¡Atención, mi gente! ¿Se han puesto a pensar por qué el canibalismo es una vaina que nos da tanto asco y está prohibida? Pues, según un estudio fresco de este 2026, la cosa no es solo cultural. Hay una matemática que explica por qué esa práctica, a la larga, no da resultado, ¡ni aunque la situación esté de lo más difícil!
Los científicos Michal Misiak y Petr Tureček publicaron un trabajo jevi en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Ellos modelan el canibalismo como cualquier otra decisión de ‘forrajeo’ o búsqueda de alimento. Lo curioso es que, aunque surja en momentos de apuro, la matemática te dice por qué después se quita y deja un tabú fuerte. La clave es que no es una buena inversión a largo plazo.
Este modelo no sugiere que comer gente sea bacano, ¡para nada! Demuestra que, con el tiempo, perjudica a la población por costos que no se ven de una vez. Es un estudio que explica el fracaso del canibalismo como práctica social duradera, no como un episodio aislado de emergencia.
En situaciones extremas, como asedios prolongados o naufragios sin víveres, consumir carne humana puede parecer la única salida. El estudio reconoce que en esos momentos específicos, el aporte calórico es vital. Por eso, la historia registra episodios, desde el asedio de Numancia en el 133 a.C. hasta la hambruna de Leningrado en la Segunda Guerra Mundial, donde la gente llegó a este extremo.
Pero la verdad de la milanesa está en los costos ocultos. Digerir tejido humano tiene su gasto metabólico. Más allá, el riesgo de enfermedades, el desbarajuste en la cooperación grupal y la violencia asociada, hacen la práctica totalmente desventajosa a diario. Lo que parece racional en una crisis inmediata, deja de serlo cuando el desorden social y las enfermedades cobran factura.
El caso del Kuru, entre el pueblo Fore de Papúa Nueva Guinea, es el mejor ejemplo. Esta enfermedad neurodegenerativa, causada por priones y ligada al consumo ritual de cerebros, podía tardar entre 34 y 41 años en manifestarse, ¡a veces hasta 56! Tú participabas en el rito y décadas después, ¡pum!, te llegaba la enfermedad. Nadie conectaba causa y efecto hasta que la investigación médica de los años cincuenta y sesenta hizo la vaina visible.
Casos como el naufragio del ballenero Essex en 1820, los Donner Party en 1846-1847 o el accidente aéreo de los Andes en 1972 confirman el modelo. Fueron episodios puntuales, respuestas a desesperación extrema y transitoria, no costumbres ritualizadas. Los supervivientes, al regresar, no fueron marginados; la sociedad los vio como víctimas. Esto subraya que la cultura sanciona la práctica sostenida, no el acto aislado de emergencia.
Quizá lo más chulo de este enfoque es que invierte nuestra idea. No es que primero haya una norma moral y luego evitemos la práctica. Asegún Misiak y Tureček, primero se acumula el daño (enfermedad, violencia), y ese umbral activa una norma. Es como un ‘fusible cultural’ que salta mucho antes de que la ciencia entendiera los priones o las zoonosis. La prohibición es una estrategia evolutiva.
Además, si el consumo se integraba en ‘coros’ de reparto, el número de expuestos a patógenos crecía exponencialmente, sin barrera de especie. Aunque el canibalismo pueda resurgir en colapsos absolutos, la evidencia demuestra que la práctica sostenida no perdura. La cultura, de una forma bacana, ha encontrado la misma respuesta matemática a su fracaso: cerrar la puerta antes de que el costo oculto se manifieste por completo.
Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!



