¡Qué ‘vaina’! En el arte, hay propuestas que, en vez de buscar la belleza, usan el ‘asco’ como herramienta poderosa. No es solo para impactar, sino para hacer pensar. El asco en el arte, lejos de ser una simple ‘chercha’, es una estrategia crítica y estética para cuestionar lo establecido y despertar conciencias. Hay un ‘tigueraje’ de artistas que se han lanzado a esta provocación, rompiendo esquemas.
Un ejemplo ‘jevi’ es el grupo chicano Asco, activo entre 1972 y 1987. Adoptaron su nombre para confrontar la exclusión racial y social en Estados Unidos. Con performances urbanas como Spray Paint LACMA, donde pintaron su nombre en el Museo de Arte de Los Ángeles, protestaron contra el arte institucional. Era su forma de decir: ‘aquí estamos, mi gente, y no nos vamos a callar’.
El movimiento Shock Art también ha provocado con obras perturbadoras. Piezas como las latas con excrementos del artista Piero Manzoni, o The Holy Virgin Mary de Chris Ofili, que incorpora estiércol de elefante y recortes pornográficos, no buscan entretener. El propósito, según la noticia, es sacudir al espectador y provocar un rechazo visceral para que piense más allá de lo evidente.
La idea no es solo generar una reacción negativa, sino invitar a una reflexión profunda sobre nuestras percepciones y prejuicios. Es un ‘gancho’ para cuestionar por qué algo nos causa asco y qué revela de nuestra sociedad. Es decir: ‘klk’ con las normas, ‘klk’ con la moralidad y ‘klk’ con lo ‘aceptable’. El arte, en su esencia, siempre reta, y con lo desagradable, el impacto es un ‘batacazo’ aún más potente.
Esta perspectiva no es solo una ‘chercha’ de artistas. Hay teorías que la respaldan, como la del filósofo italiano Filippo Contesi. Según él, el arte ‘repugnante’ tiene valor estético porque el asco despierta una comprensión cognitiva de ‘vainas’ profundas, como la mortalidad humana o las normas sociales invertidas. Es como si el disgusto nos obligara a abrir los ojos a verdades incómodas y a buscarle la quinta pata al gato.
De manera similar, la historiadora del arte Anja Foerschner ha investigado cómo el asco se integra en el arte contemporáneo como un recurso estratégico ‘bacano’. Obras que muestran cuerpos, fluidos o violencia no buscan solo náuseas. A menudo, buscan generar una reflexión cultural profunda, superando el rechazo sensorial. Es una forma de usar lo que nos choca para que la cabeza nos dé ‘un viaje’ de ideas y para poner el dedo en la llaga.
Al final, lo desagradable que nos provoca ‘asco’ puede adquirir un sentido estético y enlazar coherentemente con el mensaje del autor. No es un ‘klk’ sin sentido; es una estrategia para desestabilizar, para que salgamos de la zona de confort y miremos las ‘vainas’ desde otra perspectiva. En un mundo que a veces parece muy pulcro, el arte que provoca asco es un ‘sacudón’ necesario para recordar que la verdad no siempre es ‘chula’ ni fácil de digerir. ¡Es para que uno se active!
Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!




