¡Klk, mi gente! La situación está que pica y se extiende, y no es para menos cuando hablamos de la seguridad de nuestros chamaquitos. Monseñor Jesús Castro Marte, obispo de Higüey, ha levantado la voz, y de una vez, ha pedido una respuesta urgente ante la creciente ola de desapariciones de niños y niñas que tienen a la República Dominicana con los pelos de punta. Esta vaina no es un bulto; es una realidad cruda que nos golpea el alma a todos, recordándonos que la tranquilidad en nuestro patio está en jaque.
Asegún el monseñor, en los últimos tiempos ha crecido la percepción de una práctica nada halagüeña: el rapto de niños y niñas. Esto ha provocado un viaje de especulaciones y, lo que es peor, ha transformado espacios que antes considerábamos seguros —el patio de la casa, la escuela, el colmado de la esquina— en escenarios de puro terror. ¡Imagínense ustedes la chercha que era antes dejar a los muchachos jugando afuera sin preocupaciones! Ahora, esa tranquilidad se ha ido por el barranco, afectando la convivencia armónica de la gente en el barrio y en la comunidad. La incertidumbre y el miedo se han colado en cada hogar, obligándonos a estar en \”modo alerta\” 24/7.
Monseñor Castro Marte no se quedó callado. Insistió en que las autoridades tienen que actuar de una vez y por todas para esclarecer estos casos, porque la gente se está jartando y no podemos permitir que la sociedad caiga en un estado de delirio de persecución. Cuando la confianza se debilita, hasta el coro familiar empieza a verse con recelo, y eso ya es mucho decir. El prelado lo puso claro: “Estamos en el momento histórico en el que, para confiar en alguien, hay que hacer una investigación exhaustiva, pues los círculos de confianza, justamente en los espacios que hay cercanías familiares, los casos son más frecuentes.” Y tiene su razón de ser, porque es en esos entornos donde, lamentablemente, a veces ocurren vainas horribles como violaciones sexuales y otros daños colaterales que dejan marcas imborrables en nuestros pequeños y en la psiquis familiar.
Miren, los casos más recientes son un ejemplo clarito de esta situación. Ahí está la niña Brianna Genao González, de Puerto Plata, que lleva más de un mes desaparecida y de su paradero, ni pío. La angustia de su familia es la angustia de un país entero. Los rastreos y las súplicas en redes sociales se han convertido en la única esperanza visible, pero la falta de resultados concretos desespera a cualquiera. Y el muchachito Roldanis Calderón, de Jarabacoa, ¿se acuerdan? ¡Ya tiene casi 11 meses que no aparece! Once meses de incertidumbre, de buscar y buscar sin tener una versión oficial de dónde anda, dejando a sus seres queridos sumidos en un calvario sin fin. ¿Qué se hace en esos casos? ¿Dónde está la esperanza y la efectividad de los cuerpos investigativos?
Para que vean la seriedad de la vaina, en el caso de Brianna Genao, hasta el FBI llegó al país para meterle mano y colaborar en la búsqueda. Cuando una agencia internacional de ese calibre tiene que venir a ayudarnos, es porque la cosa está de lo más compleja y nuestros recursos internos quizás no dan abasto, o la criminalidad ha alcanzado niveles que requieren otra perspectiva y tecnología. No es un secreto que la delincuencia se ha puesto más atrevida, y el tigueraje anda suelto, operando con una impunidad que le da alas; pero nuestros niños, los más vulnerables, deben ser sagrados y recibir la máxima protección de parte del Estado.
La desaparición de un niño no es solo una tragedia familiar; es una herida abierta en el corazón de la nación. Afecta la imagen del país, la percepción de seguridad para los turistas que vienen a disfrutar de nuestras playas (aunque este sea un aspecto secundario ante el drama humano), pero lo más importante, destruye la fe de la gente en las instituciones y en la justicia. Cada día que pasa sin respuestas, se erosiona un poquito más la confianza de que nuestros hijos pueden crecer seguros en su propia tierra, jugar en el parque sin miedo o ir a la escuela sin que los padres vivan con el alma en un hilo. No podemos darnos el lujo de mirar para otro lado o de acostumbrarnos a esta lamentable realidad.
Monseñor Castro Marte está en lo correcto al exigir una respuesta urgente y contundente. No solo se trata de encontrar a Brianna y Roldanis, que es la prioridad número uno, sino de establecer mecanismos efectivos de prevención y protocolos de búsqueda que funcionen de verdad y se activen de inmediato. Es crucial que el Estado fortalezca sus instituciones, que la Policía Nacional, el Ministerio Público, el CONANI y todas las entidades pertinentes trabajen en un coro bien afinado, con recursos suficientes y, sobre todo, con la voluntad política para enfrentar este flagelo de una vez y por todas. Y nosotros, como comunidad, tenemos que estar ojo avizor, reportar cualquier vaina rara, educar a nuestros hijos sobre los peligros y cuidar los unos de los otros. No podemos quedarnos de brazos cruzados, porque la seguridad de nuestros chamaquitos es vaina de todos.
En fin, esta situación nos pone a reflexionar sobre el tipo de país que estamos construyendo para las futuras generaciones. Es un llamado a la acción para que no perdamos la esperanza, pero sobre todo, para que exijamos a quienes nos gobiernan que pongan la protección de nuestros niños por encima de todo. ¡Que no se quede en bulto ni en chercha, sino en acciones concretas que nos devuelvan la paz y la seguridad que tanto anhelamos para que nuestros hijos puedan crecer en un ambiente bacano y seguro!
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