¡Ay, mi gente! Si hay una vaina que nos tiene a todos con la cabeza vuelta un ocho y el bolsillo pidiendo auxilio, es la dichosa Cuesta de la Vida que nos está dando una pela sin compasión. Desde que amanece hasta que anochece, la gente anda con el seño fruncido, haciendo números, viendo cómo estira los chelitos para que le rindan un poquito más. Es que uno va al colmado o al supermercado, y cada vez que ve los precios, le da un vahído; lo que antes se compraba con una alegría, ahora uno lo piensa mil veces. La realidad dominicana, ¡klk con esto!, se ha vuelto un desafío diario para la gran mayoría de la población que ve cómo el costo de los productos básicos sube sin parar, dejando a muchos en una situación económica apretada y con menos poder adquisitivo.
No es un secreto para nadie que el arroz, ese compañero inseparable de nuestro plato, los plátanos, el pollo, las habichuelas, y hasta el pan de cada día, han experimentado incrementos que antes eran impensables. Antes, uno hacía su coro de la semana con un presupuesto decente, pero ahora, ir al mercado es casi una proeza. La situación está de lo más bien para los que tienen un chelito extra, pero para la clase trabajadora, para la doña que vende frito en la esquina, para el obrero que se faja día a día, la cosa está agria, bien agria. Es un viaje de gente que se las ve negras para completar la compra de la canasta básica, haciendo malabares para poner la comida en la mesa sin endeudarse hasta la coronilla.
Pero, ¿a qué se debe este embrollo que nos tiene a todos con el grito al cielo? La verdad es que hay un sinnúmero de factores, tanto locales como internacionales, que se han juntado para crearnos este panorama tan complicado. A nivel mundial, la resaca de la pandemia de COVID-19 con sus interrupciones en las cadenas de suministro, sumado al conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, ha disparado los precios de los combustibles y las materias primas. Imagínense ustedes, si el petróleo sube, todo lo demás también sube: el transporte, la energía, la producción… es una cadena que no perdona a nadie, ni al más inocente.
Asegún los expertos y lo que uno ve con sus propios ojos, aquí en el patio también tenemos nuestras propias particularidades que contribuyen a este despelote. La dependencia de las importaciones para muchos productos, la volatilidad del dólar, y hasta los efectos del cambio climático que afectan nuestras cosechas, son factores que no podemos obviar. Cuando la producción local de, por ejemplo, los aguacates o las tayotas, se ve mermada por sequías o lluvias torrenciales, los precios se disparan de una vez. Y ni hablar de los insumos agrícolas, que la mayoría son importados y, por ende, su costo está atado a los vaivenes del mercado internacional, lo que encarece la siembra y, finalmente, el producto final que llega a nuestra mesa.
Claro, el dominicano es un tigre por naturaleza, y este tigueraje innato nos ha permitido, a lo largo de la historia, capearse los temporales económicos que nos han tocado vivir. Hemos pasado por crisis más profundas, por inflaciones que daban calambre, y siempre hemos encontrado la forma de salir pa’lante. La creatividad y la resiliencia son parte de nuestro ADN; uno siempre ve a la gente buscando ofertas, comprando al por mayor para “salvarse”, o ingeniándoselas con recetas más económicas para que el plato no falte. Es una actitud bacana, pero a la vez, muestra la necesidad apremiante de soluciones de fondo para que la gente no tenga que estar en esta chercha de la supervivencia constante.
Las autoridades, por su lado, asegún nos dicen, están al tanto de la situación y han implementado algunas medidas para intentar paliar el golpe, como subsidios a ciertos productos o intentos de regulación de precios. Sin embargo, el impacto en el bolsillo de la gente no siempre se siente de la misma manera, y muchas veces, lo que se “arregla” por un lado, se “daña” por el otro. La gente espera soluciones más robustas y sostenibles, que no sean solo paños tibios, sino que ataquen la raíz del problema y garanticen una estabilidad que permita a las familias planificar su futuro sin tanto estrés y sin tener que contar cada centavo para la guagua o el concho.
La verdad es que la situación afecta a todo el mundo, desde el que vive en un barrio humilde hasta el que reside en un sector más “chulo”. Si bien los que tienen más recursos pueden absorber mejor los aumentos, para la clase media, que antes vivía “jevi”, ahora la está sintiendo con fuerza. El presupuesto que antes alcanzaba para un gustito o para ahorrar un poquito, ahora apenas cubre lo básico. Esto genera una preocupación generalizada y un debate constante en cada esquina, en cada colmado, en cada parada de motoconcho; la gente habla de la economía con un sentir profundo, porque es su vida, su día a día, su tranquilidad la que está en juego.
Mirando hacia el futuro, es crucial que como país sigamos fortaleciendo la producción nacional, apostando por la diversificación de nuestros cultivos y por el apoyo a nuestros agricultores. Además, la estabilidad de los mercados internacionales y una política económica clara y transparente serán fundamentales para que la tormenta amaine. Mientras tanto, el dominicano seguirá con su espíritu inquebrantable, buscando la forma de sortear los obstáculos y mantener la fe en que vendrán tiempos mejores, donde la comida en la mesa no sea un lujo, sino un derecho que se pueda disfrutar con la alegría que nos caracteriza.
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