Si hay un centro de pecado famoso en el mundo entero, es sin duda el Moulin Rouge. El cabaret más famoso de la historia tiene un largo recorrido y pobló durante mucho tiempo los sueños y fantasías de los artistas y las criaturas de los bajos fondos. Fundado en 1889 por los empresarios Josep Oller (español) y Charles Zidler (en la película ‘Moulin Rouge’ de Baz Luhrmann se habla de un tal ‘Harold Zidler’), su intención fue crear un lugar dedicado a la diversión, la libertad y el libertinaje. Un lugar para cualquiera, independientemente de su procedencia, en el corazón del bohemio barrio de Montmartre.

En sus primeros años, en los albores del siglo XX, el Moulin Rouge fue ese lugar elegido por los amantes de la noche para beber champán y observar a las bellas bailarinas bailar durante horas. En aquella época, además del molino rojo y modernista que todavía puede visitarse, también había un extravagante elefante en el jardín similar al que en otro tiempo Napoleón quiso concebir para la ciudad de la luz. Tras sus puertas solo había cabida para el esparcimiento, y el Moulin Rouge puede atribuirse el honor de haber sido testigo mudo de la invención del cancán.

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Foto: Cartel publicitario de la ópera 'El Mikado', ambientada en Japón, de 1885.

En el ambiente previo a la Belle Époque, en un París despersonalizado, el Moulin Rouge en el barrio de Montmartre era un oasis en medio de un desierto. Un lugar extravagante y divertido donde no pasaba el tiempo y donde cualquiera podía olvidar la vida durante un rato. Oller y Zidler sabían lo que hacían cuando decidieron inaugurar aquel lugar de perdición en una colina donde existían hasta 30 molinos que molían grano y maíz. El ambiente japonista de una época en la que todo el mundo parecía de acuerdo en que la construcción de la Torre Eiffel era un despropósito, sirvieron para sentar las bases arquitectónicas de uno de los lugares más emblemáticos de París.

Atormentada por los maltratos de su madre alcohólica, fue internada en una institución mental, donde cuentan que bailaba en los espectáculos organizados por las propias internas

Un lugar así era caldo de cultivo para las personalidades curiosas y peculiares. Probablemente la más famosa de todas fue la de Henri de Tolouse-Lautrec, el artista de los bajos fondos por antonomasia. La sobreprotección materna y la enfermedad del artista (padeció una enfermedad que afectaba el desarrollo de los huesos y no llegó a medir más de 1,50 metros), así como el rechazo por la clase social a la que pertenecía, quizá le llevaron a buscar amparo y consuelo en las criaturas apartadas de la sociedad, a las que vio como sus iguales. No solo sabemos que el artista frecuentó el Moulin Rouge, sino que conocemos el cabaret a través de sus ojos. Las largas noches tras sus puertas fueron fructíferas, le sirvieron para trabar amistad con algunas de estas personalidades que han quedado para la posteridad, y para pintar muchos carteles publicitarios que hoy conocemos todos.

placeholder Retrato de Jane Avril, bailarina del Moulin Rouge.
Retrato de Jane Avril, bailarina del Moulin Rouge.

El ambiente bohemio de París acogió con los brazos abiertos a estas criaturas que tuvieron importancia en vida, pero que hoy solo se encuentran en los márgenes de la historia. Una de ellas fue Jane Avril, retratada en varias ocasiones en sus carteles. Nacida en París en 1868, Jane (de nombre real Jeanne), su infancia fue difícil, como no podía ser de otra manera. Las infancias felices, como diría Tolstói, no son remarcables. Atormentada por los maltratos de su madre alcohólica, fue internada en una institución mental, donde cuentan que bailaba en los espectáculos organizados por las propias internas. Cuando salió con 16 años, continuó su recorrido bailando en el Barrio Latino de París, hasta que conoció al escritor René Boylesve que le dio el nombre con el que alcanzaría la fama.

“Padre, ¿Dios me perdonará? Soy ‘la Goulue'”

En el Moulin Rouge reemplazó a la mítica Louise Weber, más conocida como ‘la Goulue’, predecesora com un estilo completamente opuesto. Pese a que fue retratada por Lautrec y se hizo muy popular en aquel París bohemio, se casó con 42 años con el pintor alemán Maurice Biais, que dilapidó sus bienes provocando que pasara sus últimos días en la pobreza absoluta. Nada muy extraño para una hija del Moulin Rouge, pues ‘la Goulue’ no corrió mejor suerte: nacida en Alsacia en 1868, en el seno de una familia judía, la leyenda en torno a ella cuenta que desde niña danzaba con las ropas de la lavandería en la que trabajaba su madre, fingiendo ser una estrella. Con 16 años ya bailaba en cabarés, con las mismas ropas que “tomaba prestadas” de dicha lavandería.

placeholder La Goulue llegando al Moulin Rouge, por Tolouse-Lautrec.
La Goulue llegando al Moulin Rouge, por Tolouse-Lautrec.

