¡Klk, gente! Aquí en nuestro patio, la República Dominicana es una tierra bendecida no solo con playas chulas y gente bacana, sino también con una oferta cultural que busca seguir creciendo. Entre los protagonistas de esta movida, tenemos varios anfiteatros que se han convertido en puntos neurálgicos para el arte y el entretenimiento. Sin embargo, la verdad del asunto es que, aunque algunos están de lo más bien y con una programación activa que da gusto, otros enfrentan una situación un poco más compleja, mostrando signos de deterioro o limitaciones operativas por la falta de un mantenimiento constante y una gestión clara. Este es un tema crucial que merece nuestra atención, porque la infraestructura por sí sola, mi gente, no garantiza el éxito.
Con la reciente inauguración del anfiteatro y parque La Gaviota en Ciudad Juan Bosch, liderada por el mismo presidente Luis Abinader, se nos encendió la chercha y nos pusimos a pensar: ¿Cómo están los otros? ¿Qué es lo que realmente pasa con estas estructuras que tanto potencial tienen para mover la cultura y el turismo en el país? Es una vaina que nos pica la curiosidad, porque no es solo construir por construir, sino mantener el legado y la función de estos espacios. La clave, asegún los expertos y la experiencia que tenemos, está en una gestión clara, un presupuesto fijo para la conservación y una agenda continua que no se vaya en banda.
Cuando hablamos de éxitos, el Anfiteatro de Altos de Chavón es la corona de la abuela. Ubicado en La Romana y construido en 1982, este ícono cultural y arquitectónico, diseñado al estilo grecorromano, es un verdadero lujo. Con capacidad para más de 5,000 personas, ha sido testigo de espectáculos históricos. Desde el legendario Frank Sinatra hasta Juan Luis Guerra, Shakira y hasta el mismo Bad Bunny han montado un show de categoría allí. Su éxito no es un misterio ni cosa del otro mundo; se sustenta en una gestión privada estable que le da seguimiento, una preservación constante que no deja que nada se dañe y una cartelera internacional que siempre tiene algo jevi que ofrecer.
Altos de Chavón es un ejemplo palpable de cómo la visión a largo plazo y la inversión continua rinden frutos. Fue la creación de un magnate y un cineasta, Charles Bluhdorn y Roberto Copa, quienes soñaron con un pueblo de artistas en el corazón del Caribe. Este tigueraje en la gestión ha permitido que el anfiteatro no solo se mantenga, sino que prospere, siendo un motor económico y cultural para la región Este. Es una prueba de que, si se le mete el corazón y el bolsillo, las cosas se pueden hacer de lo más bien y hasta mejor.
Pero no todo es color de rosa en el panorama de nuestros anfiteatros. El Anfiteatro Juan Lockward, en Puerto Plata, es una historia con un inicio prometedor y un giro un poco triste. Inaugurado en 2017, este espacio revitalizó la Novia del Atlántico, atrayendo un viaje de espectáculos nacionales e internacionales que le dieron un empuje bacano a la ciudad. La gente estaba en un coro de lo más alegre, viendo cómo Puerto Plata volvía a coger su pique turístico y cultural.
Sin embargo, la cosa se puso fea después de la pandemia de la Covid-19. La falta de atención y cuidado hizo que el anfiteatro sufriera un deterioro notable: maderas podridas, estructuras oxidadas que daban pena y camerinos en mal estado que nadie podía usar. Actualmente, se está realizando una evaluación técnica para reparar los daños, pero esto nos pone a pensar en la importancia de no descuidar lo que ya tenemos. Es una vaina que nos da una picazón porque, ¿cómo es posible que un espacio tan chulo se eche a perder tan deprisa?
Otro caso que nos da en qué pensar es el Anfiteatro Luisito Martí, ubicado en el Parque del Este, que se levantó en 2003 para los Juegos Panamericanos. Este anfiteatro, aunque con buen potencial, ha carecido de un calendario de eventos estable a lo largo de los años. Es el reflejo de un desafío común: muchos espacios son creados para eventos puntuales, y luego se dejan a la buena de Dios, sin un plan de uso y mantenimiento a largo plazo. Así no se puede, mi gente; se necesita una visión que trascienda el momento del corte de cinta.
En el Distrito Nacional, tenemos el Anfiteatro Nuryn Sanlley, en la Plaza Iberoamericana. Con una capacidad para unas 2,700 personas, es un espacio céntrico y accesible, pero su operación está limitada por regulaciones de ruido. Imagínense, está en medio de la ciudad y eso trae sus retos. Por eso, se utiliza más que nada para eventos culturales específicos, que no hagan mucho “ruido” para no molestar a los vecinos. Es una situación que limita su versatilidad, obligando a los gestores a ser más creativos y cuidadosos con el tipo de actividad que pueden montar allí.
Ahora, el más nuevo del coro, el anfiteatro y parque La Gaviota en Ciudad Juan Bosch, inaugurado este 2026. Este espacio promete un concepto integrado: parque público, áreas verdes para el relajo, gimnasio al aire libre para ponerse en forma y una zona de espectáculos de lo más moderna. Es un diseño chulo, pensado para la comunidad, pero su sostenibilidad, al igual que los demás, dependerá del cuidado y la programación sostenida que se le dé. Que no nos pase como en otros sitios, que el entusiasmo inicial se desvanezca y la vaina se dañe antes de tiempo.
Es hora de que entendamos, como dominicanos y dominicanas, que la infraestructura, por más bonita o moderna que sea, no es suficiente para garantizar la vitalidad cultural de un espacio. Los expertos lo han dicho de una vez y por todas: es imprescindible una gestión clara y profesional, un presupuesto fijo asignado para la conservación y el mantenimiento preventivo, y una agenda continua de eventos que atraiga a la gente y le dé vida al lugar. Es un tema de visión de país, de valorar lo nuestro y de invertir en el futuro cultural de la juventud.
En fin, la clave para que nuestros anfiteatros sigan brillando y no se queden como elefantes blancos es el compromiso de todos. Desde las autoridades hasta la comunidad, pasando por el sector privado. No es solo de “echarle una manita” cuando la cosa está ya al borde, sino de un mantenimiento planificado y una programación ingeniosa que siempre mantenga a la gente con ganas de ir. ¡Así sí se hace patria y se apoya la cultura del patio! Es hora de que no se nos pierdan estos tesoros culturales por falta de atención.
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