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El Jevón de Tokischa: ¿Arte o Puro Descaro en la Alfombra?

En nuestra querida República Dominicana, donde la cultura bulle y el talento se desborda, siempre ha existido un debate latente sobre los límites de la expresión artística y el respeto a la moral pública. La reciente aparición de la rapera Tokischa en una alfombra roja internacional ha vuelto a prender la mecha de esta discusión, dejando a muchos con la pregunta en el aire: ¿es esta exhibición un acto de rebeldía artística o simplemente un puro descaro que atenta contra nuestra identidad como dominicanos?

La controversia no es nueva en el mundo del espectáculo, pero Tokischa ha llevado este tema a otro nivel. Su estilo, sin pelos en la lengua y con una actitud que muchos catalogan de “sin vergüenza”, ha dividido a la sociedad dominicana. Mientras algunos celebran su audacia como una forma de romper con viejos paradigmas y representar una cruda realidad de nuestro “tigueraje” urbano, otros lamentan que su imagen degrade la percepción internacional de la mujer dominicana y de la nación en general. La clave aquí es discernir si su propuesta es genuino arte o puro descaro, una frontera cada vez más borrosa en la era de la inmediatez y el impacto mediático.

El pudor, ese valor que antes se veía como el último refugio de la dignidad humana, parece estar de lo más bien en retirada en ciertos círculos. No es que se trate de una regla arcaica, sino de un pilar esencial que protege nuestra intimidad y el respeto hacia nosotros mismos. Cuando esa línea se traspasa, no solo perdemos un poquito de nuestra esencia, sino que también desdibujamos la crítica distinción entre lo sagrado de la privacidad y lo vulgar. Porque, créanlo o no, una sociedad que le echa a un lado el pudor, camina derechito hacia una degradación profunda de sus cimientos morales y éticos. Y eso no está bacano.

La moral funciona como ese tejido invisible que nos permite convivir en armonía, bajo principios de orden y respeto. No es una herramienta para coartar la libertad, sino la comprensión de que cada acción individual tiene su impacto en el colectivo. Por eso, el respeto hacia los demás nos exige no imponer visiones que puedan agredir la sensibilidad visual o la integridad moral del prójimo. La verdadera libertad de expresión, según los que saben, encuentra su límite natural en el derecho ajeno, sin caer en la violencia inapropiada o en el exhibicionismo gratuito. No es cuestión de censura, sino de sensatez.

El respeto mutuo es el cimiento de cualquier civilización que se quiera llamar avanzada. Sin él, los individuos se pierden en la búsqueda desesperada de impacto mediático y el ruido vacío. En el trajinar de la vida, el decoro debe entenderse como una cortesía necesaria hacia quienes comparten el espacio público, sin importar dónde se esté. Esta “chercha” de razonamiento nos indigna cuando vemos cómo, en los últimos años, la falta de respeto ha transformado galas internacionales en escenarios de exhibicionismo barato, muy lejos de cualquier propósito artístico.

La confusión entre transgresión artística legítima y la falta de vergüenza pública se puso de manifiesto con la aparición de Tokischa, donde, asegún muchos, su puesta en escena dejó claro cómo este tipo de síntomas vulnera la imagen de todo un país. Para algunos, esa exhibición innecesaria de una mujer dominicana no representa arte, sino más bien, un evidente vacío de valores. Entonces, uno se pregunta, ¿dónde ha quedado la elegancia y el orgullo de representar a un país con la debida dignidad?

Y aquí viene la “pregunta del millón”: ¿qué pasaría si un artista masculino decidiera emular una conducta de esa naturaleza? ¡Vamos al grano, sin rodeos! Imaginemos a un hombre desfilando por una alfombra roja con un pantalón que permite la exhibición de sus genitales. De una vez, el escándalo sería monumental. Las autoridades dominicanas actuarían con inmediatez ante un comportamiento así de punitivo. Pero, la doble moral en la industria, amplificada por las redes sociales, parece permitir a ciertas figuras lo que a otras las llevaría directo a la cárcel o a “comerse los mocos” de la vergüenza.

