¡Qué ‘vaina’! Las lluvias torrenciales que cayeron sin piedad sobre el Gran Santo Domingo han vuelto a dejar al descubierto una realidad que nos golpea cada vez más fuerte: nuestro sistema de drenaje está en la lona, señores. Calles convertidas en ríos, vehículos sumergidos y un sinfín de hogares afectados; es la historia de siempre que se repite con una frecuencia preocupante, demostrando que lo que tenemos no da para bregar con el volumen de agua que nos está cayendo encima.
Este ‘coro’ de las inundaciones no es cosa de ahora, pero la intensidad de los aguaceros recientes nos hace pensar que la cosa está peor. Durante décadas, el crecimiento urbano en la República Dominicana ha ido por delante de una planificación sensata, construyendo sobre humedales, cañadas y arroyos que naturalmente servían de desagüe. Ahora, con el cambio climático apretando el acelerador, recibimos en horas lo que antes caía en meses, y el sistema simplemente colapsa. No se trata solo de limpiar imbornales; es una reforma integral lo que se necesita, una vaina bien pensada y ejecutada.
El impacto va más allá de la molestia de un tapón o un carro dañado. Es un golpe directo al bolsillo del dominicano. Comerciantes que pierden su mercancía, pequeños negocios que tienen que cerrar, días de trabajo perdidos para muchísima gente. El ‘tigueraje’ de a pie, el que se busca su comida con la guagua o un concho, es el que más sufre. Es una jartura ver cómo las pocas cosas que uno tiene se van por el agua porque la infraestructura no da la talla. Y ni hablar de los riesgos para la salud pública que generan las aguas estancadas, con la chercha de enfermedades que eso puede traer.
Los expertos, como el geólogo Osiris de León y el consultor Jean Suriel, no están haciendo un bulto; sus advertencias son serias. Nos dicen que estamos bregando con sistemas de drenaje que se diseñaron en una época donde el término ‘cambio climático’ no era parte del léxico popular. Asegún ellos, necesitamos multiplicar la capacidad de desagüe para manejar entre 100 y 150 milímetros de lluvia por metro cuadrado en una hora. Esto implica una inversión monumental, sí, pero es una vaina que, si no se resuelve, seguirá costando más caro a la larga en daños y pérdidas humanas.
La situación desnuda la fragilidad de nuestro urbanismo, especialmente en zonas como Santo Domingo Oeste, que antes eran fincas y cañadas, y hoy son populosos barrios donde el agua busca su camino natural, inundando todo a su paso. Es un reflejo de una visión a corto plazo que ha priorizado el desarrollo inmobiliario sin la debida previsión. Este ‘brete’ requiere un compromiso firme del Gobierno, una política de Estado que trascienda los periodos electorales y que ponga en primer plano la vida y el patrimonio de la gente.
Es el momento de sentarse de una vez y buscar soluciones duraderas. No es posible que cada vez que caiga un aguacero fuerte, la gente tenga que encomendarse a todos los santos. Necesitamos una planificación urbana que integre el riesgo climático, que proteja nuestras cañadas y ríos, y que invierta en infraestructuras resilientes. Es una deuda pendiente con el pueblo dominicano, una tarea que no puede esperar más para que el ‘coro’ de la lluvia no sea un dolor de cabeza, sino algo que podemos manejar con la frente en alto.Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!
Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).



