¡Qué chulo ver cómo se mantiene viva la memoria de nuestros Padres de la Patria! Recientemente, el Instituto Duartiano y la Armada de la República Dominicana se juntaron en la Base Naval de Sans Soucí para conmemorar una fecha clave en nuestra historia: el 15 de marzo de 1844, día en que Juan Pablo Duarte, nuestro patricio por excelencia, hizo su triunfal regreso al país. Este acto patriótico nos recuerda la importancia de ese momento crucial, donde Duarte, con su visión clara y su corazón lleno de amor por la tierra que lo vio nacer, volvió para darle forma y sustancia a esa república que apenas estaba dando sus primeros pasos.
La verdad es que el Duarte de Vuelta al patio significó un antes y un después. Imagínate la vaina: la Independencia ya se había proclamado el 27 de febrero de ese mismo año, pero el país seguía en una situación súper delicada, con un tigueraje que buscaba consolidar lo que se había ganado a punta de coraje y sacrificio. La presencia de Duarte era más que necesaria; era la chispa que encendería el fuego de la organización y la defensa de nuestra recién nacida soberanía. Su llegada desde Curazao en la goleta Leonor no fue solo un viaje, fue un compromiso renovado con la nación que él mismo soñó y ayudó a parir.
Asegún nos cuenta la historia, Duarte había tenido que salir del territorio dominicano en 1843, huyendo de la persecución haitiana. El presidente Charles Rivière-Hérard lo tenía en la mira, y para evitar mayores males y seguir trabajando por la causa, el patricio se vio obligado a exiliarse. Pero ni la distancia ni las dificultades le hicieron bajar la guardia; desde el exilio, siguió moviendo sus hilos, gestionando recursos y manteniendo viva la llama de la Trinitaria, ese movimiento clandestino que sentó las bases de nuestra independencia.
El 27 de febrero de 1844, la bandera tricolor ondeó por primera vez en la Puerta de la Misericordia, un acto de valentía liderado por los trinitarios que, aunque sin Duarte presente físicamente, actuaron bajo su ideario. Pero con la independencia proclamada, la urgencia de su regreso era evidente. El nuevo Estado necesitaba de su liderazgo moral, su visión política y su capacidad para unificar a las distintas facciones que empezaban a emerger. No es lo mismo un coro en la calle sin el que pauta, ¿verdad?
El presidente del Instituto Duartiano, Wilson Gómez Ramírez, lo dejó bien claro durante la ceremonia: el retorno de Duarte desde Curazao en la goleta Leonor el 15 de marzo no fue una casualidad. Fue un acto deliberado, estratégico, para integrarse de una vez a la defensa y organización del recién proclamado Estado dominicano. Su misión no había terminado con el Grito de Independencia; de hecho, ahí es donde la vaina se ponía buena de verdad, porque había que construir y consolidar lo que se había logrado con tanto esfuerzo.
Recordemos que los primeros años de la República Dominicana estuvieron marcados por la inestabilidad y las constantes amenazas externas, especialmente de Haití. La visión de Duarte para una república soberana, independiente y democrática, era el faro que podía guiar a la nación en medio de esas tempestades. Su compromiso no tenía límites; él lo entregó todo, hasta su propia fortuna y la de su familia, para ver materializado el sueño de una patria libre.
En la misma ceremonia, celebrada en el Santuario de las Tortugas Marinas en Sans Soucí, el contralmirante Juan Gilberto Núñez Abreu también enfatizó el compromiso de la Armada. Destacó cómo los hombres y mujeres de la institución mantienen vivo el legado duartiano, defendiendo la soberanía nacional con honor y voluntad. Y es que el ejemplo de Duarte no es una reliquia del pasado, ¡es una guía bacana para el presente! Los marinos dominicanos, según dijo, se inspiran en el patricio para servir a la patria con ese amor y dedicación que Duarte nos legó.
Para nosotros, los dominicanos, recordar el retorno de Duarte es más que un simple aniversario. Es un compromiso permanente con los valores que nos dieron origen como nación: la defensa de la soberanía, la libertad y la integridad. Es entender que la patria se construye día a día, con el ejemplo de hombres y mujeres que, como Duarte, ponen el bienestar colectivo por encima de todo. Es un viaje de orgullo que nos conecta con nuestras raíces más profundas.
La figura de Duarte es un recordatorio constante de que la verdadera independencia no solo se gana con armas, sino con principios, con educación y con una visión clara de lo que queremos ser como pueblo. Su persistencia, a pesar de los exilios y las traiciones, nos enseña que el amor a la patria debe ser inquebrantable, pase lo que pase. Ese tigueraje puro de Duarte es lo que necesitamos emular.
Por eso, iniciativas como la del Instituto Duartiano y la Armada son tan importantes. Nos ayudan a que las nuevas generaciones, que a veces están en otro coro, no olviden de dónde venimos y qué sacrificio costó tener esta tierra hermosa para nosotros. Mantener vivo el ejemplo del patricio, como se reiteró al finalizar el acto, es una responsabilidad que tenemos todos, para que el legado de Duarte siga siendo la brújula que nos marque el camino hacia un futuro mejor y más próspero.
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