Si un hombre desfilara con sus partes íntimas expuestas, el repudio social sería absoluto, unánime y sin matices. Ningún analista se atrevería a hablar de “aceptación corporal” ante una imagen calificada como grotesca. Ese sujeto sería tildado de pervertido y su trayectoria profesional quedaría pulverizada. Esa es una muestra clara para aquellos hipócritas que hoy justifican con decoro el descaro y la perversidad de la mencionada artista. La “República” se cobija, para algunos, con el manto de una figura provocadora sexualmente, disruptiva y transgresora.

Es verdaderamente indignante observar cómo el cuerpo humano se utiliza como una herramienta de marketing para forzar una fama que el talento no logra sostener. La desnudez gratuita en eventos a los que puede asistir cualquier tipo de público constituye una agresión directa contra la moral de la infancia y la juventud. Las cadenas de televisión, al permitir que el morbo comercial supere el respeto por su audiencia, le fallan al público. Esto no es una pasarela de alta moda, es una falta de respeto a nuestros hogares y a la familia en su conjunto.

Duele mucho observar que nuestra identidad dominicana se asocie internacionalmente con espectáculos tan marcadamente vulgares y ofensivos. Nuestro patrimonio cultural y nuestra bandera merecen representantes que comprendan el peso y la responsabilidad de su presencia pública. Estamos en un escenario donde la dignidad nacional parece ser subastada a cambio de titulares efímeros y el aumento de métricas en redes sociales, cuando, en esencia, la mayoría de la gente prefiere la sobriedad que genera respeto genuino, no así la desnudez que solo busca provocar un asco social.

El concepto de “libertad de expresión” no puede usarse erróneamente como un escudo para proteger cualquier acto de inmoralidad en el espacio público. La libertad despojada de responsabilidad no es más que libertinaje y una muestra clara de inmadurez. Un artista con verdadero legado no necesita de la desnudez para que el mundo reconozca su maestría o su mensaje, mucho menos una “teta destelengada”. Las obras de arte trascendentes brillan por su profundidad intelectual y técnica, nunca por la desnudez y el exhibicionismo de una conciencia disoluta, como bien diría un pensador de por aquí.

La desnudez y el morbo que a veces envuelven la figura de Tokischa mandan un mensaje distorsionado a las nuevas generaciones sobre los requisitos para alcanzar el éxito y la relevancia pública. Proyectan que el escándalo es el camino más corto para destacarse en un mundo competitivo. Por tal motivo, es preciso establecer límites éticos y claros, porque de lo contrario, el concepto fundamental del respeto desaparecerá de la convivencia social. Nuestra sociedad, a veces medio confundida, tiene el deber de exigir que los eventos masivos mantengan un estándar mínimo de decencia y decoro. Hay un “viaje de” cosas más interesantes y bonitas que mostrar.

Corporaciones como Univisión, que transmiten estos eventos, deben asumir con responsabilidad social el implementar códigos de vestimenta rigurosos y obligatorios para los artistas, celebridades e invitados. No es ético seguir facilitando una plataforma a quienes han perdido el sentido básico del pudor y de la vergüenza. La televisión de alcance global debe volver a ser un espacio seguro donde la familia pueda reunirse sin sobresaltos, protegiendo la sensibilidad de aquellos ciudadanos que todavía consideran la moral como un pilar de la civilización. Es hora de poner un pie firme.

Pueblo dominicano, la dignidad humana es un bien común que no debe sacrificarse bajo ninguna circunstancia para alcanzar la cima y llegar al altar de la fama. ¡No, así no! El pudor es lo que define la esencia humana, el respeto permite una vida organizada en sociedad y el futuro artístico de nuestra nación necesita figuras que eleven nuestra cultura en lugar de degradarla con exposiciones que constriñen nuestros valores. Al final del día, el pudor no es una mordaza a la libertad, es el guardián de la intimidad. Cuando la moral se rinde ante el espectáculo y el respeto se disuelve en el exhibicionismo, el ser humano pierde el poder de ser valorado por su esencia y queda reducido a un simple objeto del morbo ajeno.

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