Un chivo venezolano sazonado a la criolla

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EL AUTOR es sociólogo y comunicador. Reside en Santo Domingo.

Con el maestro Antonio Morel hablé largo en su hogar a finales de los 80 durante la investigación documental, testimonial, fonográfica e iconográfica que resultó en la obra Antología del Merengue. Publicada por quien escribe en 1988 en coautoría con Manuel García Arévalo, bajo patrocinio del Banco Antillano que presidía el querido y visionario amigo Polibito Díaz. Este libro fue un aporte seminal de esa entidad bancaria al estudio de la cultura dominicana, parte de una trilogía de obras que incluyó Carnaval en Santo Domingo (con fotografías de Wifredo García y Mariano Hernández) y Artesanía Dominicana (con fotos de Leonel Castillo), todas del mismo tándem autoral. Diseñadas en primoroso arte gráfico por la mutual Ninón y Lourdes Saleme.

Entonces me contó Morel, cuando indagué sobre su origen, que Mataron al Chivo era un tema ya existente, previo al ajusticiamiento del tirano la noche del 30 de Mayo del 61, adaptado a las circunstancias celebrantes de ese beneficioso hecho histórico. Lo que hoy llamamos un fusilamiento. En este caso, agrego yo, de un chivo venezolano, sazonado a tiros en la avenida por un puñado de cojonudos dominicanos. Ya que el original, un merengue venezolano titulado El Chivo, era del compositor Balbino García y decía: «Ay que chivo tan sabroso/ el que se comió Isabel/ Déjenmelo ver/ Déjenmelo ver/ Déjenmelo ver.» El buen amigo melómano Gonzalo Mejía -hijo y nieto de exiliados en Caracas, Luis Felipe y Luis Aquiles Mejía, factor clave en el ensamblaje de la expedición de junio del 59- me facilitó hace un par de años su compilación del tema de García.

Yo, desde que los pies se me volvieron merengue y estrené calzado Oxford de dos tonos, mi traje de hombrecito y corbata de lacito, vestido con el ángel de buen gusto de Fefita -una esmerada costurera y bordadora de academia fuera de serie- fui un fanático de Antonio Morel. Como tantos jóvenes que lo disfrutamos y admiramos con su estilo enérgico de conducción orquestal, brillando suela en la pista del Club de la Juventud, en el Patio Español del Jaragua, en el Centro Sirio Libanés, la Casa España o el Golfito. Ni hablar del fabuloso Agua y Luz Angelita con esas hembras de cuerpos esculturales, plumas de ganso y tetas bondadosas al aire. Cuánta golosina visual en una sola velada. Pero el maestro Morel, un músico popular y sinfónico radicado en el barrio de San Miguel que llevó el merengue por el mundo con el patrocinio de Dominicana de Aviación y dirigió la orquesta bailable más demandada, se quejaba porque no se le había reconocido su mérito. Antes de fallecer, junto a mi primo Cuqui Defilló -quien cantó mozalbete en su orquesta-, le visité dos veces. La última, ya lo velaban en La Altagracia.

En esos días de frenesí libertario tras el ajusticiamiento, Negrito Macabí le puso sabor a ese chivo muerto en la cocina musical de Morel. Para adobar el chivo venezolano de Balbino García, los cocineros criollos le añadieron condimentos apropiados para la ocasión. Tras reiterar que «mataron al chivo en la carretera», enfatizando el «déjenmelo ver» (el cadáver, que se reputaba condición colocada por Pupo Román para dar paso al plan B de la toma del poder), la lírica proclamaba: «El pueblo celebra/ con mucho entusiasmo/ la fiesta del chivo/ el 30 de mayo/ Vamos a reír/ Vamos a bailar/Vamos a gozar/ El 30 de mayo Día de la Libertad». Un coro responsorial, en alusión burlesca a la afligida viuda María Martínez, le ponía picante mexicano: «Ay María, Ay María, Ay María/ Canta y no llores/ Porque cantando se alegran Cielito lindo los corazones».

Entonces entraba la Marcha Fúnebre de Chopin ejecutada en las procesiones por las bandas militares durante la Era. Remedo del músico sinfónico que era Morel. Para volver a la carga y rematar con un perdigonazo al espigón sentimental de la Excelsa Matrona: «Matán a Chapita en la carretera/ Matán a Chapita en la carretera/ la mamá gritaba/ la mamá gritaba de esta manera/ Matán a Chapita y no me lo dejaron ver». Una referencia no exenta de crueldad a una madre que engendró de todo: desde un monstruo como su adorado vástago hasta una noble y respetable dama como doña Julieta.

Sobre este chivo venezolano requetecocido a la criolla hasta una disputa se armó. En el 2000 Bernard Diederich anunció en Miami una demanda a Vargas Llosa por supuesto plagio a partes de su libro de 1978 sobre la muerte del dictador (Trujillo: The death of the goat). Afirmó que el Nobel peruano transcribió en su novela La Fiesta del Chivo (2000) parte de la letra de la canción Mataron al Chivo, que Diederich había registrado a su nombre en el país.

