Aquí entre nos, la cosa no está fácil. La psicóloga clínica y terapeuta familiar María Alcántara nos ha puesto a reflexionar con una ‘vaina’ que nos está arropando: el aumento de la Violencia Intrafamiliar y de género en nuestro país. Ella, con la autoridad que le da su profesión, insiste en que la prevención debe arrancar desde las escuelas, fortaleciendo la salud mental de nuestros chamacos y trabajando codo a codo con las familias para no perder el control de esta situación tan compleja. No es un secreto que la presión del día a día, sumada a la situación económica y social, puede poner a cualquiera al límite.
La licenciada Alcántara, quien además preside la Fundación Luz del Camino, junto a su esposo Fernando Cordero, no se ha quedado de brazos cruzados. Ellos están metidos en un ‘tigueraje’ positivo, desarrollando programas de formación en valores, talleres y conferencias dirigidas a niños, adolescentes, jóvenes y a los mismos padres. Imagínense que tan crítica está la situación que están hasta en un diplomado sobre Violencia Intrafamiliar para robustecer las estrategias de prevención. Esto demuestra que hay gente comprometida buscando soluciones, no solo quejándose de la problemática.
Es que, señores, cuando uno escucha las estadísticas, la ‘chercha’ se pone seria de una vez. Miles de denuncias por Violencia Intrafamiliar y de género no son poca cosa, y como ella misma dijo, es algo que nos tiene sorprendidos por los niveles que ha alcanzado. Esto va más allá de un simple pleito en casa; es un problema de salud pública que está dejando un viaje de heridas profundas en el corazón de nuestra sociedad. Las heridas emocionales que arrastra una familia afectada por la violencia pueden pasar de generación en generación si no se intervienen a tiempo y con la seriedad que ameritan.
El trabajador social Fernando Cordero, haciendo un coro con la visión de su esposa, recalca que el trabajo social y la psicología tienen que andar de la mano para lograr cambios positivos. Él enfatiza algo ‘chulo’ y profundo: no es solo educar, es crear conciencia. Porque una persona que sana sus heridas del alma está en capacidad de relacionarse con los demás de una forma más sana y tranquila. Es decir, que no basta con llenar la cabeza de información; hay que trabajar el corazón y el espíritu, para que la gente encuentre la paz consigo misma y con su entorno.
En nuestro país, a pesar de los esfuerzos, todavía hay un déficit importante en el acceso a servicios de salud mental a nivel nacional. La falta de especialistas y la estigmatización que a veces rodea buscar ayuda psicológica son barreras que debemos romper. Es vital que el Estado, a través de instituciones como el Ministerio de Salud Pública y el mismo Senasa, invierta más recursos en programas de prevención y atención temprana. Necesitamos campañas que rompan el tabú y nos hagan entender que ir al psicólogo no es de gente ‘loca’, sino de gente que se cuida y que quiere estar bien.
Al final del día, la conclusión es clara: la prevención de la violencia es una tarea de todos, desde la ‘guagua’ que lleva al colegio hasta el ‘coro’ de la comunidad. Fortalecer los valores, la atención psicológica y el acompañamiento social son el camino para que nuestros hijos crezcan en ambientes seguros y aprendan a manejar sus emociones de forma constructiva. Es una inversión en el futuro de la República Dominicana, y si lo hacemos ‘bacano’, podremos ver resultados de verdad.
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