¡Ay, mi madre! La vaina en Haití se ha puesto tan tensa que hasta los desplazados por la violencia pandillera ya no aguantan más y se han tirado a la calle a armar un toyo. Por segundo día consecutivo, esta gente, que en su mayoría lleva casi dos años en albergues –luego de tener que huir de sus casas en Solino y Delmas 24 por el tigueraje de las bandas–, están exigiendo que las autoridades les cumplan la ayuda prometida de 100,000 gourdes por familia. Esa es la pieza clave, el compromiso que, según ellos, les salvaría la vida y les daría un chance de respirar.
La protesta, que se extendió hasta Delmas 33, no es un simple capricho, mi gente. Es la desesperación de familias que lo han perdido todo, que fueron obligadas a dejar sus hogares bajo la amenaza de grupos armados y que, hasta la fecha, asegún la noticia, no han recibido una solución definitiva. Este monto de 100,000 gourdes, que es un dinero que para ellos representa la esperanza de poder empezar de nuevo, es solo una parte de sus exigencias. También están pidiendo apoyo para conseguir una vivienda digna, algo que parece un lujo inalcanzable en su situación actual.
Los testimonios de estos compatriotas haitianos son un verdadero viacrucis. En los albergues donde se refugian, la cosa está de lo más complicada: sufren de un hacinamiento que no es normal, las condiciones sanitarias son insalubres y las dificultades diarias son un sinvivir. Imagínense, llevar casi dos años en esa chercha, sin saber qué va a pasar mañana, con los niños pasando trabajo. Es una situación que clama al cielo y que debería mover a cualquiera a buscarle una solución de una vez por todas.
Y como si esto fuera poco, la noticia nos trae un dato que pone los pelos de punta: la embajada de Estados Unidos alertó a sus ciudadanos en Haití sobre una zona peligrosa en la periferia de Puerto Príncipe. Resulta que hace unos días, un vehículo con cuatro miembros salvadoreños de la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF) fue emboscado en Santo, Croix-des-Bouquets. Esta vaina desató un intercambio de disparos bien fuerte, con apoyo de helicópteros y todo el tigueraje. Los salvadoreños, según el reporte, están desaparecidos, y la incertidumbre es total.
La GSF, ese coro internacional que se creó hace un año por el Consejo de Seguridad de la ONU precisamente para combatir a las bandas armadas y estabilizar a Haití –y cuyo mandato fue renovado hace poco, el 29 de septiembre, por seis meses más–, se vio en medio de este relajo. Lo más preocupante es el silencio. Ni la GSF se ha pronunciado de nuevo sobre el paradero de los militares, ni el gobierno haitiano, que según la información es encabezado por el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé, ha dicho una palabra. Esta falta de información solo agrava la angustia de sus familias y de la comunidad internacional.
En definitiva, la situación en nuestro país vecino es un reflejo de la profunda crisis que atraviesa. La desesperación de los desplazados que claman por la ayuda prometida y una vivienda digna, sumada a la escalada de la violencia que afecta incluso a las fuerzas de seguridad internacionales, pinta un panorama bien oscuro. Es vital que las autoridades y la comunidad internacional no le echen este saco a un lado y busquen soluciones concretas y duraderas. No es justo que esta gente siga pasando esa vergüenza, esperando que alguien haga algo por ellos mientras el país se desmorona.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




