¡Atención, mi gente! La situación de los suicidios en RD está poniéndose fea y eso es una vaina que tenemos que coger con la seriedad del caso. Recientemente, Margarita Feliciano, de la Fuerza del Pueblo, ha soltado la voz de alarma, expresando una preocupación de verdad sobre el aumento de estos casos en el país. Y es que, klk, esto no es un chiste; es un llamado clarísimo para que el Estado dominicano le ponga un ojo, y bien gordo, a la salud mental en su agenda pública, ¡y de una vez!
Es de dominio público que aquí en el patio, el tema de la salud mental siempre ha sido un tabú, como una de esas vainas de las que no se habla en la mesa. La gente prefiere hacerse la de la vista gorda o decir “eso es cuestión de Dios” o “esa persona está embrujada”. Pero, la verdad verdadera es que la mente, igual que el cuerpo, se enferma. Y cuando vemos que cada día más gente, por diferentes motivos, está optando por quitarse la vida, es que el tigueraje tiene que parar y reflexionar: ¿qué está pasando y cómo lo vamos a arreglar?
Margarita Feliciano, con buen pie, subraya que este incremento alarmante es una señal de que los gobiernos tienen que meterle el pecho a la prevención. Hablamos de detectar a tiempo, de dar acompañamiento psicológico, y de que todo esto se traduzca en políticas públicas integrales. No es solo cuestión de esperar que la crisis explote para salir corriendo. Es de trabajar desde la raíz, porque está de lo más bien claro que hay un viaje de factores que están poniendo a la gente contra la pared.
¿Y cuáles son esos factores, dirán ustedes? Pues miren, la vida aquí no es un relajo. La presión económica es una vaina que mata: la gente no encuentra trabajo, los precios están por las nubes, las deudas agobian. A eso súmale los problemas familiares, la violencia intrafamiliar que lamentablemente es pan de cada día en muchos hogares, el estrés del día a día, la falta de apoyo social, y hasta el bombardeo constante de las redes sociales con vidas “perfectas” que te hacen sentir que la tuya no vale nada. Todo eso va cargando la pila de estrés de la gente, y muchos no encuentran salida.
El estigma asociado a buscar ayuda profesional es otro gran coco. “Ir al psicólogo es de gente loca”, “los psiquiatras solo dan pastillas y te vuelven dependiente”. Esos son cuentos viejos que siguen circulando y que impiden que quienes necesitan ayuda de verdad se atrevan a pedirla. ¿Cómo vamos a romper ese ciclo si no educamos a la gente desde chiquita sobre la importancia de cuidar su mente igual que cuida su cuerpo? Es un cambio cultural lo que necesitamos, no un parche.
Feliciano, en sus declaraciones en “El Nuevo Diario de la Noche”, fue clara al abogar por la implementación de iniciativas que involucren a todo el mundo: psiquiatras, psicólogos, orientadores. No es solo un grupito. Es un trabajo en equipo para fortalecer los mecanismos de apoyo a esas personas que se sienten vulnerables, que creen que no tienen a nadie. Hay que crear redes, hay que hacer un coro bacano donde la gente se sienta segura para hablar de sus emociones sin miedo a ser juzgada.
Una de las propuestas más interesantes que puso sobre la mesa fue la creación de un Ministerio de la Familia. ¡Qué chulo sería eso! Según ella, desde ahí se podrían articular un viaje de programas de apoyo y asistencia para los hogares que están pasando por crisis emocionales o situaciones de riesgo. Y tiene sentido, porque aquí, la familia, con sus altas y sus bajas, es el corazón de la sociedad. Si la familia se tambalea, todo se tambalea. Un ministerio así podría ser clave para darle una estructura más sólida a la respuesta social y gubernamental.
Piensen en esto: en la familia conviven los niños, las mujeres, los hombres, los abuelos. Es un microcosmos de nuestra sociedad. Fortalecerla institucionalmente no es solo un capricho; es una necesidad urgente para ofrecer respuestas efectivas y bien estructuradas a las vainas sociales que están ligadas a la salud mental. No se trata solo de medicar, sino de educar, orientar y acompañar de manera continua a las familias dominicanas, para que aprendan a manejar el estrés, a comunicarse mejor y a apoyarse mutuamente.
La verdad es que abordar esta realidad tan dura exige un enfoque que sea multisectorial y, sobre todo, preventivo. No podemos seguir esperando que el problema nos explote en la cara. Hay que invertir en educación emocional desde la escuela, en campañas de concientización que rompan con el estigma, en líneas de ayuda accesibles para todo el mundo, en profesionales de la salud mental bien remunerados y disponibles en cada rincón del país. Es hora de entender que la salud mental no es un lujo, ¡es un derecho fundamental!
Así que, mi gente, la preocupación de Margarita Feliciano no es un discurso más. Es un espejo que nos pone de frente a una realidad que no podemos seguir ignorando. Está en nuestras manos, como sociedad y como individuos, presionar para que esta vaina se coja en serio. Apoyar a quien lo necesita, hablar sin miedo y exigir a nuestras autoridades que pongan la salud mental en el centro de sus prioridades. ¡No podemos darnos el lujo de perder más gente por no prestar atención a lo que les pasa por la cabeza y el corazón!
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