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El Derrumbe del Jet Set: Un Milagro de Chiripa y la Lucha por Justicia

La discoteca Jet Set, un ícono de la vida nocturna dominicana, prometía noches de `chercha` y música para su clientela. Pero el 8 de abril de 2025, lo que se suponía ser una noche `jevi` escuchando a Rubby Pérez, se transformó en la peor pesadilla para muchos. Entre los que vivieron el terror se encuentra Cristóbal Moya, un hombre que, por `chiripa` y la providencia de estar cerca de la puerta, se salvó de un destino fatal en el lamentable `derrume del Jet Set`. Su testimonio es un recordatorio crudo de la fragilidad de la vida y la necesidad imperante de justicia en nuestro `bacano` país.

Días antes de la tragedia, la historia ya se empezaba a escribir. El hijo de Moya, al comprar las boletas, le comentó a su padre que el lugar se veía `feo`, con paredes deterioradas y filtraciones evidentes. “Papi, esto aquí sí está feo”, le dijo con preocupación. Sin embargo, como a menudo pasa en la calle, Moya, confiado en que las luces y pantallas de la noche maquillarían la `vaina`, desestimó la advertencia. Él mismo reconoce hoy que fue “un aviso” que no tomó en cuenta, una decisión que casi le cuesta la vida y que resalta una dolorosa realidad sobre la supervisión de la infraestructura de locales públicos aquí en la República Dominicana.

El día fatídico, Moya llegó temprano al Jet Set. El ambiente, según su recuerdo, era “extraordinario”. `Un coro` de gente de todas partes, desde Haina hasta venezolanos y un grupo de médicos, llenaba el lugar. Se sentía la energía, la promesa de `un viaje de` risas y buena música. `Asegún` ellos, la discoteca vendía seguridad, pero lo que realmente ofrecía era una “trampa” bien disfrazada bajo la música y las luces de neón. La confianza en la seguridad de estos espacios es algo que el dominicano da por sentado, sin imaginar el `tigueraje` que a veces se esconde detrás de la fachada.

Moya tuvo la suerte, o el destino, de sentarse al lado de la puerta, “a un paso de salir”. Esta posición estratégica fue clave. De repente, vio cómo uno de los plafones se desprendía, soltando lo que describe como “arenilla”. Su primera reacción fue de extrañeza, pensando que era polvo acumulado de años. “Yo veo y me extraño, veo que cae una arenilla y digo, qué raro. Pero pensé que eso era el polvo que tenía un plafón que tiene mucho tiempo ahí”, relató a este diario, evidenciando cómo, incluso ante las señales, la mente humana tiende a racionalizar lo impensable.

Pero el horror se desató `de una vez`. Segundos después, un segundo plafón explotó, revelando una “lona azul con agua”. Fue ahí cuando la `vaina` se puso de verdad, verdad, `fea`. No hubo tiempo para reaccionar. Todo se apagó y Moya perdió la conciencia por un golpe en la cabeza. El techo se desplomó por completo, no por pedazos, sino “completo, completo en segundos”, sepultando a los presentes bajo escombros, oscuridad y un silencio ensordecedor roto solo por los gritos de pánico.

Al recuperar la conciencia, la realidad era tan devastadora que Moya creyó estar soñando. “¿Y dónde yo estoy? No veo nada porque está todo oscuro. Siento agua, piedras y un olor a sangre también. Y yo digo, es un sueño. Cojo aire y vuelvo y respiro y digo, no es un sueño”, rememora con la voz quebrada. La desesperación era total, el miedo puro, hasta que un grito rompió la neblina de su mente: alguien llamaba a un “Gustavo”. Para Moya, que tiene un hermano especial con ese nombre, ese llamado fue el ancla que lo trajo de vuelta a la cruda realidad.

La tristeza que embarga a Cristóbal Moya es palpable. Entre los escombros y la desolación, se encontró con la desgarradora verdad de que sus amigas, con quienes había compartido la promesa de una noche alegre, habían perdido la vida. La discoteca Jet Set, que alguna vez fue un símbolo de diversión, ahora se ha convertido para él en “la casa del terror”, un lugar al que le costó volver y que aún nueve meses después le provoca un profundo dolor y un sinfín de recuerdos amargos.

