La ‘vaina’ del calado: ¿Pueden los buques grandes navegar en nuestros ríos?

En nuestra querida República Dominicana, desde el mar Caribe, la desembocadura de un río parece una invitación abierta al interior de la isla. Pero, ¿hasta dónde puede aventurarse un buque de gran calado? Pues la ‘vaina’ está en que esta entrada se cierra rápido, en apenas unos kilómetros. La profundidad disminuye, los sedimentos se acumulan como si no hubiese un mañana, y el cauce, lamentablemente, pierde las condiciones óptimas para estas embarcaciones. Esto plantea un desafío importante para el potencial de navegación comercial en nuestros ríos.

Según el reporte, en la actualidad, solo los ríos Ozama (que alberga el Puerto de Santo Domingo), Haina, Romana y San Pedro, en sus tramos más cercanos a la desembocadura, tienen la capacidad de recibir buques de gran calado. El calado, que es la parte del barco que se sumerge en el agua, depende del tipo de buque y su carga, y necesita un margen de seguridad bajo la quilla para evitar un encontronazo con el fondo. Es por eso que en estas áreas portuarias la profundidad se mantiene a raya gracias a constantes dragados; el resto de los cuerpos de agua solo soporta embarcaciones más pequeñas, como lanchitas y botes de pesca, nada de buques pesados, ¡ni de chercha!

Andrés Fernández, quien es director comercial del Puerto de Cruceros y del Aeropuerto Internacional de La Romana, enfatiza la importancia de una profundidad suficiente y un margen de seguridad bajo la quilla para la navegación segura. Aparte de la profundidad, se deben considerar otros factores clave como las corrientes marinas, las mareas en las zonas cercanas a la costa, la estabilidad del canal navegable y, claro está, las leyes que dictan los organismos competentes del Estado, como la Armada de República Dominicana, que se encarga de las cartas náuticas, ¡que no es un juego de dominó, es un documento serio!

Pero ¡ojo!, la navegabilidad de un río no es una condición permanente, ni de cerca. Con el tiempo, los procesos naturales y hasta la mano del hombre modifican la profundidad, el ancho y el cauce, causando una sedimentación que da dolor de cabeza. Los fenómenos climáticos y las alteraciones de las cuencas fluviales afectan no solo la navegación, sino también los ecosistemas. Además, la degradación de nuestros ríos, según un especial de Diario Libre, se ha profundizado por factores como la extracción ilegal de materiales, la contaminación desmedida y la falta de continuidad en los proyectos de recuperación, a pesar de las millonarias inversiones que se han hecho, ¡una vaina bien mal hecha!

El hidrólogo Ricardo Hernández subraya que las características geográficas de nuestro país son una limitación gorda para la navegación de embarcaciones de gran calado, siendo técnicamente inviable en la mayoría de los casos. La gran parte de los ríos dominicanos son cortos y nacen en zonas elevadas, como nuestra imponente Cordillera Central. Las fuertes pendientes y la constante degradación de las cuencas hacen que el lecho del río sea inconsistente, impidiendo mantener una profundidad estable. Y como si fuera poco, las marcadas épocas de sequía y lluvia terminan de ponerle el toque: en sequía el agua baja a un nivel que hasta un niño la cruza y en crecida, el torrente es tan peligroso que es mejor ni intentarlo.

A todo esto, se suma la ausencia de infraestructura especializada como las esclusas, fundamentales para superar accidentes topográficos o presas. Ricardo Hernández mismo refiere que en República Dominicana no existen esclusas, y su funcionamiento conllevaría un enorme consumo de agua, un recurso que el Estado ya prioriza para el consumo humano, el riego agrícola y la generación hidroeléctrica. Desde el punto de vista técnico y financiero, construir y mantener un canal de navegación para grandes buques sería un gasto incosteable, más cuando hay otras prioridades como adecuar los cauces para prevenir inundaciones, ¡que son un relajo cada vez que llueve fuerte!

El capitán de navío Plinio Ramírez comparte una visión similar, señalando que, a pesar de la importancia de la navegación fluvial, nuestra condición de isla reduce el interés en desarrollar estas vías. “Estamos rodeados por el mar y tenemos puertos seguros. Al invertir en dragado, sale más cara la sal que el chivo”, dice Ramírez, haciendo alusión a que los ríos dominicanos tienen tanto sedimento que hay que estar limpiándolos a cada rato, y eso, ¡es un dineral! Su colega, el capitán de fragata Primitivo López, refuerza la idea, explicando que los puertos en el océano, como Puerto Caucedo, ofrecen menos complicaciones que los que se encuentran en los ríos. Es decir, que es mejor dejar el ‘tigueraje’ para el mar.

Aun con todas las limitaciones, el río Ozama se destaca por su potencial de navegación. Con unos 148 kilómetros de longitud, alrededor de 60 kilómetros de su curso son navegables para diversas embarcaciones, y en el Puerto de Santo Domingo se estima una profundidad de unos nueve metros. Por ahí llegan los barcos que traen carros, furgoneros, contenedores, graneleros y combustibles, ¡un viaje de mercancía! Sin embargo, la profundidad del Ozama no solo se ve afectada por los sedimentos y el cambio climático, sino también por la basura de las comunidades aledañas y un tema que es un ‘problema serio’: ¡unas nueve embarcaciones hundidas! Estas son un peligro constante para la navegación, y retirarlas o convertirlas en chatarra, aunque costoso, traería grandes beneficios, incluyendo la posibilidad de crear muelles seguros para resguardar embarcaciones durante huracanes.

El río Haina, por su lado, también juega un papel vital. Aunque tiene una longitud de unos 86 kilómetros, solo en la entrada principal a su desembocadura en el mar Caribe pueden entrar buques de gran calado. En esta zona, Haina supera al Ozama en profundidad, permitiendo calados superiores a los 13.5 metros, mientras que el Puerto de Santo Domingo maneja entre nueve y diez metros. Pero ¡ahí viene el problema!, después de los muelles la cosa cambia, y la profundidad del Haina baja tanto que obliga a dragarlo de manera constante, sin poder esperar ni cinco meses entre intervenciones, ¡es un trabajo sin fin!

En la región Este, el río La Romana, con una profundidad mínima de 8.5 metros en su canal navegable, permite la llegada de embarcaciones comerciales y cruceros, mientras que al río Higuamo, en San Pedro de Macorís, pueden acceder buques de carga y graneleros. No obstante, esto no significa que sean navegables en toda su extensión; se podrían preparar, pero nuevamente, el dragado sería la clave. Otros ríos como Boca de Yuma, Chavón y Cumayasa, aunque hermosos, solo permiten barcos de menor calado como yates y veleros. Como bien explica el capitán López, estos ríos son “dinámicos”, lo que significa que su profundidad cambia mucho con los eventos atmosféricos de mayor escala. Al final, navegar por nuestros ríos es una experiencia ‘bacana’, pero para los buques grandes, ¡es otro cantar!Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!

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