Todo el mundo se ha visto envuelto en una de esas situaciones en las que quiere clamar al cielo: “Tierra, trágame” y que acto seguido suceda tal cosa, para no tener que enfrentar la vergüenza. Luego la vida pasa y uno descubre que puede sobrevivir y que el que tiene vergüenza ni come ni almuerza, pero el recuerdo de ese momento humillante queda ahí, para volver a nosotros en algún momento en que intentamos conciliar el sueño a las tres de la mañana.

¿Por qué esos recuerdos negativos se quedan en nuestras cabezas y vuelven de vez en cuando, humillándonos de nuevo? ¿Por qué nos sentimos avergonzados todavía, cuando la ocasión en concreto ya pasó?

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Según informa ‘Science Alert‘, hay dos formas en las que podemos recordar experiencias de nuestro pasado: una es intencional y voluntaria (por ejemplo, cuando intentas recordar qué comiste ayer). La segunda forma es involuntaria y espontánea, esos recuerdos que aparecen en nuestras mentes, incluso de manera no deseada o intrusiva. ¿De dónde vienen?

Tenemos dos formas de recordar nuestro pasado: una es intencional y voluntaria. La segunda forma es involuntaria y espontánea

Parte de la respuesta radica en cómo los recuerdos están conectados entre sí. La comprensión actual es que nuestras experiencias pasadas están representadas en redes conectadas de células que residen en nuestro cerebro (las neuronas). Estas neuronas desarrollan conexiones físicas entre sí a través de la superposición de información en estas representaciones. Por ejemplo, los recuerdos pueden compartir un tipo de contexto (diferentes playas en las que ha estado, restaurantes en los que ha comido), ocurrir en períodos similares de la vida (infancia, años de escuela secundaria) o tener una superposición emocional y temática (momentos en los que haber amado o discutido con otros).

Una activación inicial de un recuerdo puede ser desencadenada por estímulos externos del entorno (vistas, sonidos, sabores, olores) o estímulos internos (pensamientos, sentimientos, sensaciones físicas). Una vez que se activan las neuronas que contienen estos recuerdos, es más probable que los recuerdos asociados se recuperen en la conciencia.

Los recuerdos involuntarios tienden a ser más negativos, igual que los pensamientos intrusivos, pues tienen un tono emocional más fuerte que los positivos

Ahora bien, ¿cómo consiguen los recuerdos hacernos sentir cosas? Los recuerdos involuntarios tienden a ser más negativos, igual que los pensamientos intrusivos, pues tienen un tono emocional más fuerte que los positivos. Aunque los seres humanos, evolutivamente, estamos concebidos para evitar las malas situaciones no podemos evitar estos recuerdos involuntarios. Eso tiene una razón (también evolutiva): un recuerdo que involucre vergüenza podría indicarnos que hemos hecho algo que otros podrían encontrar desagradable o negativo, o que de alguna manera hemos violado las normas sociales, y eso nos ayuda a aprender para manejar situaciones futuras de manera diferente.

No obstante, a algunas personas les sucede con más fuerza que a otras. Una teoría es que la tendencia a tener más probabilidades de recordar recuerdos que son consistentes con nuestro estado de ánimo actual. Es decir, si te sientes triste es más probable que recuerdes anécdotas relacionadas con decepciones, pérdidas o vergüenza. De la misma manera, si te sientes ansioso es más probable que recuerde momentos en los que te sentiste asustado o inseguro. Y cuando rumiamos algo, también tiene un sentido: su función es tratar de “resolver” lo que sucedió y aprender algo o resolver problemas para que estas experiencias no vuelvan a suceder.

Los recuerdos son muy adaptables. Cuando recordamos algo, podemos desarrollarlo y cambiar nuestros pensamientos, sentimientos y valoraciones de experiencias pasadas

Reflexionar y reelaborar los pensamientos puede ser útil, igual que la evidencia muestra que, cuando rumiamos, lo ideal es reconocer que está sucediendo y tratar de cambiar la atención hacia algo absorbente y sensorial (por ejemplo, hacer algo con las manos o enfocarse en imágenes o sonidos). Este cambio de atención puede provocar un cortocircuito en la rumiación y hacer que hagas algo más valioso. En general, recuerda que aunque nuestro cerebro nos dé pequeños recordatorios de nuestras experiencias, no tenemos que quedarnos atrapados en el pasado.

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Todo el mundo se ha visto envuelto en una de esas situaciones en las que quiere clamar al cielo: “Tierra, trágame” y que acto seguido suceda tal cosa, para no tener que enfrentar la vergüenza. Luego la vida pasa y uno descubre que puede sobrevivir y que el que tiene vergüenza ni come ni almuerza, pero el recuerdo de ese momento humillante queda ahí, para volver a nosotros en algún momento en que intentamos conciliar el sueño a las tres de la mañana.

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