La tecnología avanza a pasos agigantados, y a veces, nos trae unas ‘vainas’ que nos dejan pensando. ¿Te imaginas seguir oyendo la voz de un ser querido que ya no está, y encima, pagando una suscripción mensual por eso? Pues esa realidad, que suena a ciencia ficción, ya está aquí con los Thanabots. Estos sistemas de inteligencia artificial están cambiando la manera en que enfrentamos el duelo, abriendo un debate profundo que va más allá de lo emocional y se adentra en el control digital y la ética.
Un Thanabot, también conocido como ‘griefbot’, no es que ‘resucite a los muertos’, ¡ni por asomo! Es un software diseñado para imitar los patrones de habla y las expresiones de una persona fallecida, alimentándose de un ‘viaje de’ datos digitales: mensajes, correos, fotos, audios y publicaciones en redes. Hay que ‘coger cabeza’ aquí: el sistema no ‘recuerda’ nada, sino que calcula la probabilidad de qué diría esa persona. Esto significa que puede inventar recuerdos o atribuir opiniones que el fallecido nunca tuvo, lo cual es ‘heavy’ si lo analizas bien. El conflicto real no es emocional, sino de control sobre estos datos y su uso.
El funcionamiento es sencillo: se aportan materiales (mensajes, fotos, audios), la empresa los almacena y procesa para alimentar modelos de voz o lenguaje, y luego se accede al ‘avatar’ mediante una suscripción. La calidad y el origen de esos datos son cruciales; si el material es parcial, el avatar podría mostrar una personalidad ‘editada’, no la complejidad real del individuo. Además, es importante distinguir entre servicios memoriales que reproducen material existente y chatbots generativos que ‘fabrican’ frases nuevas y respuestas inéditas.
Las promesas de estos servicios suenan tentadoras: conservar recuerdos y ofrecer una continuidad simbólica. Para quien atraviesa una pérdida, esto puede sonar a ‘cielo’. Sin embargo, ‘conversar’ con un Thanabot es interactuar con una interfaz que genera respuestas mediante cálculo estadístico. El realismo emocional puede ser tan alto que resulte engañoso, especialmente para un usuario vulnerable. Una voz sintética que imita un timbre puede ser indistinguible de una grabación auténtica, pero su valor y estatus legal son radicalmente distintos.
El costo no tiene un precio fijo, pues es una tecnología emergente. Las tarifas, según la noticia, se han movido entre 7 y 24 dólares mensuales. Pero aquí viene la ‘ñapa’: pagar una suscripción no te da la propiedad del avatar ni de los datos. Adquieres una licencia de acceso. ¿Y si dejas de pagar? La cosa se pone ‘heavy’, porque el servicio puede limitar, bloquear o hasta eliminar tu cuenta. Y lo peor es que no hay una regla general que obligue a la empresa a darte tu modelo conversacional para llevarlo a otra plataforma, dejando tu legado afectivo amarrado a un servidor privado.
La cuestión de quién aporta los datos también ‘arma su lío’. Normalmente es el usuario o un familiar, pero los archivos suelen contener datos de terceros vivos o de menores que jamás consintieron su reutilización. El consentimiento del fallecido no es intercambiable con el de la familia, y una autorización para guardar vídeos no significa permiso para que una IA genere frases nuevas en su nombre. Lo prudente es exigir un consentimiento específico, informado y revocable para cada fin.
El control del avatar es la ‘palanca decisiva’. La empresa opera la infraestructura, el modelo de IA y la cuenta. El usuario tiene una licencia de uso, pero no controla el modelo entrenado ni las futuras versiones. La voz y la imagen tienen un valor identificativo enorme, pero la potestad de control recae en el proveedor. Esto convierte el duelo en un mercado, una relación de consumo recurrente, donde el acceso a un recuerdo afectivo pasa a depender de la capacidad de pago y de unas condiciones que pueden cambiar ‘de una vez’.
El escenario más delicado es el cierre de la plataforma o un cambio en sus condiciones. Si una empresa quiebra o es vendida, los datos pueden transferirse o eliminarse sin tu control. La continuidad del avatar no está garantizada. Por eso, los contratos deberían indicar claramente quién es responsable de los datos, cuánto tiempo se conservan y qué sucede tras la terminación del servicio. Una familia podría vincular su memoria a un proveedor privado y perder el acceso justo cuando más lo necesite, ¡qué ‘vaina’ más grande!
En cuanto a los efectos reales de los Thanabots en el duelo, la evidencia actual invita a la cautela. Estudios describen experiencias mixtas: consuelo y continuidad simbólica en algunos casos, pero también dependencia, representación inexacta y preocupación por la privacidad en otros. No hay pruebas que demuestren que mejoren el duelo o funcionen como una terapia validada. Pueden ser útiles como archivo o ritual simbólico, pero no están avalados como tratamiento clínico.
Antes de contratar un servicio de este tipo, es vital ‘coger cabeza’ y hacerse preguntas incómodas: ¿Quién es el responsable legal de los datos? ¿Qué autoriza el consentimiento? ¿Pueden exportarse los originales y el historial en formatos reutilizables? ¿Qué sucede si se deja de pagar o si la plataforma cierra? Y crucialmente, ¿cómo se identifica siempre que la respuesta procede de una IA y no del fallecido, para evitar respuestas manipuladoras que fomenten la dependencia emocional?
Al final, la ‘vaina’ no es tanto la imitación de la voz, sino la arquitectura de acceso, control y portabilidad que queda en manos de una empresa. Ahí se decide si un recuerdo íntimo sigue siendo nuestro o pasa a ser una función sujeta a una cuenta, un servidor y una política comercial revisable. Si no maduran estándares claros de consentimiento y borrado, corremos el riesgo de que el duelo dependa de suscripciones y condiciones que pueden cambiar sin aviso. Antes de preguntar si queremos escuchar esa voz, deberíamos preguntar quién la guarda, quién la modifica y quién puede apagarla.
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