¡Qué ‘vaina’ más interesante ha salido a la luz, mi gente! Siempre hemos pensado que el canibalismo se prohíbe solo por una cuestión moral o cultural. Pero, ‘asegún’ un estudio fresquecito de 2026 en PNAS, el rechazo al canibalismo humano tiene una razón mucho más fría y calculada: las matemáticas. Sí, señores, es una ecuación biológica que, en la mayoría de los casos, simplemente no da. No es que sea ‘chulo’ ni ‘bacano’, es que no funciona a largo plazo.
Los autores, Michal Misiak y Petr Tureček, modelan la antropofagia como una decisión de forrajeo, analizando calorías obtenidas versus costes acumulados. Su trabajo explica no solo por qué surge en situaciones extremas, sino por qué se esfuma ‘de una vez’ después, dejando un tabú resistente. Demuestran matemáticamente que el canibalismo sostenido perjudica la viabilidad de una población, sin ser una estrategia recomendable.
La lógica inicial de obtener energía en escasez extrema es intuitiva, como en asedios históricos. Pero el modelo revela costos ocultos. Un costo metabólico de 11 kcal por cada 500 consumidas es solo el principio. La ‘vaina’ se complica con riesgo de enfermedades, desgaste de la cooperación y violencia. Si se vuelve costumbre, es desventajosa. Lo que parece racional en una crisis, deja de serlo cuando la enfermedad y la desconfianza hacen su ‘coro’.
El caso del kuru, entre el pueblo fore de Papúa Nueva Guinea, es el ejemplo ‘top’ del costo oculto. Esta enfermedad neurodegenerativa, causada por priones al consumir tejido cerebral en rituales funerarios, podía tardar hasta 56 años en manifestarse. Este desfase temporal explica por qué el daño sanitario permaneció invisible por generaciones. Nadie podía relacionar el consumo con la enfermedad hasta que la investigación médica externa hizo ‘visible el vínculo’. ¡Un ‘tigueraje’ de enfermedad que jugaba al escondite!
El modelo también ‘cuadra’ con casos de supervivencia extrema como el naufragio del Essex o el accidente de los Andes. Aquí no hubo brotes epidémicos, lo que confirma el estudio. Son respuestas aisladas a coacciones transitorias, no prácticas ritualizadas. El riesgo sanitario grave aumenta cuando la práctica es recurrente, no cuando surge una única vez. Los supervivientes no fueron tratados como transgresores, sino como víctimas.
Lo ‘bacano’ de este enfoque es cómo invierte la narrativa: no es que la moral prohíba algo peligroso, sino que primero surge un umbral de daño acumulado (enfermedades, violencia, desconfianza). Al cruzar ese umbral, se consolida una norma que actúa como mecanismo de contención. La prohibición sería un ‘fusible cultural’ que se activó mucho antes de comprender los priones o zoonosis. ¡Un avance ‘jevi’ para entender nuestra evolución cultural!
Cuando el consumo se integra en redes de reparto, el número de expuestos a patógenos crece exponencialmente, ya que no hay barrera de especie. Aunque el canibalismo pueda reaparecer en momentos de desastre, la evidencia demuestra que la práctica sostenida no se mantiene. La cultura ha encontrado la misma respuesta matemática a su fracaso: cerrar la puerta antes de que el coste oculto termine de manifestarse, una ‘chercha’ de estrategia evolutiva.
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