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Día del Enfermo: La Iglesia llama al tigueraje a activar la compasión

En nuestro querido patio, la fe y la solidaridad siempre han sido la espina dorsal que sostiene a la gente en los momentos más difíciles. Y es que, mi gente, la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo no fue solo un día más en el calendario, sino un llamado a la acción que retumbó desde la mismísima Catedral Primada de América. Monseñor Carlos Tomás Morel Diplán, arzobispo coadjutor de la Arquidiócesis Metropolitana de Santo Domingo, encabezó una eucaristía que nos invitó a todos a no solo sentir lástima, sino a ponerle el pecho y a activar compasión de verdad por nuestros hermanos enfermos. La Pastoral de la Salud de la Arquidiócesis de Santo Domingo, que siempre está en el bregar, fue la encargada de organizar esta importante misa.

Durante su homilía, Monseñor Morel Diplán elevó oraciones y compartió reflexiones bien profundas. Habló de la esperanza cristiana que nos mantiene a flote, del valor que tiene el sufrimiento cuando se ofrece con fe, y de la importancia de ser cercanos y solidarios con los enfermos y sus familias. El mensaje pontificio, bajo el lema “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”, fue clarísimo: la compasión no puede quedarse en un sentimiento o en puras palabras. No, ¡qué va! Exige gestos concretos, de esos que demuestran que uno está ahí, especialmente para los que sufren en contextos de fragilidad, pobreza, aislamiento y soledad. Eso es así, sin rodeos, hay que dejarse de “vaina” y meter mano.

La Jornada Mundial del Enfermo es una iniciativa que nació en 1992, de la mano del Papa San Juan Pablo II, con la intención de sensibilizar a la Iglesia y a la sociedad sobre la importancia del cuidado y la atención a los enfermos. Desde entonces, cada 11 de febrero se conmemora, coincidiendo con la memoria de Nuestra Señora de Lourdes. Para nosotros, en República Dominicana, donde el sistema de salud a veces hace agua por todos lados y la gente, si no tiene cuartos, la ve negra, este llamado es de lo más pertinente y necesario. Aquí, la fe y la comunidad son muchas veces el primer y único recurso para quienes están en cama.

El lema de este año, “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”, nos transporta directamente a una de las parábolas más poderosas de Jesús. Nos recuerda que la verdadera caridad no pregunta quién es el otro, ni de dónde viene, ni cuánto tiene en el bolsillo. Simplemente actúa, sin buscar recompensa, sin hacer bulto. El samaritano no pasó de largo, no dijo “ese es problema de él”. No, él se arremangó y ayudó, puso de su tiempo, de su dinero y de su corazón. Eso es lo que nos llama a hacer la Iglesia: a ser samaritanos de estos tiempos, a no quedarnos de brazos cruzados cuando vemos a alguien con la salud para’o en una pata.

Y para muestra un botón, klk. Sor Trinidad Ayala Adames, la coordinadora general de la Pastoral de la Salud, nos tiró los datos de la jornada y, ¡ay papá!, el trabajo que hacen es para quitarse el sombrero. Informó que impactaron a más de 143,000 personas, la mayoría pacientes en situaciones de vulnerabilidad. ¿Cómo lograron esto? Con programas de promoción de la salud, visitas y jornadas médicas que llegaron a los rincones donde más se necesita. Y esto no lo lograron solos, ¡qué va! Tuvieron el respaldo de más de 4,100 agentes y entes eclesiales, un verdadero tigueraje de voluntarios que se fajaron sin descanso.

El trabajo de la Pastoral de la Salud es un ejemplo bacano de cómo la fe se traduce en acción. Ellos no se quedan en la chercha ni en la bobería; su compromiso es con los que están sufriendo, con los que no tienen una voz. Desde ofrecer apoyo espiritual y psicológico hasta coordinar la entrega de medicamentos o ayudar a conseguir un médico, su labor es esencial para un viaje de familias dominicanas que día a día batallan con la enfermedad. Se meten de lleno en la vaina, y eso es lo que hace la diferencia.

Durante el acto, la Pastoral de la Salud no se olvidó de reconocer el trabajo de las vicarías, comunidades, agentes pastorales, voluntariados y dispensarios médicos. Y, ojo, también le dieron las gracias al respaldo de los medios de comunicación, tanto católicos como independientes, que siempre están ahí para darle difusión a estas causas tan importantes. Esto demuestra que cuando se hace un coro para el bien, la cosa avanza y se logran cosas grandiosas.

La celebración también contó con la presencia de figuras importantes, como el ministro de Salud Pública, Víctor Atallah, y el director general de la Policía Nacional, mayor general Ramón Antonio Guzmán Peralta. También estuvieron otras autoridades del sector salud, representantes de organizaciones sociales, pacientes, familiares y, claro está, un viaje de feligreses. Ver a estas autoridades allí es una buena seña, indica que el Estado está consciente de que el cuidado del enfermo es una responsabilidad compartida, no solo de la Iglesia.

En nuestro país, el acceso a servicios de salud de calidad es, todavía, un reto mayúsculo para muchísima gente. Las enfermedades crónicas, las emergencias médicas y la falta de recursos económicos pueden sumir a las familias en una desesperación profunda. Es en este contexto donde la labor de la Iglesia, y especialmente de la Pastoral de la Salud, cobra un valor incalculable. Ellos complementan, y muchas veces suplen, las carencias del sistema, ofreciendo no solo atención médica, sino también ese apoyo espiritual y esa mano amiga que tanto se necesita cuando uno está jartando amargo por una enfermedad. Es un recordatorio de que somos una comunidad, y que el dolor de uno, al final, nos afecta a todos.

La Jornada Mundial del Enfermo se consolida así como un espacio crucial de reflexión, acción y compromiso con los más vulnerables. Nos recalca que el cuidado del que sufre no es un tema de caridad opcional, sino una responsabilidad compartida entre la Iglesia, el Estado y la sociedad. Es un llamado a que cada uno de nosotros, desde nuestra trinchera, ponga un granito de arena. Porque al final del día, todos estamos en el mismo bote y en cualquier momento nos puede tocar a nosotros o a un ser querido. Así que, mi gente, a ponernos las pilas y a seguir el ejemplo del samaritano, que eso es lo que nos hace de verdad grandes.

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