El rescate fue otra odisea. Atrapado bajo los escombros, una mano providencial apareció en la oscuridad, la de un “buen samaritano” que le aseguró que lo sacaría. La primera reacción de Moya fue soltar la mano, desorientado. Pero el desconocido insistió. “No te apures que yo te voy a sacar, yo te voy a sacar”, le repetía. Los escombros eran pesados, imposibles de mover por una sola persona. Fue gracias a `un coro` de gente que, con un esfuerzo heroico, lograron levantar un poco las losetas que lo aprisionaban y pudieron `halarlo` para sacarlo de ese infierno. Un verdadero milagro en medio del caos.

Una vez rescatado, fue llevado a una clínica. Al principio, los chequeos fueron breves, pues otros sobrevivientes parecían estar en peor estado. No fue hasta que una doctora vio un video viral del derrumbe y reconoció a Moya que la atención cambió `de una vez`. “Este es usted”, le dijo, y fue entonces cuando le hicieron “todas las placas habidas y por haber”. Afortunadamente, los resultados fueron “prácticamente normal”, aunque el incidente le dejó problemas de rodilla y lumbar, además de un golpe en la cabeza y rasguños por todo el cuerpo.

Su recuperación, aunque milagrosa en muchos aspectos, no ha sido fácil. Solo estuvo dos días interno, pero el verdadero bálsamo, `asegún` él, han sido sus hijos y sus tres nietos. “Yo digo que los psicólogos míos han sido mis hijos y tres nietos que tengo. Es decir, me han dado el apoyo que tuvieron ahí día a día y eso ha sido la bendición de Dios”, afirma con gratitud. Es en la familia donde ha encontrado la fuerza para seguir adelante y enfrentar `la vaina` que le tocó vivir.

La lucha de Cristóbal Moya no termina con su supervivencia. Ahora se ha convertido en una voz para la justicia. Denuncia el incumplimiento de las ayudas prometidas. `Asegún` Moya, una resolución de Sisalril y Senasa establecía que los afectados del Jet Set serían atendidos por el seguro, pero cuando él lo necesitó, le negaron la cobertura, alegando que era solo para los familiares, ¡qué `vainita`! “Yo digo que eso fue de las cosas que quizás la gente de SENASA se llevaron en las uñas”, sentenció con indignación, señalando la ineficiencia y posible corrupción en la gestión de la tragedia.

Además, el proceso judicial ha sido `un coro` de frustraciones. Ha pasado casi un año y todavía no hay una primera sentencia. Él, como demandante, ni siquiera ha sido convocado. El punto central de su reclamo y el de otros afectados es la recalificación del caso: de “homicidio involuntario” a “homicidio voluntario”. `Asegún` Moya, y como lo corrobora una arquitecta que perdió una hermana en el incidente, los hermanos Espaillat, dueños de la discoteca, conocían el “historial” de las estructuras y el deterioro del lugar. No hicieron caso a las advertencias, y eso, para Moya, no es un descuido, es `tigueraje` con consecuencias fatales.

Por ello, Cristóbal Moya y otros sobrevivientes están pidiendo algo más allá de la indemnización: están solicitando que el 8 de abril sea declarado Día de Duelo Nacional. Quieren cerrar la calle para un acto multitudinario, conmemorar el día con una misa cada mes, y que el área de la discoteca sea declarada de utilidad pública para erigir un monumento a los fallecidos. El llamado es a que la gente se vista de negro, ponga un paño negro en su casa o una cinta en el carro. `Klk`, es un llamado a la conciencia nacional.

Su mensaje final es para toda la sociedad y las autoridades: “No se queden de brazos cruzados. Que una situación como esta no se repita”. Hace un llamado vehemente a las autoridades para que tomen “cartas en el asunto” con la supervisión de los sitios públicos, exigiendo que se cumplan las leyes y regulaciones establecidas. De lo contrario, `la vaina` podría repetirse, como ya se ha visto en informes sobre filtraciones en lugares como el Jaragua. La seguridad no es un lujo, es un derecho fundamental que exige compromiso y cero `relajo`.

La historia de Cristóbal Moya es un faro de resiliencia y una demanda clara de justicia. Su `chiripa` le dio una segunda oportunidad, y él la está usando para asegurarse de que las vidas perdidas no sean en vano y que tragedias como el `derrume del Jet Set` sirvan como un punto de inflexión para una República Dominicana más segura y justa. Su lucha es un `bacano` ejemplo de cómo el dominicano, después de un golpe `feo`, se levanta y exige lo que le corresponde.

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