¡Ay, Dios mío! Se armó un lío en la Cámara de Diputados que nos dejó a muchos con la boca abierta. La vaina es que, en una votación que unificó a casi todo el tigueraje de los partidos, se aprobó en primera lectura un proyecto de ley que elimina las candidaturas independientes. De 107 legisladores presentes, solo un par se opuso, lo que demuestra un coro bastante organizado de los partidos tradicionales. Esto no es poca cosa, mi gente, porque se está cerrando la puerta a una vía que muchos veían como una esperanza para caras nuevas en la política.
Los únicos que se atrevieron a decir que “no” a esta pieza legislativa fueron Ramón Raposo, del PRD, y Braylin Vargas, del PLD. Raposo, con su pique, argumentó que, si bien es chulo fortalecer los partidos, no podemos eliminar de un plumazo una opción tan importante. Él plantea que lo que se debería buscar es una forma de regular estas aspiraciones, no borrarlas del mapa electoral dominicano de una vez y por todas. Es una posición que, a buen dominicano, suena a buscarle la vuelta en vez de irse por lo más fácil.
Esta iniciativa, que viene de la mano del senador Ramón Rogelio Genao, busca echar para atrás los artículos 156, 157 y 158 de la Ley 20-23 sobre Régimen Electoral. Los que están a favor de esta movida, argumentan que las candidaturas independientes le caen atrás al Artículo 216 de nuestra Constitución. Asegún ellos, la Carta Magna establece que solo los partidos políticos son los bacanos para postular candidatos en todos los niveles. Pero claro, aquí viene la discusión: ¿Es esto una interpretación estricta o una forma de blindar el monopolio de los partidos de siempre?
Históricamente, la Ley 20-23 sobre Régimen Electoral fue vista como un paso adelante para modernizar nuestro sistema, abriendo espacios a la participación ciudadana más allá de las estructuras partidarias. La inclusión de las candidaturas independientes, aunque con sus desafíos, era un intento de darle aire fresco a la democracia dominicana. Permitía que ciudadanos con liderazgo genuino y sin el respaldo de las maquinarias partidistas pudieran postularse, ofreciendo alternativas a un electorado que, muchas veces, se siente desconectado de los partidos tradicionales.
Sin embargo, los defensores de la eliminación sostienen que las candidaturas independientes a veces se prestan para el tigueraje, o que no tienen la estructura necesaria para competir de verdad, resultando en un viaje de candidatos sin propuesta ni base. Argumentan que los partidos son fundamentales para la estabilidad democrática y que permitir candidaturas fuera de su control debilita el sistema. Es un dilema viejo como el merengue: ¿Fortalecemos los partidos o abrimos más la participación ciudadana? Y en nuestro patio, esa pregunta siempre genera un debate que no está de lo más bien.
Ahora, la pieza, después de ese apoyo masivo en la Cámara Baja – 105 diputados, ¡casi un coro completo! –, pasará por una comisión especial antes de su segunda lectura. Ya el Senado le había dado el visto bueno, así que si los diputados confirman la vaina el próximo martes, las candidaturas independientes serían historia. Esto podría cambiar el panorama de las futuras elecciones de una forma jevi, porque significa que si un ciudadano común quiere llegar al Congreso o a la Presidencia, tendrá que unirse a un partido político, le guste o no. Es la realidad que nos espera, mi gente.
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