogares. La gente se pone chiva de una vez.

Pero no todo es pelea en el coro de la reforma. Herrera también habló de otras iniciativas que pintan bien. Por ejemplo, el plan piloto de reducción de la jornada de trabajo. El Ministerio se metió en eso el año pasado, con el apoyo de la Pontificia, y los resultados fueron jevis. Las empresas y los trabajadores lo vieron con buenos ojos. ¿Y lo mejor? La productividad no bajó, a pesar de que la gente estaba menos horas en la oficina. Esto no es solo una moda; en otros países, como España o el Reino Unido, ya se están viendo movidas similares con semanas laborales de cuatro días, buscando un balance entre el trabajo y la vida personal. ¡Eso sí que está bacano! Y Herrera subrayó que los salarios, bajo ninguna circunstancia, se tocarían. ¡Claro, si no, cuál es el sentido de esa vaina!

El teletrabajo, ni se diga, es otra de las modalidades que llegó para quedarse. Klk con la pandemia, ¿verdad? Nos agarró a todos en fuera de base. Antes del COVID-19, esa vaina de trabajar desde casa era como algo de película. Pero la situación nos obligó a meterle mano y el Ministerio, bajo la dirección de Luis Miguel De Camps, no se quedó atrás. Se emitieron resoluciones que regularon el teletrabajo de una vez por todas: herramientas, entregables, salarios, horarios, y ese derecho tan chulo a la desconexión. Hoy en día, mucha gente sigue con esa modalidad, y Valentín lo ve de lo más bien, sobre todo por cómo ayuda con el tranque de las guaguas y el estrés del día a día. De hecho, la propuesta de reforma busca que el teletrabajo pase de ser una resolución a ser parte formal de la ley. ¡Eso sí que sería un palo!

Otro punto que Herrera evitó tocar a fondo fue la indexación salarial. Y es que esa vaina es un nido de avispas. ¿Qué es eso? Simple: es ajustar los salarios de los trabajadores según la inflación, para que el poder adquisitivo no se pierda con el tiempo. Es decir, que si la vida se pone más cara, el salario también suba para que la gente no se jarte de tanto bregar para que la plata no le dé. Es un tema que siempre genera un teteo entre los empresarios y los sindicatos, y que a menudo se mezcla con la política, por eso Herrera fue astuto y le dio la banda en su despedida.

No se puede hablar de la gestión de Herrera sin mencionar los avances que se lograron bajo su batuta. Antes, era una fajadera para los empleadores tener que hacer filas interminables para depositar planillas y otras documentaciones. ¡Era un dolor de cabeza! Ahora, gracias a la sistematización de procesos, muchas de esas vainas se hacen de manera digital, desde la comodidad de la casa o la oficina, con solo tener una conexión a internet. ¡Una chulería! También, durante la pandemia, el programa FASE fue clave, permitiendo gestionar suspensiones y pagos, salvando a un viaje de empresas y trabajadores de la quiebra total. Eso es meter mano de verdad, buscando siempre ese equilibrio entre lo que necesita el empleador y lo que protege al trabajador.

Con la satisfacción del deber cumplido, Valentín Herrera ahora se va a meter de lleno en el ejercicio privado del derecho, abriendo su propia oficina. Y dejó una reflexión bacana: “No hay forma de avanzar una empresa si no hay identificación del trabajador con la empresa”. Enfatizó la importancia del “salario emocional”, la empatía y el respeto a las políticas laborales. Porque al final del día, lo que quiere la gente es que la traten bien y que su esfuerzo valga la pena, más allá de la cuenta de banco.

Así que, mientras el país sigue en este gran coro sobre la reforma laboral, con la cesantía como el tema más espinoso, las ideas de Valentín Herrera nos dejan con un panorama más claro. La modernización de las leyes laborales es una necesidad, pero debe hacerse con cautela, buscando el bienestar de todos los actores. Es un balance delicado, una vaina que requiere sentarse a dialogar de verdad, sin bulto, para que el futuro del trabajo dominicano sea jevi para todo el mundo.

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