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¡Qué Vaina Bacana! Descubren un Sentido Oculto en el Tacto Humano

¡Klk, mi gente! Siempre estamos jartos de hablar de los cinco sentidos clásicos, ¿verdad? Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero, ¿y si te digo que la ciencia nos acaba de soltar una vaina que nos va a dejar con la boca abierta, como si tuviéramos un sentido oculto que no conocíamos? Pues sí, asegún un estudio recién salido del horno, los seres humanos podríamos ser capaces de detectar objetos sin siquiera tocarlos, una capacidad que antes pensábamos que era más de tigueres con poderes especiales o quizás de animales con sensores sofisticados. Esto es un palo que está cambiando la forma en que entendemos nuestro propio cuerpo y cómo interactuamos con el mundo.

El tacto, ese sentido que nos permite sentir la presión, la temperatura y la textura, siempre lo hemos asociado con el contacto directo, piel con superficie. Es como cuando metes la mano en una funda de arroz o tocas la mesa para saber si está mojada. Pero, ¿quién no ha sentido a veces esa corazonada, esa ‘cosa’ que te avisa que hay algo ahí antes de que lo topes? Imagínate que vas caminando a la buena de Dios por una playa y, antes de que tu pie choque con esa roca enterrada, sientes como una resistencia extraña. Antes, eso era un misterio, una intuición, pero ahora parece que tiene una explicación científica de lo más jevi.

Un estudio presentado en la IEEE International Conference on Development and Learning, con científicos de la Queen Mary University de Londres y el University College de Londres, nos viene a decir que esta percepción no es cuento. Los humanos podemos detectar objetos soterrados sin tocarlos directamente, gracias a una sensibilidad táctil que trabaja a muy corta distancia. No es que tengamos un nuevo sentido como tal, no te emociones, no es que vas a empezar a mover cosas con la mente de una vez. Más bien, es una expansión brutal de los límites de nuestro tacto, documentada por primera vez de manera tan precisa.

Piensen en un lío clásico: buscar algo debajo de la arena. Eso es un dolor de cabeza tanto para nosotros como para las máquinas. La arena no es ni un sólido ni un líquido normal, es un viaje de partículas que transmiten fuerzas de una forma irregular, un verdadero desafío. En un ambiente así, la vista no te sirve de mucho, y el tacto se convierte en tu mejor pana. Los investigadores dicen que se sabía muy poco de hasta qué distancia el tacto humano podía ‘adivinar’ cosas en estos entornos.

El objetivo principal del estudio era precisamente eso: evaluar qué tan sensible es la yema del dedo a las señales táctiles que vienen de objetos enterrados. Y la importancia de esto no es solo por curiosidad científica, ¡para nada! Es clave para vainas como la arqueología (imagínate encontrar ruinas sin romper nada), rescates después de desastres naturales (buscar sobrevivientes en escombros sin excavar a ciegas) o incluso en la exploración espacial, donde excavar a lo loco podría dañar cosas valiosas. Entender cómo lo hacemos nosotros puede ayudar a que los robots se pongan más bacanos en el futuro.

Para llegar a esta conclusión, los científicos se basaron en estudios previos de animales. Por ejemplo, hay aves zancudas, como los correlimos, que encuentran sus presas escondidas bajo la arena sin verlas ni tocarlas directamente. ¿Cómo lo logran? Detectando unas micro-perturbaciones mecánicas en los granos de arena cuando hay algo sólido cerca. ¡Una chercha, de verdad!

La hipótesis central era que los humanos, aunque no tengamos un pico como esas aves, podríamos compartir, en parte, ese mismo principio físico. No por tener estructuras especializadas, sino porque nuestra mano es mucho más sensible de lo que creíamos a los cambios de resistencia y movimiento de la arena. El estudio buscó ‘cuantificar el rango y la sensibilidad de la percepción táctil humana en la detección de objetos enterrados’. Esta vaina es ciencia pura, nada de esoterismo ni de magia negra, mi gente. Se basa en las leyes físicas de cómo se transmiten las fuerzas en los materiales granulares y si nuestro sistema nervioso es capaz de cachar esas señales débiles.

