Para empezar, la despedida del obispo emérito monseñor Gabriel Antonio Camilo González en la Catedral Inmaculada Concepción de La Vega fue una vaina bien emotiva, un coro donde se sintió el aprecio y el respeto por un hombre de Dios. Entre los que alzaron la voz para recordar su legado, estuvo el reconocido empresario Frank Rainieri, presidente del Grupo Puntacana, quien evocó la ‘amistad eterna’ que los unió por más de seis décadas, un privilegio que, según él, marcó su vida. La gente, de una vez, conectó con esa historia.
Rainieri contó que su conexión con Camilo empezó en 1965, en pleno zafarrancho de la Revolución de Abril. Un joven sacerdote y capellán del Colegio La Salle que, desde aquella primera misa, lo dejó flechao con su profunda espiritualidad. Su mamá también se quedó encherchá con el cura. Esto no era una amistad cualquiera, era un lazo que se fue tejiendo con el tiempo y las experiencias.
Años después, se toparon de nuevo en Cambita Garabitos, San Cristóbal. Allí, Rainieri pudo ver de cerca el compromiso del padre Camilo con las comunidades del campo. El sacerdote estaba metido en la vaina de construir una iglesia que, al mismo tiempo, sería escuela, biblioteca y centro de formación para los muchachos de la zona, porque para él, la evangelización tenía que ir de la mano con la educación y el desarrollo, una vaina que pocos comprendían en aquel entonces.
Una anécdota que Rainieri siempre recordaba era cómo el padre Camilo, con su carácter decidido pero siempre humilde, exhortaba a la gente a meterle mano a los proyectos de la comunidad. Si la cosa no avanzaba, les jalaba las orejas con cariño, pero con firmeza, para que asumieran la vaina como suya. Ese tigueraje para motivar, sin perder la humildad, era un sello personal del obispo.
También rememoró las largas caminatas por las montañas de Rancho Arriba, cuando las carreteras eran un lujo que no existía y tocaba ir a pie o en mula. En esos viajes, monseñor Camilo levantaba capillitas que también funcionaban como escuelas para los niños que no tenían otra oportunidad de aprender, demostrando su visión de que el saber era tan importante como la fe para el desarrollo del individuo y su comunidad, una ‘chercha’ de compromiso.
Y ni hablar de la labor que hizo en Baní después del desastre del huracán David y la tormenta Federico. Según Rainieri, Camilo logró integrar a un viaje de jóvenes a la vida de la Iglesia y al trabajo comunitario, enseñándoles la responsabilidad social y el cuido del medioambiente. Una enseñanza práctica que sembró valores en una generación completa.
El periodista José Monegro también compartió su sentir, pues su relación con monseñor Camilo venía desde sus días de juventud en la parroquia Cristo Rey, en la capital. Monegro afirmó que el sacerdote les enseñó que la fe no era solo para el altar, sino que se vivía en los gestos cotidianos, en el día a día. “Camilo vivió mostrando a Dios en la cotidianidad. Eso no era un discurso; era su vida”, recalcó, dejando claro que para el obispo, el ‘tigueraje’ de ser cristiano era en cada acción.
Monegro recordó que monseñor Camilo siempre decía que su mayor satisfacción era ser sacerdote. Y cuando lo nombraron obispo en La Vega en 1997 por san Juan Pablo II, encontró una alegría especial porque ahora podía también echarle la mano a los sacerdotes, acompañándolos de cerca en su ministerio. Una vocación de servicio que no conocía límites, ni cargos.
Reveló que recibió una llamada de Rainieri informándole del delicado estado de salud de Camilo. Aunque viajó a La Vega de una vez, el obispo ya había partido cuando llegó. Ese último contacto le dejó la vaina de que su amigo se despidió. Destacó el cariño con que la Diócesis de La Vega acogió a monseñor Camilo, una muestra del buen trabajo y la buena vibra que dejó en la gente. Monseñor Gabriel Antonio Camilo González, nacido el 18 de mayo de 1938 y ordenado sacerdote el 3 de julio de 1962, dejó un legado inmenso en la Iglesia y en el pueblo dominicano, promoviendo la formación de más de cien sacerdotes y siendo un referente para jóvenes y comunidades vulnerables.
Sus restos fueron sepultados en la cripta de la Catedral Inmaculada Concepción de La Vega tras las honras fúnebres, donde familiares, amigos, sacerdotes y cientos de fieles se unieron para celebrar su vida y su “legado de servicio, humildad y entrega”, una vaina que se sentía en el aire.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).



