Hasta hace bien poco, las guerras marítimas se disputaban con barcos, submarinos y misiles. Ahora, Ucrania ha querido darle un giro al campo de batalla con el arma más mortífera que hay actualmente: los drones marinos.
A finales de septiembre, el país presentó los Toloka, unos drones submarinos diseñados para vigilar y atacar bajo el agua. Pero lo que de verdad ha cambiado la guerra naval son los Sea Baby, la versión más avanzada y letal.
Pueden recorrer más de 1.500 kilómetros, transportar hasta dos toneladas de carga y llevar armamento pesado, como lanzacohetes o ametralladoras controladas en remoto. Si el enemigo las detecta, se autodestruyen para evitar ser capturadas. Todo está supervisado desde tierra, con ayuda de inteligencia artificial para evitar errores y asegurar que los drones lleguen hasta su objetivo.
Los ingenieros ucranianos lo dicen claro: “Ya no se trata de fabricar barcos, sino de fabricar código”. Y los resultados hablan por sí solos. Según el Servicio de Seguridad de Ucrania, los Sea Baby han participado en más de diez ataques importantes, incluyendo daños al puente de Crimea y a varios buques rusos. Sin ir más lejos, Moscú se ha visto obligada a retirar parte de su flota de Sebastopol y moverla hacia Novorossíisk, mucho más al este.

Imagen generada con IA
Dominar el mar ya no depende de tener grandes barcos y Ucrania lo demuestra
Por primera vez, un país sin gran flota puede controlar las aguas. Los expertos hablan de “la guerra del bajo coste”: hacer mucho daño gastando muy poco. Cada dron cuesta una fracción de lo que vale un destructor ruso, pero puede hundirlo si acierta.
Esto es algo que este país lleva poniendo en práctica bastantes meses. Hace un tiempo se pudo conocer la historia de Yurii, un joven ucraniano de apenas 18 años, que ha demostrado que no hace falta escalar hacia drones más potentes y misiles más caros.
Este mismo ha inventado municiones antidrones muy baratas que pueden fabricarse en masa y que ya han demostrado ser letales en combate. Su primer prototipo fue una munición que se adapta a lanzagranadas y luego a escopetas. Equipadas con redes y metralla que se fragmentan al ser disparadas, estas balas antidrones aumentan las probabilidades de derribar UAV incluso si estos se están moviendo.

“En el campo de batalla, el 75% de las lesiones provienen de los drones (…) los drones podrían ser la mayor amenaza para las personas en los próximos años”, comenta Yurii.
“Los Patriot o los IRIS están bien, pero hay pocos (…) necesitamos munición barata que se pueda producir en masa para que todas las unidades tengan protección”, añade el joven. Ya se ha probado y los ensayos, incluidos en combates en la región de Kursk, ya han demostrado que funciona, derribando varios drones enemigos.
Como ves, aquí ya no importa tener los aviones más letales ni una armada marina enorme, sino la capacidad de atacar una y otra vez, sin arruinarse. Eso explica por qué Rusia ahora dedica más recursos a defenderse que a atacar. Los drones navales ucranianos la obligan a invertir en barreras flotantes, sistemas de vigilancia y contramedidas electrónicas.
Un sistema que podría convertirse en negocio
Kiev asegura producir alrededor de 4.000 drones, de los cuales solo necesita la mitad. El resto podría exportarse a países aliados, lo que convertiría al país en un exportador absoluto de toda esta tecnología.
Por supuesto, esto no sería posible sin la ayuda externa. Ucrania cuenta con el apoyo tecnológico de Estados Unidos y Reino Unido, que aportan todo su conocimiento en inteligencia artificial, sensores y comunicaciones.
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