Para probarlo, montaron un experimento bien chulo. Doce voluntarios metieron el dedo índice en una caja llena de arena seca y lo movían despacito, guiados por unas luces LED. A veces había un cubo escondido y otras no. La instrucción era clara: detente cuando sientas que hay algo, ¡antes de tocarlo! Se eliminaron las pistas visuales y se controló la velocidad del movimiento para que las señales mecánicas fueran comparables entre todos. ¿El resultado? La gente era capaz de adivinar la presencia del cubo con una precisión que da gusto. A una distancia de 6.9 cm, la precisión fue del 70.7%. ¡Está de lo más bien eso!

Este dato es súper importante porque se acerca al límite teórico que los modelos físicos predecían sobre la interacción entre el dedo y la arena. O sea, que nuestro tacto opera casi al máximo que las leyes de la física permiten, algo que no se ve todos los días en estudios sensoriales. Lo que pasa realmente es que al mover el dedo por la arena, se genera una zona de desplazamiento delante de él. Si hay un objeto enterrado en esa zona, la arena reacciona diferente, cambiando un poco la resistencia y la dirección de las fuerzas que llegan a nuestra piel. Nuestro cerebro interpreta esos patrones de presión, aunque sean súper sutiles, como una señal anticipatoria de que hay algo ahí.

Y la cosa no se quedó solo con humanos. Los investigadores construyeron un robot con un brazo y un sensor táctil que imitaba un dedo humano. El robot utilizaba inteligencia artificial para interpretar las señales. ¿Adivinen qué? El robot también podía detectar objetos a distancias parecidas, incluso un poco más lejos, pero cometía muchos más errores. Mientras los humanos tuvieron un 70.7% de precisión, el robot se quedó en un 40%, dando un viaje de falsos positivos, como si viera fantasmas donde no había nada. Esto demuestra que la sensibilidad no lo es todo; el cerebro humano es un duro distinguiendo el grano de la paja, entre una señal real y el ruido de fondo.

Así que, ¿es un nuevo sentido o no? Los científicos son cautelosos. No es que estemos añadiendo un séptimo sentido a la lista, sino que estamos ampliando lo que ya sabíamos del tacto. Es ‘evidencia cuantitativa de una habilidad táctil no documentada previamente en humanos’, según ellos mismos. La ciencia ya reconoce un montón de ‘sentidos’ más allá de los cinco tradicionales, como la propiocepción (saber dónde está tu cuerpo en el espacio) o la termocepción (sentir la temperatura). Este hallazgo no crea uno nuevo, sino que nos enseña que el tacto es más activo y ‘vivo’ de lo que pensábamos, capaz de anticiparse al contacto directo.

Las aplicaciones prácticas de esta vaina son bien sugerentes. En robótica, estos datos son oro para diseñar sensores táctiles más avanzados, sobre todo en ambientes donde la vista no sirve para un concho, como en arena, barro o escombros. Pero, como vimos con el robot, replicar la eficacia humana es un lío. También se habla de herramientas asistivas para personas con discapacidad visual, lo cual sería un golazo. Pero, ojo, que estas aplicaciones son todavía hipotéticas. El estudio se hizo en un ambiente muy controlado, con movimientos lentos y repetitivos, así que hay que cogerlo con calma y hacer más pruebas en situaciones reales.

De cualquier forma, este trabajo es un antes y un después. Nos obliga a repensar esa idea tan pegada de que el tacto solo empieza cuando hay contacto directo. Ahora sabemos que, en ciertos materiales, nuestro sistema táctil puede anticipar el contacto con varios centímetros de antelación. No es un nuevo sentido, pero sí una ampliación importante de lo que creíamos posible. ¡A seguir descubriendo las maravillas de nuestro cuerpo, mi gente!

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