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El Baquiní: La tradición bacana de despedir angelitos

En nuestra querida República Dominicana, una tierra rica en cultura, sincretismo y un viaje de tradiciones que nos marcan la identidad, existe un ritual que conjuga lo más profundo de la tristeza con la esperanza y la alegría más desbordante. Hablamos del Baquiní, una ceremonia mágico-religiosa que, aunque quizás no sea conocida por todo el mundo del patio, es un pilar fundamental en la forma en que muchas de nuestras comunidades, especialmente las rurales, despiden a sus infantes que parten prematuramente. Es una vaina que, de solo escucharla, te hace pensar, ¿cómo es que la gente logra semejante equilibrio emocional?

Este velatorio tan particular, dedicado a los niños menores de siete años que fallecen, se conoce también como el \”Velorio de Angelito\”. La creencia central es que, al ser criaturas inocentes y libres de pecado, estos pequeños no mueren, sino que se transforman en \”angelitos\” que ascienden directamente al cielo para interceder por sus familiares y amigos en la tierra. Por eso, en vez de llorar a moco tendido, lo que se busca es \”festejar la llegada de un ángel al cielo\”, convirtiendo el dolor en una manifestación de fe y gozo. Es una tradición bien chula que nos recuerda la resiliencia de nuestra gente frente a la adversidad.

El ambiente del Baquiní dista mucho de ser un velatorio convencional. Aquí no hay lamentos ni llantos inconsolables, o por lo menos no a la vista de los demás. La costumbre dicta que las lágrimas dificultan el vuelo del angelito al paraíso, por lo que los participantes deben exhibir alegría y sonrisas, con la convicción de que el alma del infante está pura y sin manchas. Es una forma de transformar el dolor más agudo en una celebración de la vida eterna, una demostración de que la fe puede mover montañas de tristeza.

Asegún cuentan los mayores y los que han participado en estas ceremonias, es rutina preparar al pequeño en una caja humilde, a veces de cartón o incluso de madera sencilla, cubierta con una vestimenta blanca, símbolo de pureza. Si es una niña, no falta una corona de cayenas, esas flores rojas tan comunes en nuestros patios, y el pequeño sarcófago se rellena con un sinfín de flores, convirtiéndolo en un lecho floral. La decoración del espacio es multicolor, con adornos de papel que le dan un toque festivo, como si de una fiesta de cumpleaños se tratara, pero con un matiz diferente.

Lo que más llama la atención a un forastero es la atmósfera que se genera. Los asistentes llegan cargados de flores, velas, y no faltan las bebidas espirituosas que animan el espíritu. Pero lo más jevi es la música. Al ritmo de los atabales, esos tambores africanos que son la base de gran parte de nuestra música folclórica, la gente baila y canta hasta el amanecer, a veces por varios días. Se forma un coro y una chercha que, aunque parezca contradictorio, es la manera de honrar al angelito. Es un recordatorio de que, incluso en los momentos más duros, nuestra cultura nos invita a la vida, al movimiento y a la expresión a través del ritmo.

Pero no todo es alegría y baile. En medio de toda esta fiesta de fe, hay un momento que se clava en el alma: la \”Mediatuna\”. Esta es una canción, entonada en coro, que representa la descarga emocional de la madre y los familiares. Es el instante donde el dolor que ha sido contenido se libera a través de una melodía desgarradora. Aquí, la madre vocaliza toda su pena, el lamento por la partida de su prole, un grito del alma que resuena en la comunidad. Es la paradoja perfecta del Baquiní: la tristeza y la desesperación se conjugan con la esperanza, demostrando la complejidad de las emociones humanas y la profundidad de esta tradición.

El origen del Baquiní ha sido objeto de debate entre historiadores y sociólogos. Algunos estudiosos aseguran que esta tradición tiene sus raíces en el África occidental, específicamente en la costa de Nigeria, y que llegó a nuestro continente a través de los esclavos africanos. Otros, sin embargo, como Basora Díaz y Morillo Mateo, apoyándose en investigaciones de Pilar García Latorre y Maximiano Trapero, sugieren una conexión con la presencia árabe en España y su posterior dispersión por América de la mano de los colonizadores. La verdad es que, independiente de dónde haya surgido inicialmente, esta práctica encontró un terreno fértil en nuestras tierras caribeñas, donde ya existían creencias similares y un profundo sincretismo cultural que permitió su adaptación y desarrollo.

Este bateo entre teorías sobre el origen nos subraya algo importante: el Caribe, y la República Dominicana en particular, es un crisol de culturas. Las tradiciones africanas se mezclaron con las europeas y las indígenas, creando expresiones únicas que son puro ADN de nuestra identidad. El Baquiní es un ejemplo clarísimo de cómo las creencias de distintas partes del mundo se encontraron aquí y dieron vida a algo nuevo, a una vaina que es netamente nuestra.

A pesar del paso del tiempo y de los vientos de la modernidad que soplan cada vez más fuerte, el Baquiní sigue siendo una manifestación viva de la religiosidad popular y la identidad de nuestros pueblos. Es un testimonio de cómo las comunidades enfrentan la pérdida, buscando consuelo no solo en la tristeza, sino también en la celebración de la vida eterna y la conexión con lo divino. Es una tradición que, aunque parezca extraña para algunos, es una parte fundamental del alma dominicana, un recordatorio de nuestra capacidad de transformar el dolor en esperanza, y la pena en un coro de fe.

Este ceremonial, de verdad, es una joya de nuestro folclore y una muestra de la fortaleza espiritual de nuestra gente. Es una expresión que perdura, contra viento y marea, recordándonos la riqueza de nuestras raíces y la manera única en que vivimos y sentimos en este pedazo de cielo. Es la tradición bacana de despedir a los angelitos, con el corazón apretado pero lleno de esperanza.

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