¡Klk mi gente! Prepárense para una historia que los va a dejar con la boca abierta, una vaina de esas que te demuestran que el fútbol no llegó de la nada, sino que tiene un origen ‘jevi’ y con un viaje largo. Aquí en nuestro patio, el fútbol nos mueve, y en México no es diferente. Pero ¿sabían que este deporte, que hoy es una pasión mundial, aterrizó en tierras aztecas gracias a unos valientes ‘mineros ingleses’ de Cornualles hace más de 130 años? Sí, un legado que aún resuena en el Club Pachuca, donde una bandera de minero con su pico y un ‘paste’ –una empanada típica– nos cuenta esta increíble odisea.
La conexión entre el estado de Hidalgo en México y Cornualles, una región en el extremo suroeste de Reino Unido, no es un cuento chino. Se remonta a 1824, cuando la minería mexicana, que había sido el motor económico del país, estaba hecha un desastre tras la guerra de Independencia. Fue ahí que un ingeniero minero británico, John Taylor, vio la oportunidad de oro, aplicando el éxito que había tenido en su natal Cornualles para rescatar minas inundadas y en quiebra en Real del Monte. Este movimiento atrajo a cientos de mineros de Cornualles a México en las décadas siguientes, llevando consigo no solo su experiencia en la minería, sino también su cultura, sus costumbres y, claro, ¡su deporte!
Al principio, la chercha entre los mineros de Cornualles no era precisamente con el fútbol que conocemos hoy. A finales de 1850, antes de que las reglas modernas del fútbol se establecieran, fue el críquet el que armó el primer coro deportivo, gracias a magnates como Frank Rule. Los clubes de críquet eran la base, y de ahí, asegún los expertos, nacieron los de fútbol. No es para menos, si vemos cómo el béisbol y el sóftbol han sido la cuna de muchos atletas en nuestra Quisqueya. La pasión por la pelota y la competencia siempre han estado ahí, esperando el formato adecuado para desatarse.
La primera mención de un equipo de fútbol en Pachuca data de 1892, y de una vez se notó el ‘tigueraje’ interno con una división entre los de Pachuca y los de Real del Monte. ¡Qué vaina con el chismoteo y las separaciones, eso parece de aquí! Sin embargo, en 1895, Frank Rule, conocido como el ‘rey de la plata’, logró lo que parecía imposible: fusionó el Pachuca Cricket Club, el Pachuca Football Club y el Velasco Cricket Club, dando origen al robusto Pachuca Athletic Club. Rule incluso donó un terreno para que jugaran, con la condición de no hacerlo los domingos, respetando sus creencias metodistas. ¡Un verdadero bacano!
Pero el fútbol no solo se jugó en la cancha; la cultura también dejó su huella en la gastronomía. Las mujeres de Cornualles, con su sazón, eran una parte esencial de la experiencia en los días de partido, vestidas con los colores del club y ofreciendo los famosos ‘pastes’, que son hojaldres rellenos. Este bocado, con su corteza gruesa y resistente, era perfecto para los mineros que trabajaban con las manos sucias y necesitaban un alimento práctico y nutritivo para el día a día en el tajo. Imagínense el olorcito a empanada en el estadio, ¡estaba de lo más bien!
El intercambio cultural fue en doble vía. Asegún cuenta la Dra. Sharron Schwartz, era normal escuchar español tanto como inglés en los bares de Cornualles por aquellos años. Los mineros que regresaban llevaban costumbres mexicanas, como el consumo de pan en todas las comidas y la cayena picante en todo. ¡Un viaje de sabores! Además, el Pachuca rompió barreras sociales en 1908 al incorporar a su primer jugador mexicano, David Islas, gracias a Alf Crowle, un hijo de minero de Cornualles que se convirtió en jugador-entrenador. Esto demuestra cómo el deporte tiene el poder de unir y trascender cualquier diferencia.
Aunque el club original se disolvió después de la Revolución Mexicana en los años 20, la semilla ya estaba sembrada. Refundado en 1950 y nuevamente en 1960, el Club Pachuca, conocido hoy como los ‘Tuzos’ –en honor a un roedor excavador y a su herencia minera– ha cosechado grandes éxitos, incluyendo siete títulos de liga y una Copa Sudamericana. El apodo ‘Tuzos’ no es solo un nombre, es parte de su identidad, tan arraigado que hasta su autobús se llama ‘Tuzobus’. Es una muestra de cómo las raíces históricas pueden dar forma a un orgullo local que perdura en el tiempo, un orgullo que en la República Dominicana conocemos bien con nuestros símbolos y héroes.
Hoy en día, la herencia sigue viva. En Pachuca y Real del Monte, las tiendas venden pastes –ahora con el toque picante mexicano– y en las más tradicionales aún se ven banderas de Cornualles. Cada año celebran el Festival Internacional del Paste y hasta tienen un museo dedicado a este chulo bocado. Mientras Cornualles, aunque no es una potencia futbolística, sueña con un partido entre su equipo y el Pachuca para reavivar la conexión, México se prepara para ser coanfitrión del Mundial, demostrando la pasión de un país que lleva el fútbol en la sangre. ¡Qué vaina más emocionante!
Este verano, no importa dónde estemos, sea en un colmado de la capital o en un festival en Hidalgo, el Mundial se disfruta con una buena historia y, quizás, un ‘paste’ o una empanada en la mano. La conexión transatlántica de hace más de un siglo sigue viva, enseñándonos que el fútbol es mucho más que un juego; es un puente cultural que une pueblos y pasiones. ¡Eso sí que está bacano!
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




