Johan Mancebo: El ‘Tigueraje’ de Cristo Rey que la montó en el ballet internacional

Desde las calles vibrantes de Cristo Rey, un sector donde el béisbol es casi una religión, emerge la historia de Johan Mancebo, un joven dominicano que desafió las expectativas y el ‘tigueraje’ para conquistar el exigente mundo del ballet clásico. Hace unos treinta años, nadie se imaginaba que este niño, nacido en una familia con aspiraciones beisboleras, cambiaría el guante por las zapatillas de punta, dejando a un lado la pelota para ‘montársela’ en los escenarios más prestigiosos. Su trayectoria es un reflejo de que el talento criollo, cuando se nutre con pasión y perseverancia, puede llegar donde sea, sin importar el ‘klk’ del barrio.

Asegún el reporte, la familia de Johan veía el béisbol como la vía para mejorar su situación económica, con un padre y un hermano mayor que incluso intentaron ser píchers profesionales. Sin embargo, Johan no tenía el físico de un atleta tradicional; su mundo estaba lleno de colores, bocetos y música. Esta inclinación artística lo llevó por un camino diferente, y hoy, según la noticia, se destaca como primer bailarín en el Cleveland Ballet de los Estados Unidos, una hazaña tremenda que lo posiciona como un referente del **ballet internacional**.

Su incursión en la danza no fue por elección directa, sino por un ‘engañito’ bacano que se dio en 2006. Ninoska Velázquez, quien era la directora de la Escuela Nacional de Danza (Endanza) en ese entonces, impulsó un proyecto para reclutar varones de zonas vulnerables como Fe y Alegría o Canillitas con Don Bosco. Fue Rafael Morel, un recepcionista de Bellas Artes y hermano de un vecino de Johan, quien ‘se buscó’ a varios chamacos del barrio con la promesa de una ‘actividad física’ y un premio. Nadie les dijo que la vaina era ballet, ¡qué chercha!

Los primeros meses de aquel grupo de 55 niños fueron puro entrenamiento físico, pura resistencia y abdominales, sin ni una pizca de ballet. Pero cuando llegaron las clases formales y tuvieron que pararse frente a la barra con licra, la cosa cambió. Como relata el artista, aquello fue terrible para ellos, con la musiquita de violines y pianos; sabían que decir que bailaban ballet en República Dominicana era ‘motivo de burla’ de una vez. Para evitar los comentarios y el relajo del ‘coro’, Johan solía decir que estaba estudiando percusión y música por las tardes.

Además de la presión del barrio y los ‘tigueres’ diciendo vainas, Mancebo enfrentó un fuerte estigma religioso. El pastor de la iglesia evangélica a la que asistía su familia llegó a decir que el ballet no venía de Dios, provocando que su propio hermano abandonara el programa de inmediato. Johan estuvo a punto de rendirse en su segundo año, pero la insistencia de la directora de Endanza y, sobre todo, el apoyo incondicional de su madre fueron clave. Él mismo confiesa: ‘Yo seguí porque mi mamá es la que manda’, demostrando que el amor de madre tiene un poder ‘pa’ romper con to’.

A pesar de que ya no sigue la religión evangélica, Johan mantiene una fe profunda y se encomienda a Dios a diario. Hoy día, habla sin rodeos sobre los prejuicios que aún asocian a los hombres en el ballet con la homosexualidad, una vaina que, según él, no tiene por qué ser así. ‘Tú no eres menos persona por eso, eres un ser humano con derechos igual que el otro’, afirmó. Su mensaje es claro: ‘Todo el mundo tiene el derecho de hacer lo que ama sin sentirse juzgado, sin sentirse reprimido, sin sentirse excluido’.

Con el apoyo de las autoridades culturales dominicanas, que le cubrieron pasajes, indumentaria y hasta le celebraban los cumpleaños, Johan culminó sus estudios y ‘de una vez’ se unió como pasante al Ballet Nacional Dominicano a los 17 años. Fue un paso importante en su carrera, el primero de un ‘chance’ que lo llevaría mucho más lejos de lo que jamás imaginó en las canchas de Cristo Rey.

Poco después, una participación en Puerto Rico con el coreógrafo Septime Webre le abrió las puertas al Washington Ballet Studio Company en 2015. Johan asumió el reto, a pesar de no manejar el inglés y nunca haber vivido solo. ‘Todo fue muy rápido, yo no tuve tiempo de pensármelo’, comentó. Esta oportunidad le dio el empuje para seguir expandiendo sus horizontes en el ‘extranjero’, demostrando su capacidad de adaptación y su talento sin límites.

Luego, el Estado dominicano le otorgó una beca para que se licenciara en Pedagogía de la Danza en el Instituto Universitario de Danza Alicia Alonso en España, donde estuvo cuatro años asumiendo roles solistas y principales. Sin embargo, a los 21 años, una fractura por estrés en la tibia derecha lo dejó ‘en el aire’ por nueve meses, justo en su último año de universidad. El miedo a regresar a República Dominicana, donde la vida artística ‘no ta fácil’ y escasean las garantías económicas, lo motivó a rehabilitarse y, tras una audición, ingresar al Teatro de Ballet Sibiu en Rumanía.

En Rumanía, Johan permaneció desde 2019 hasta 2023, llevando su arte por un ‘viaje de’ países como Turquía, Italia, Alemania y Bélgica. En todo este trayecto internacional, no ha estado solo; lo ha acompañado Gabriela Checo, también bailarina dominicana, a quien conoció en producciones del Teatro Nacional y con quien viajó a España con una beca en 2015. Su amistad se convirtió en amor a principios de 2020, y actualmente comparten escenario en el Cleveland Ballet, luego de decidir buscar mayores exigencias artísticas en el mercado estadounidense, ‘a to’a hora’ trabajando juntos.

Lograr contratos profesionales conjuntos a nivel internacional es una bendición y una rareza en el mundo de la danza. Johan valora esta oportunidad de trabajar junto a su ‘chula’ pareja, ya que se entienden a la perfección. ‘Es una bendición porque tú estás con una persona que realmente te puede entender. Entendemos el cansancio, entendemos el sacrificio, entendemos la resiliencia de hacer una actividad física diaria donde tú combates tus miedos y tus inseguridades’, destacó, resaltando lo ‘bacano’ que es tener ese apoyo mutuo.

Desde su experiencia en el exterior, Johan Mancebo reconoce el talento natural y el carisma que abundan en los dominicanos, pero le preocupa la falta de oportunidades para los artistas locales. ‘No hay forma’, dijo, de que un graduando que culminó sus estudios pueda incursionar en el ámbito laboral si no hay dónde trabajar. Hizo un llamado a las autoridades para que implementen políticas culturales estatales que ofrezcan salarios regulares y oportunidades dignas de crecimiento para los artistas dentro de la isla, para que más jóvenes talentos no tengan que ‘irse en yola’ o ‘quedarse en la chercha’.

La historia de Johan, un muchacho de Cristo Rey que hoy brilla en los escenarios globales, es un testimonio vivo del inmenso potencial dominicano. Su viaje no solo demuestra que se pueden romper barreras, sino que también consolida su figura como un digno representante del talento criollo en el panorama artístico mundial. ¡Esa es la actitud que nos hace sentir orgullo dominicano!

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