Las imponentes tumbas faraónicas ya advertían (al menos, según la leyenda) de que ningún curioso debía molestar el descanso de quien se hallaba en ellas. A la hora de la verdad, por supuesto, el miedo a las maldiciones era inferior a la codicia humana y los ladrones de tumbas las saqueaban por completo. Porque el robo de cadáveres, aunque siga pareciéndonos un sacrilegio por atentar contra el merecido descanso eterno, también ha sido algo mucho más común de lo que podamos imaginar.

Nos aterra quizá porque, al fin y al cabo, todos acabaremos tarde o temprano en el mismo lugar y queremos que se nos respete. Aunque si bien robar las pertenencias a un cadáver no es el acto más noble del mundo, parece una nimiedad comparada con el acto de robar el cuerpo en sí. Y, sin embargo, por una necesidad comprensible, este fue algo bastante común en la Inglaterra victoriana y en Estados Unidos durante buena parte del siglo XVIII.

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En 1832 en Inglaterra se aprobó la Ley de Anatomía que permitía a médicos y estudiantes diseccionar cuerpos donados

La época victoriana es, a nuestros ojos contemporáneos, sin duda un momento de la historia lúgubre, propiciado por las películas y libros que intentan ser testigos fieles de la misma. La muerte parece envolverlo todo: con razón durante ese tiempo la gente comenzó a temer el ser enterrada viva, con catalepsia, y los fabricantes de ataúdes patentaron curiosos métodos para solventar el problema con campanitas. Y, en un momento de pánico generalizado como aquel digno de una novela de Edgar Allan Poe, comenzaron a robarse cadáveres para el estudio medicinal.

Si nos remontamos un poco en el tiempo, Leonardo da Vinci ya tenía que enfrentarse al dogma religioso para poder robar y diseccionar cadáveres que le ayudaban no solo en su arte, sino a conocer la anatomía humana con el fin de comprenderla mejor. No estaba muy alejado aquello de la necesidad de los estudiantes de medicina del siglo XVIII, que sufrían grandes complicaciones para poder asistir a una lección de anatomía. Antes de 1832, en Inglaterra, solo se podía practicar con cadáveres de reos a los que los jueces hubieran condenado previamente a su ‘disección’. En aquel año se aprobó la Ley de Anatomía que permitía a médicos y estudiantes diseccionar cuerpos donados con fines tanto educativos como de investigación, pero incluso de esta manera era complicado encontrar cadáveres suficientes. Fue así como comenzó un negocio bastante rentable: el de los resurreccionistas.

En aquellos tiempos, profanar una tumba estaba considerado un delito menor y se castigaba con una multa o encarcelamiento

En Estados Unidos la situación fue muy similar. Muchos estudiantes y profesores de medicina comenzaron a ganar un sobresueldo robando cadáveres, o bien hacían la vista gorda cuando un tercero les traía un muerto que podía servirles para su lección de anatomía. En aquellos tiempos, profanar una tumba estaba considerado un delito menor y se castigaba con una multa o encarcelamiento (a pesar de que la disección o el robo de pertenencias de las tumbas sí era ilegal), por lo que los profanadores actuaban siempre del mismo modo: robaban el cuerpo y dejaban todo lo demás.

A reos, esclavos o pobres les esperaba un cruel destino post-mortem, aunque con el paso del tiempo incluso los ricos comenzaron a temer. La práctica se volvió tan frecuente que muchos fallecidos ricos empezaron a ser enterrados en ataúdes de acero o hierro, y sus familiares vigilaban sus tumbas después de los entierros para evitar que esta fuese profanada. Incluso hoy en día, en cementerios como el de Greyfriars en Edimburgo, se conservan tumbas protegidas con barras de hierro denominadas mortsafes.

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'Lección de anatomía' de Rembrandt.

‘Lección de anatomía’ de Rembrandt.

Los ladrones de tumbas se especializaron en dos métodos para excavarlas. Por un lado, podían cavar un túnel en la ‘cabeza’ del ataúd y abrir la parte superior, de manera que metían una cuerda o un gancho para sacar el cuerpo. Después, devolvían ropa, joyas u otras pertenencias personales al ataúd de nuevo por el túnel y trataban de arreglarlo todo para que pareciese que no había sido perturbado. Por otro lado, se hacía un agujero a cinco o seis metros de la tumba, y se cavaba un túnel para poder llegar hasta él, se arrancaba así el extremo del ataúd y se sacaba el cadáver a través del túnel.

Podían cavar un túnel en la ‘cabeza’ del ataúd y abrir la parte superior, de manera que metían una cuerda o un gancho para sacar el cuerpo

La fúnebre moda trajo consigo algunas historias dignas de novela gótica. En 1828, dos inmigrantes irlandeses fueron detenidos y condenados por asesinar a un total de 16 personas. Durante el juicio, ambos declararon que habían llevado a cabo los homicidios para ayudar al doctor Robert Knox, famoso médico de la época que diseccionaba cadáveres durante su clase de anatomía. El escándalo que rodeó el caso fue el que provocó la promulgación de la ley de 1832, antes descrita.

¿Crueldad sin compasión o un avance para la ciencia? Sin duda, si personas como Andrés Vesalio ya en el siglo XVI no se hubieran atrevido a diseccionar cadáveres (en su estancia en París se acostumbró a robar en los cementerios con sus compañeros), no tendríamos obras como ‘De humani corporis fabrica‘ (‘Sobre la estructura del cuerpo humano’), uno de los libros más influyentes sobre anatomía humana de todos los tiempos.

Si personas como Andrés Vesalio no se hubieran atrevido a diseccionar cadáveres, no tendríamos libros de anatomía

La pasión por aprender a sanar sin duda quedó por delante de la profanación a unos pocos. La ayuda inestimable al mundo entero fue la motivación para robar a aquellos que descansaban eternamente, que se prestaron, sin saberlo, a ayudar con su cuerpo a la evolución de la medicina y la práctica forense. Había que hacer, al fin y al cabo, de tripas corazón. Diseccionando si era necesario ambos órganos, como no podía ser de otra manera.

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Las imponentes tumbas faraónicas ya advertían (al menos, según la leyenda) de que ningún curioso debía molestar el descanso de quien se hallaba en ellas. A la hora de la verdad, por supuesto, el miedo a las maldiciones era inferior a la codicia humana y los ladrones de tumbas las saqueaban por completo. Porque el robo de cadáveres, aunque siga pareciéndonos un sacrilegio por atentar contra el merecido descanso eterno, también ha sido algo mucho más común de lo que podamos imaginar.

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