En los últimos meses, hemos visto cómo varios países de nuestra América Latina –desde Venezuela hasta México– han sentido la tierra moverse, una vaina que nos pone a pensar: ¿Y nosotros aquí en República Dominicana, estamos preparados para un temblor de esa magnitud? Esa es la pregunta que muchos dominicanos se están haciendo ahora mismo, con la esperanza de que, ¡Dios no lo quiera!, si pasa, no nos coja ‘fuera de base’.
Para aclarar este panorama de la amenaza sísmica, la ingeniera civil Ashley Morales Cartagena, quien, según la noticia, es vicepresidenta del Instituto de Investigación de Ingeniería Sísmica de Estados Unidos (EERI), dio una charla súper interesante. En la Universidad Dominico Americano, ella compartió su conocimiento en la conferencia ‘Del conocimiento del riesgo a la resiliencia: ciencia e investigación frente al riesgo sísmico de la República Dominicana’. La idea, según ella, es que no solo hablemos de lo que nos puede pasar, sino de cómo ponernos las pilas y estar preparados, como gente ‘bacana’.
Morales Cartagena explicó que el país está en un punto neurálgico, justo donde la placa Norteamericana y la del Caribe se encuentran y se rozan, un chulo pero delicado abrazo tectónico. Aunque hay 14 fallas sísmicas activas identificadas en nuestro territorio, la experta puso el foco en tres que, de verdad, le sacan un viaje de preocupación: la falla Septentrional, responsable del terremoto de Puerto Plata en 2003 y que cruza el norte de la isla; la Trinchera de los Muertos, ubicada al sur de la isla a unos 150 kilómetros del Distrito Nacional; y la falla Norte-Hispaniola, considerada una de las estructuras con más potencial sísmico de todo el Caribe.
La historia sísmica de la República Dominicana es un libro abierto que, según Morales Cartagena, nos cuenta que los terremotos son más comunes de lo que creemos, aunque muchos sean tan leves que ni los percibimos. Ella enfatizó que, si echamos un vistazo al pasado, desde 1562, 1751, 1753, 1770, e incluso antes de la llegada de los españoles, ya temblaba la tierra aquí. Esto nos indica que el norte y el sur de la isla, por su historial, necesitan una atención especial en cuanto a preparación y estudio de los movimientos telúricos.
Asegún la ingeniera, aprender de los temblores que han sacudido a otros países es clave. Puso como ejemplo a Chile, que actualmente está revisando su normativa de construcción y prevención, tomando nota de lo ocurrido en Venezuela y Colombia. Esta es una muestra clara de que el ‘tigueraje’ de estar preparados pasa por observar y adaptar las buenas prácticas de los demás para que no nos cojan en ‘baja’.
Una de las recomendaciones que más resaltó fue la necesidad de fomentar una cultura de prevención desde los chiquitos, ¡desde las aulas! No es solo enseñar qué son las placas tectónicas, sino que los niños y jóvenes aprendan de una vez cómo reaccionar ante un sismo, cómo usar un kit de emergencia y cómo elaborar un plan familiar y escolar. Es un plan ‘chulo’ para que los estudiantes desarrollen esa conciencia de riesgo, porque, ¿de qué nos sirve saber el problema si no sabemos la solución, klk?
Finalmente, Morales Cartagena destacó el rol importantísimo de las universidades. No solo como centros para formar a los profesionales que investigan estos fenómenos, sino también como puntos focales para educar a la gente. Las universidades, según su visión, tienen que abrir sus puertas a las comunidades y, a la vez, salir a la calle para llevar ese conocimiento y esas soluciones a la sociedad, para que todo el mundo esté en la misma página con este tema tan delicado.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).