En el LP Criollísima del músico venezolano Aldemaro Romero, grabado en 1956 en Ciudad de México en los estudios de RCA Victor, figura la pieza El Chivo (Balbino García/ Merengue venezolano). Acompañada por una selección de composiciones venezolanas emblemáticas (joropos, valses, pasajes, merengues) como el Concierto en la Llanura de Juan Vicente Torrealba y Quitapesares de Carlos Bonet, al estilo modernísimo de Aldemaro. Un mago musical que se movía como pez en agua entre lo popular, lo sinfónico y el jazz. Producido por Discos Musart y distribuido por la Victor, en Caracas fue prensado con otra carátula por Grabadora Venezolana de Discos. Ambas ediciones con imagen de la bella venezolana Susana Dujim, Miss Mundo 1955.

Alberto Naranjo, un virtuoso percusionista, arreglista y director caraqueño, incluye el tema de García en el álbum Imagen Latina de 1992, con una súper banda de maestros estructurada bajo el proyecto Trabuco Venezolano, con solo magistral de Federico Brito. Gerardo Rosales, en su álbum de 1996 Venezuela sonora, también lo incorpora identificado como Chivo Venezolano, ya que tiene compañía en su corral sonoro: Chivo Cubano de Adalberto Alvarez.

En El Bar Filarmónico, guarida musical de Valencia, calzado por Aldemaro Romero, al hacer un recorrido por los aportes de su Valencia natal, se consig-na: «En este punto de la historia nos topamos con la figura jocunda de Balbino García, emérito autor del merengue El Chivo y del valse Las Brumas del Mar, emblemáticas piezas de nuestro más querido repertorio de los matatigres; el mismo Balbino García que era habitué del bar La Banda Negra, watering hole de los cañoneros valencianos del siglo pasado, que se extinguió para darle paso al celebérrimo Bar Filarmónico, guarimba por excelencia de los protagonistas más conspicuos del costumbrismo musical urbano de la Valencia del siglo 20.»

El Chivo cubano de la Sonora Matancera lo canta Yayo El Indio y su autor es el trompetista Vinicio González («Tengo un chivo/ yo tengo y mantengo un chivo/ A mi mujer no le gusta el chivo/pero a mí el chivito me arrebata»). Este cabrito tiene historia boricua con Cortijo y su Combo e Ismael Rivera. Desde los Nuevayores Johnny Pacheco y su Charanga le dieron su sazón pachanguero con estupendo solo de flauta. La Isla del Encanto prohijó El chivo de la campana, que amarró Cortijo y soltó el gran Maelo («Suelten al chivo de la campana»). Bobby Capó, tan elegante y acertado como autor y cantante, grabó en 1955 Que te coma un chivo, junto a exitazos como Me lo dijo Adela, Luna de Miel en Puerto Rico, Lo quiera Lola.

La colombiana Esther Forero (autora de Volvió Juanita), tiene con el maestro cubano René Touzet la tamborera Matando los Chivos -no se conformó con uno- del prolífico dominicano Luis Kalaff. Que igual interpreta la panameña Sylvia de Grasse -compañera de vida y arte de Negrito Chapuseaux. Los Melódicos dispararon su cumbión La danza de la chiva. Porfi Jiménez, saxofonista y director de orquesta dominicano radicado en Venezuela, pegó su Chivo Florete. Y nuestro Joseito Mateo anotó un hit con La chiva blanca de don José (que donde estaba/ que yo no sé). Bonny Cepeda hizo lo propio con Me tiene chivo. El maestro Enriquillo Sánchez se inspiró en El pataleo del chivo. Let’s Dance the Merengue, LP de 1957 de la orquesta newyorkina de Petitón Guzmán, trae El Chivo. Toda una propensión caprina, tan antigua como el sacrificio en aras de los dioses de este animalito sabio y generoso, recorre el pentagrama.

Los dominicanos siempre están «chivos». Rasgo paranoico del perfil psicológico del criollo según Toñito Zaglul, herencia viva de la dictadura, plagada de «chivatos». De la de Trujillo, la de Lilís con su maquiavélico Código Telegráfico, del autoritarismo entorchado de los 12 años del ilustrado Dr. -¡Ay mamá! Pobre Grullón Cordero y su lengua machacada por hacer chistes en el Embassy- y de todos los Trujillitos que han proliferado en medio siglo de democracia saramagullona. Aquí como en Cuba «metemos chivo» en los exámenes y nos «enchivamos» en el lodo. En Nicaragua el chivo es un chulo, cafiche explotador de las minas como se dice en el Cono Sur. En Venezuela al revés, un caballero distinguido. El chileno «se cabrea» (aburrirse, molestarse) y llama a los niños y jóvenes «cabros». El poeta Manuel del Cabral define así la tambora: «Trópico, mira tu chivo,/después de muerto, cantando».

Con Poncio Pou y Antonio Imbert -dos héroes nacionales a los que me ligué desde mozalbete en señal de admiración- compartí amables almuerzos, muchas veces junto a Delio Gómez Ochoa. Ya en el hogar que el primero levantó con su adorada doña Chepi, en la casa hospitalaria de su hija Francis y Manolito, o en el grato Mesón de Bari, siempre el chivo guisado presente. También el liniero asado al caldero. Degustábamos estas carnes con esos cojonudos comensales. Con doña Chana -comadre doble de mi tío Amable del Castillo- el encuentro era en el Country, cada 30 de mayo, después del acto en el monumento. Este año, ya Poncio fallecido, Antonio y Delio no pudieron asistir al monumento. Tampoco Chana, ida recién a donde moran los buenos. Una paloma blanca, hermosa y robusta, emprendía vuelo y retornaba, mientras sus hijos, nietos y biznietos participaban del homenaje que le rendía la Patria agradecida.

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