Un reporte reciente de Unicef, ECPAT International e INTERPOL ha dejado a más de uno con el ‘corazón en la mano’ aquí en la República Dominicana. El estudio ‘Disrupting Harm’ revela una verdad cruda y preocupante: uno de cada cuatro adolescentes usuarios de internet en nuestro país, de entre 12 y 17 años, sufrió alguna forma de violencia sexual digital facilitada por la tecnología durante el último año. ¡Una verdadera vaina que nos interpela a todos!
Esto significa que alrededor de 272,000 adolescentes han estado expuestos a explotación o abuso sexual por la vía digital. Esta prevalencia, señores, es la más alta entre los 15 países donde se ha medido este fenómeno, lo que nos coloca en una posición bien delicada. El Ministerio de Justicia, según el reporte, colaboró en esta investigación, aportando a la generación de evidencia sobre esta problemática que requiere una respuesta montada y coordinada.
Lo más ‘duro’ del asunto es que en el 68% de los casos, el agresor no era un desconocido, sino alguien del círculo cercano: un familiar, un amigo, un conocido o hasta una pareja sentimental. ‘Detrás de estas cifras hay niñas, niños y adolescentes cuya confianza fue vulnerada’, afirmó Carlos Carrera, representante de Unicef en República Dominicana, destacando que no podemos ponerles la responsabilidad de protegerse en un entorno que debe ser seguro desde su concepción.
Geny Lozada, oficial de Protección de Unicef, presentó los resultados que ponen de manifiesto los grandes desafíos que tenemos como país para prevenir, detectar y responder de forma efectiva a estas formas de explotación y abuso. La evidencia obtenida es clave para identificar dónde y cómo ocurren estos ‘malos ratos’, así como las barreras que enfrentan las víctimas para buscar ayuda.
Otro dato que nos deja ‘patidifusos’ es que menos del 1% de los casos fue denunciado a las autoridades. ¡Un porcentaje bajísimo! Esto, de por sí, subraya la urgencia de crear mecanismos accesibles y seguros para reportar estas situaciones, además de capacitar a nuestras instituciones para que puedan recibir las denuncias, investigar los hechos y dar una respuesta adecuada y oportuna a las víctimas.
La violencia que empieza en una pantalla puede ser tan diversa como peligrosa. El estudio identifica desde la exposición a contenido sexual no deseado, solicitudes de contenido íntimo, ofertas de dinero o regalos por imágenes, hasta amenazas y la difusión sin consentimiento de material privado. ¡Un viaje de modalidades que buscan hacerle daño a nuestros muchachos!
Como si fuera poco, el 4% de los adolescentes encuestados relató que alguien usó inteligencia artificial para crear imágenes o videos sexuales falsos de ellos. Esta es una modalidad ‘nueva y jevi’ en su maldad, que plantea nuevos retos en la protección de la niñez. Plataformas como WhatsApp, Facebook e Instagram fueron las más mencionadas, aunque también se registraron casos en plataformas de videojuegos.
Es vital entender que la violencia digital no se queda ‘en el ciberespacio’, como muchos piensan. El reporte advierte que puede extenderse al mundo físico, usando la tecnología para iniciar, facilitar o prolongar situaciones de abuso, dejando a los afectados con un ‘sabor amargo’ y secuelas en su vida cotidiana.
Las repercusiones en el bienestar emocional son devastadoras: miedo, vergüenza, confusión y un aislamiento que no se le desea a nadie. Una joven dominicana entrevistada para el estudio compartió que quedó ‘un poco conmocionada’ tras la difusión de sus imágenes privadas sin consentimiento, una vivencia que la dejó sintiéndose ‘la más utilizada, la más sucia, la peor de todas’.
Los resultados son claros: los adolescentes víctimas de estas violencias presentan mayores probabilidades de sufrir ansiedad, autolesionarse o tener pensamientos y comportamientos suicidas. Y para colmo, una de cada tres víctimas no le contó a nadie lo ocurrido, manteniendo este peso en silencio.
El hecho de que el 68% de los agresores sea una persona conocida nos obliga a cambiar el ‘chip’ sobre la prevención. La conversación sobre los riesgos digitales no puede enfocarse solo en los desconocidos; la protección debe fortalecerse en las familias, en las escuelas, en las comunidades y en todas las instituciones donde nuestros niños y adolescentes se desarrollan.
La investigación también revela que esta violencia afecta por igual a zonas rurales y urbanas, y que los adolescentes de 12 a 15 años enfrentan riesgos similares a los de 15 a 17. Además, aproximadamente la mitad de las víctimas son niños, lo que nos llama a revisar y ajustar nuestras estrategias de prevención para que lleguen a todos, sin importar edad o contexto.
Unicef enfatiza que el desafío con ‘Disrupting Harm’ no es meramente tecnológico ni se resuelve solo con leyes más estrictas. Es necesario que la evidencia se traduzca en protocolos de actuación claros, capacidades operativas robustas, servicios de atención accesibles y personal con las competencias necesarias para responder con la calidad que nuestros jóvenes merecen ante estas situaciones de violencia.
Este estudio es una herramienta ‘de una vez por todas’ para fortalecer la coordinación entre todas las instituciones involucradas en la prevención, detección, denuncia, investigación y protección de las víctimas. Su lanzamiento es una oportunidad para impulsar una agenda nacional que no solo prevenga la violencia, sino que también facilite la denuncia y garantice un apoyo oportuno a los niños, niñas y adolescentes afectados, ¡porque la seguridad de nuestros hijos no es un relajo! Un panel de alto nivel, moderado por jóvenes del Consejo Consultivo Adolescente de Unicef, Altavoz, abordó estos retos, compartiendo acciones y prioridades para un mejor futuro digital para nuestra juventud.
Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!
Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