Mientras que Jane Avril era más fina y recatada, ‘la Goulue’ (“la glotona”, en español) se hizo famosa justamente por su desparpajo y su extroversión, cuando el pintor Auguste Renoir la introdujo en el ambiente bohemio de Montmartre. En el momento en que Josep Oller la conoció, decidió añadirla a la cuadrilla del cancán del Moulin Rouge, y solía bailar subida a las mesas y apurar de un trago los vasos de los clientes. Tardó poco en alcanzar la fama, y en 1895 decidió abandonar el cabaré rojo (fue en ese momento cuando Jane Avril la reemplazó) para montar su propio espectáculo, que acabó siendo un fracaso absoluto. No se volvió a saber de ella hasta que alguien la vio por casualidad en 1925, alcoholizada y deprimida, vendiendo cigarrillos y cacahuetes por las calles de Montmartre. Un fantasma de lo que en otro tiempo había sido. Cuentan que en su lecho de muerte le preguntó al sacerdote: “Padre, ¿Dios me perdonará? Soy ‘la Goulue'”.

No se volvió a saber de ella hasta que alguien la vio por casualidad en 1925, alcoholizada y deprimida, vendiendo cigarrillos y cacahuetes por las calles de Montmartre

Son solo algunos retazos de aquellas personas que vivieron una época extinta y difícil, que Lautrec retrató también. Por sus lienzos no solo pasaron bailarinas como Jane Avril o la Goulue, también hubo lugar para otros personajes entrañables como ‘Chocolat‘, el payaso cubano que revolucionó el teatro parisino de finales del siglo XIX. Rafael Padilla, como era su nombre real, pasó sus primeros años en los suburbios de la Habana, como esclavo emancipado gracias a la ley Moret, y después sus pasos lo dirigieron al norte de España siguiendo al empresario Patricio Castaño, donde no tuvo mejor suerte.

placeholder  Caricatura de Chocolat de Lautrec.
Caricatura de Chocolat de Lautrec.

No recibió educación formal, y Castaño le trató como un criado y le obligaba a dormir en los establos, hasta que con 15 años decidió huir al País Vasco, donde trabajó durante un tiempo en las canteras. Solo en París, de nuevo de la mano de Josep Oller, pudo debutar como payaso e hizo tándem con el británico George Footit, con el que actuaría durante 20 años. Sus últimos años no fueron mejores que los de Avril o Weber: su hija murió de tuberculosis con 19 años y cayó en el alcoholismo. Falleció en un hotel de Burdeos y fue enterrado en una tumba que, a día de hoy, se encuentra desaparecida y no se sabe dónde están sus restos.

Dormía en los establos y trabajó en las canteras del País Vasco. Solo en París pudo debutar como payaso, haciendo tándem con George Footit

Aunque con la muerte de Zidler, el cabaret cerró sus puertas en homenaje a su figura, sus luces fueron encendiéndose y apagándose intermitentemente durante los turbulentos momentos que acompañaron al siglo XX. En 1900, extranjeros de los cinco continentes que visitaban la Exposición Universal decidieron conocer aquel extravagante lugar. Tan solo tres años después se renovó arquitectónicamente y se convirtió en un lugar de operetas al que acudía la élite, y así sería hasta la Primera Guerra Mundial.

placeholder Postal del Moulin Rouge, hacia 1910.
Postal del Moulin Rouge, hacia 1910.

Durante todos aquellos años pasó por distintas manos y tras sus puertas se produjeron un sinfín de espectáculos memorables: la escritora Colette se atrevió a darse un beso en escena con su amante, la duquesa de Morny. En 1915 se quemó y tuvo, de nuevo, que ser reconstruido. En 1927 se puso de moda que las chicas salieran de una tarta, disfrazadas con vestidos ajustados. En el 29 tocaron cien artistas negros acompañados por la Jazz Plantation Orchestra, y tras la Segunda Guerra Mundial personajes tan destacados como Edith Piaf o Josephine Baker se subieron a su escenario. Más tarde llegarían algunos nombres aún más memorables: Frank Sinatra, Ginger Rogers, George Chakiris, los Village People o Liza Minelli. Incluso en una ocasión se cerraron sus puertas para la mismísima reina Isabel II.

Edith Piaf cantó, Colette se besó con otra mujer, en 1915 se quemó y en el 27 se puso de moda que las chicas salieran de una tarta, disfrazadas con vestidos ajustados

Hoy en día sigue abierto, por supuesto, y continúa siendo testigo de todas las aventuras que recorren las calles del barrio más famoso de París. Tras sus puertas se consume más champán que en cualquier otro lugar del mundo (360.000 botellas en 2015, según las estadísticas), y sigue siendo el protagonista de muchas canciones que hablan de París, así como de algunas películas que con artistas tan importantes como Zsa Zsa Gabor, Omar Sy o Nicole Kidman trataron de edulcorar vidas que no fueron tan románticas y que habían sido olvidadas por todos. O, por casi todos, pues hubo al menos un pintor con suficiente sensibilidad para saber retratar los recovecos de la sociedad. Lo que nadie más quiere ver: a las fascinantes criaturas de la noche, los niños perdidos en una segunda estrella a la derecha muy particular, con forma de molino lleno de luces.

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Si hay un centro de pecado famoso en el mundo entero, es sin duda el Moulin Rouge. El cabaret más famoso de la historia tiene un largo recorrido y pobló durante mucho tiempo los sueños y fantasías de los artistas y las criaturas de los bajos fondos. Fundado en 1889 por los empresarios Josep Oller (español) y Charles Zidler (en la película ‘Moulin Rouge’ de Baz Luhrmann se habla de un tal ‘Harold Zidler’), su intención fue crear un lugar dedicado a la diversión, la libertad y el libertinaje. Un lugar para cualquiera, independientemente de su procedencia, en el corazón del bohemio barrio de Montmartre.

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