¡La ‘Vaina’ del Canibalismo es un Disparate! La Ciencia lo Desmiente por Pura Matemática

En el patio, la gente piensa que el canibalismo es una ‘vaina’ prohibida por pura moral o el asco que da. Pero ¡ojo!, un estudio de 2026, publicado en PNAS por Michal Misiak y Petr Tureček, nos trae una perspectiva ‘heavy’: el rechazo a la antropofagia se basa en una ‘pura matemática’ biológica. Esta investigación sugiere que no es solo un asunto cultural, sino una ecuación de costos y beneficios que, a la larga, no cuadra.

Estos investigadores modelaron el canibalismo como cualquier otra decisión de forrajeo: calorías obtenidas versus costos acumulados. Lo sorprendente no es que surja en momentos de colapso extremo –eso ya lo sabíamos–, sino que esta ‘pura matemática’ explica por qué siempre termina desapareciendo, dejando un tabú ‘durísimo’. El modelo no lo recomienda, sino que explica su fracaso como práctica sostenible para una población.

Es verdad que en situaciones ‘a la mala’ de escasez extrema –un asedio largo, un naufragio o una hambruna ‘fea’–, la energía de consumir carne humana puede parecer la única salvación. El estudio reconoce que en esas condiciones, el beneficio inmediato puede parecer que ‘da el pie con bola’. La historia registra episodios así, desde Numancia hasta Leningrado, donde la gente se vio en la ‘cuerda floja’ de la inanición, buscando cualquier recurso.

Pero la ‘vaina’ se complica al mirar el panorama completo. Digerir tejido humano tiene un costo metabólico, pero eso es lo de menos. Los autores resaltan otros costos ocultos que a la larga ‘joden’ más: el riesgo de coger un viaje de enfermedades raras (como el ‘kuru’, con su largo periodo de incubación de décadas), la desconfianza, la violencia en el grupo y el daño a la cooperación. Lo que parece una solución en una crisis, se vuelve un ‘disparate’ si se mantiene.

Casos famosos de supervivencia extrema, como el naufragio del Essex o el accidente de los Andes en 1972, confirman el modelo. En estos episodios, la antropofagia fue una respuesta aislada a una coacción brutal, no una costumbre. Los supervivientes no fueron tratados como ‘tigueres’ inmorales. El riesgo sanitario grave aumenta cuando la práctica se vuelve recurrente, no cuando es un ‘jumo’ de una sola vez por una emergencia.

Este enfoque sugiere que el tabú cultural no es la causa primera. Actúa más bien como un ‘fusible cultural’ que se activa tras un umbral de daño acumulado. Es decir, primero hay brotes de enfermedad y desconfianza, y luego la norma se consolida para evitar la repetición. Es una estrategia ‘bacana’ de evolución cultural: la prohibición surge mucho antes de entender priones, protegiendo así a la comunidad de un ‘desastre’ a largo plazo.

En resumen, aunque el canibalismo puede reaparecer en situaciones de colapso extremo, la evidencia histórica y antropológica grita que no funciona como práctica sostenida. La cultura, generación tras generación, ha encontrado la misma ‘respuesta matemática’ a su fracaso: ‘cerrar esa puerta’ antes de que el costo oculto termine de manifestarse y ‘joda’ a todo el mundo con ‘un viaje’ de problemas.

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